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Castro Segundo

Hay quienes se sienten satisfechos con que Castro Segundo permita la compraventa de alguna mercancía en alguna esquina, a determinada hora, en cantidades limitadas y a ciertas personas "que se comporten bien".

En la asamblea de obsecuentes de la tiranía castrista, Raúl Castro, el heredero de la sanguinaria represión en Cuba, al asumir su cargo y dejar sentado que todo lo consultará con el "insustituible Fidel", manifestó que en la sociedad isleña no hay "contradicciones antagónicas".

Con estas dos palabras, unidas en una frase, pone de manifiesto una desaprensión olímpica por el lenguaje y una manifiesta ignorancia del idioma y de los conceptos más elementales. Según el diccionario, la contradicción pone de manifiesto la oposición entre lo dicho o entre lo realizado o lo que se observa como contrario entre cosas. Por su parte, lo antagónico es una expresión equivalente que aparece como un sinónimo.

Porque ni siquiera se trata de abundar en palabras con el mismo significado en cuyo caso solo sería una inocente redundancia, sino de adjetivar lo ya dicho como si se tratara de algo que agrega, algo distintivo a lo expresado. Es similar a referirse al círculo que es redondo. Seguramente Castro Segundo estima que puede manipular la lengua del mismo modo que la camarilla reinante lo viene haciendo desde hace casi medio siglo con sus indefensos súbditos.

Pero ¿en verdad no hay antagonismos en la isla-cárcel cubana? ¿No es una contradicción el pregonar a los cuatro vientos el bienestar para los cubanos y condenarlos a la miseria más horripilante? ¿No lo es el vociferar sobre la importancia de la educación e implantar el lavado de cerebro y el adoctrinamiento más cavernario? ¿No es el criticar las restricciones a la libertad de otros pueblos y masacrar cualquier vestigio de oposición?

Hace tiempo publiqué un artículo en el diario La Nación de Buenos Aires titulado Cuba mira a China, donde exploraba el caso chino en el que el aparato político arrienda espacios a particulares en ciertos lugares, lo cual no permite contar con marcos institucionales seguros ni libertades personales puesto que las censuras y los espionajes son múltiples. En este sentido resulta ajustada la descripción detallada que efectúa Guy Sorman en su último libro China, el Imperio de las mentiras, al efecto de no dejarse encandilar por las luces de Shangai. En cualquier caso, queda pendiente el interrogante si para los cubanos esto no sería realmente un paso adelante o una vidriera que esconde y potencia peligros. El punto es controvertido porque también es posible que las fuerzas liberadas logren conquistar espacios que el aparato pretende retener indefinidamente y que socava y asfixia las perspectivas de libertad y que aplasta y deglute las vidas de millones y millones de chinos.

Esto de los pasos graduales bajo el yugo de la prepotencia estatal tiene sus bemoles. Hay quienes se sienten satisfechos con que Castro Segundo permita la compraventa de alguna mercancía en alguna esquina, a determinada hora, en cantidades limitadas y a ciertas personas "que se comporten bien". Aunque también puede considerarse un paso en la buena dirección, hacer mucha alharaca con este gesto ínfimo es contraproducente si sirve para aplacar las críticas y fortalecer el poder omnímodo.

En esta misma dirección, en la antedicha asamblea de sumisos y alcahuetes, el nuevo mandamás concedió graciosamente que las críticas serán bienvenidas siempre que resulten "constructivas". No se necesita ser un experto en leer entre líneas para darse cuenta de la felonía en ciernes.

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