L D (EFE)
"Yo no tenía vocación, tenía hambre". Así explicaba Luis Cuenca sus inicios en el teatro cuando era un niño.
"Hacía de todo, de comparsa, de bueno, de malo, de obispo, de pobre, de romano que martiriza a Jesús, de apóstol y zarzuela y revista, varieté... ¡de todo!", comentaba el actor, un hombre caracterizado por un optimismo contagioso. Pero Luis Cuenca no añoró nunca los años de la censura, por muchas razones, una de las cuales y no la menos importante era por "tener que alternar el ir de juerga con censores y políticos para que nos levantasen las multas", como le gustaba recordar hace poco.
No se definía como juerguista, sino como un hombre "con imán para los borrachos", y recordaba las muchas copas que se había tomado junto a Paco Rabal. Y cuando le preguntaban si le hubiese gustado tener aspecto de galán, respondía tajante: "No. Me hubiera gustado haber sido chulo y vivir de las mujeres, pero con esta cara y con esta nariz...". Su cara, su nariz y su humor llamaron la atención de David Trueba que lo convirtió en un entrañable abuelo en "La buena vida", un abuelo con el que ganó el Goya al mejor actor de reparto. En su siguiente película, "Obra maestra" le ofreció el personaje de un loco amante del cine por él fue de nuevo candidato al Goya.
Cuando hacía teatro, Luis Cuenca renunció al cine entre otras cosas por el horario: "entonces -decía- el teatro acababa a las dos de la madrugada, luego a mí me gustaba apurar la noche y, casi sin dormir, con aspecto de 'sonado' me dirigía al rodaje y andaba todo el día flotando. Pero volvió al cine por la puerta grande gracias a nombres como José Luis García Sánchez o Enrique Urbizu, antes de llegar David Trueba. El lo tenía claro y así lo manifestaba. "Mi vida ha sido una cuestión de suerte; siempre me he encontrado con la persona oportuna en el momento oportuno. En teatro con Colsada, en el cine con David Trueba y en la tele con Mercero".
"Hacía de todo, de comparsa, de bueno, de malo, de obispo, de pobre, de romano que martiriza a Jesús, de apóstol y zarzuela y revista, varieté... ¡de todo!", comentaba el actor, un hombre caracterizado por un optimismo contagioso. Pero Luis Cuenca no añoró nunca los años de la censura, por muchas razones, una de las cuales y no la menos importante era por "tener que alternar el ir de juerga con censores y políticos para que nos levantasen las multas", como le gustaba recordar hace poco.
No se definía como juerguista, sino como un hombre "con imán para los borrachos", y recordaba las muchas copas que se había tomado junto a Paco Rabal. Y cuando le preguntaban si le hubiese gustado tener aspecto de galán, respondía tajante: "No. Me hubiera gustado haber sido chulo y vivir de las mujeres, pero con esta cara y con esta nariz...". Su cara, su nariz y su humor llamaron la atención de David Trueba que lo convirtió en un entrañable abuelo en "La buena vida", un abuelo con el que ganó el Goya al mejor actor de reparto. En su siguiente película, "Obra maestra" le ofreció el personaje de un loco amante del cine por él fue de nuevo candidato al Goya.
Cuando hacía teatro, Luis Cuenca renunció al cine entre otras cosas por el horario: "entonces -decía- el teatro acababa a las dos de la madrugada, luego a mí me gustaba apurar la noche y, casi sin dormir, con aspecto de 'sonado' me dirigía al rodaje y andaba todo el día flotando. Pero volvió al cine por la puerta grande gracias a nombres como José Luis García Sánchez o Enrique Urbizu, antes de llegar David Trueba. El lo tenía claro y así lo manifestaba. "Mi vida ha sido una cuestión de suerte; siempre me he encontrado con la persona oportuna en el momento oportuno. En teatro con Colsada, en el cine con David Trueba y en la tele con Mercero".
