Si no se hubiera abandonado a la injustificada adoración de sí mismo, Zapatero tendría una perfecta ocasión de meditar sobre lo que ha hecho mal en esta cenagosa cumbre de Salamanca, seguramente la más siniestra de todas, aunque en la penosa cuesta abajo que desde hace años muestra eso que llaman “familia iberoamericana”. Pero se ponga como se ponga ZP y tenga ganas o no, se apasione o no, lamente o deje de lamentar no haberse abrazado físicamente con el tirano castrista, el abrazo político sí se ha producido. Lo cierto y verdad es que esta cumbre salmantina es la del triunfo de las dictaduras de izquierda, y que ese triunfo se lo ha puesto en bandeja Zapatero.
Podrá decir ahora el Presidente del Gobierno que no, que sí, que no exactamente o que no era su intención. Podrá proclamar una cosa y la contraria, según su costumbre. Pero los hechos son testarudos. Y los hechos son que la dictadura cubana no ha dudado en felicitarse del “éxito político y diplomático” de la Cumbre y que Hugo Chávez ha salido diciendo que “un mayor nivel de acuerdo moral, ético y político” que el que tiene con Zapatero “es imposible”. Teniendo en cuenta que para la dictadura castrista su éxito es mantenerse encarcelando, torturando y enviando al exilio o a la morgue cuantos más cubanos mejor y teniendo en cuenta que la moral de Chávez la acreditan las bombas de sus esbirros contra las iglesias y los medios de comunicación críticos, amén de sus íntimas relaciones con todos los movimientos subversivos y totalitarios de América, está claro que Zapatero o es el mejor aliado de los tiranos de Iberoamérica o actúa como si lo fuese. Políticamente, tanto da.
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