Transcurrido casi un mes desde su llegada al palacio de La Moncloa y ante las críticas cada vez más sonoras hacia su prolongada desaparición de la escena pública, Mariano Rajoy ha tenido los arrestos necesarios para enfrentarse al duro interrogatorio del director de un medio de comunicación dependiente del Gobierno. Para que luego digan que se esconde.
Lo más destacado de este tercer grado inquisitorial al que se ha sometido voluntariamente el presidente en aras de la imparcialidad y el pluralismo, es que ha puesto en nuestro conocimiento que no tiene pensado subir el IVA. Al menos hasta que no coloquemos a Arenas en la presidencia andaluza, le ha faltado añadir, porque a tenor de la velocidad con que el Gobierno hace exactamente lo contrario de lo que prometió durante la campaña electoral, la subida del Impuesto sobre el Valor Añadido la podemos ya dar por descontada a falta de saber el momento preciso de ese nuevo rejonazo.
Las promesas electorales están para incumplirlas, sostenía aquel preboste sociata cuyo recuerdo ya esmalta el santoral laico de la Transición, pero no a la velocidad que Rajoy ha imprimido en sus primeras semanas al frente del Gobierno, excesiva incluso para los estándares socialistas por poner un ejemplo extremo.
Rajoy explicó con pretensiones didácticas que una subida del IRPF sería un castigo a las clases medias y muchos estuvimos de acuerdo con tan sensata apreciación. Montoro, por su parte, advirtió con gran severidad del grave error que supondría una subida de impuestos por sus efectos nocivos sobre el empleo, y de nuevo todos asentimos ante una afirmación tan preñada de lógica. El resultado es que, llegados al Gobierno, ambos han decidido escarmentar a la clase media trabajadora y ahondar aún más la grave lacra del desempleo, tal vez para que cuando se produzca la recuperación económica quepa atribuir al PP un mérito añadido.
Que han mentido a sus electores es un hecho incontrovertible, por más que se utilice como penosa justificación una desviación del déficit que todo el mundo preveía excepto los responsables económicos del PP, que al parecer han pasado estos últimos meses dedicados a actividades de mayor enjundia. Rajoy entra así en la nómina de grandes estadistas españoles, ordenada en función de su capacidad para engañar al electorado. Desde que Suárez inventó lo del "puedo prometer y prometo" no habíamos visto otra cosa igual.