
Acaso apócrifa, circula por ahí la especie de que una tarde en Sevilla –la Sevilla peligrosa de las histriónicas arengas radiofónicas de Queipo de Llano– Ernesto Giménez Caballero se topó con el poeta Guillén y, arrinconándolo en una esquina, le espetó: "Lo ve usted, don Jorge. Hay que pensar con los testículos". A lo que el otro habría replicado con sutil ironía: "Claro, claro. Lo he dicho mil veces. Eso es lo que ha hecho usted toda su vida". Resulta inevitable, a uno le vuelve a la mente aquella anécdota chusca del padre de la vanguardia hispana cada vez que el tedioso asunto catalán alcanza otro clímax escénico y tornan, unos y otros, a apelar a los cojones como supremo remedio balsámico, muy prodigioso sustitutivo del cerebro. Porque nada más castizamente español que el cojonudismo, razón de su eterno retorno al nietzscheano modo.
Recuérdese para el caso que el cabecilla militar de la asonada del 6 de Octubre, Miquel Badia, caudillo de las escuadras de Estat Català, respondía ante los suyos por el muy celtíbero mote de Capità Collons (Capitán Cojones). No lo pueden evitar, mal que les pese, también ellos son españoles hasta el tuétano. Artur Mas, un anodino burgués de Barcelona, alguien que lo más revolucionario que ha hecho en su vida ha sido montar en bicicleta, está a cinco minutos de incurrir en una irresponsabilidad histórica que emparentaría su personal figura con las de aquel par de ilustres majaderos que fueran Macià y Companys. Porque si los cojonudistas de Madrid todo lo arreglarían soltando a la cabra de la Legión por el Paseo de Gracia, sus hermanos gemelos de Barcelona igual resuelven cualquier querella con solo hacer oídos sordos a cuanto prescriban leyes, jueces y magistrados.
Así las cosas, la imagen con que sueña Mas para el próximo domingo es el primer plano de un guardia civil cetrino y con mostacho, alguien que recuerde lo más posible a la estampa grotesca de Tejero, arreándole con la porra a una dulce pubilla catalana, a ser posible lánguida, rubia y con los ojos azules (la anti Rahola, para entendernos). La España garrula, autoritaria y primitiva frente a la civilizada, europea y cultísima Cataluña. El president daría un brazo por conseguir que ese fotograma abriese los telediarios de medio mundo el 9-N. De la inteligencia política de la capital dependerá que su suprema fantasía no se cumpla. Cinco minutos restan, decía. Tiempo suficiente aún para darle una oportunidad al cerebro. El simulacro teatral para consumo exclusivo de las cámaras de televisión, no otra cosa puede haber ya el domingo, dejaría de constituir un casus belli apenas con que la Generalitat transfiriera la dirección artística del montaje a algún promotor privado, llámese ANC, Òmnium Cultural o Manolo el del Bombo. Tan simple como eso. A fin de cuentas, sin infraestructuras públicas ni funcionarios de por medio, ¿cuál sería el problema? Ninguno. Los cojones o el cerebro, he ahí el dilema.