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2016 fue hace un siglo

El Estado-nación ha vuelto a reafirmar de golpe su viejo papel dirigente en Occidente a raíz de de la irrupción ubicua de la pandemia.

El referéndum de 2016 en el que el pueblo británico decidió libremente abandonar la Unión Europea se celebró hace menos de un lustro, casi nada en términos temporales pero casi una eternidad si se lee esa distancia en clave política y económica. Porque el mundo de 2021 va a devenir radicalmente distinto a aquel de 2016 ya muerto y enterrado, el que todavía confiaba con la rendida fe del carbonero en los beneficios universales del proceso globalizador al tiempo que contemplaba como una herrumbrosa antigualla decimonónica al Estado-nación. Ese mismo Estado-nación que ha vuelto a reafirmar de golpe su viejo papel dirigente en todas las sociedades occidentales a raíz de de la irrupción ubicua de la pandemia. Hoy, el Estado ha dejado de representar un papel cada vez más secundario para apoderarse del protagonismo indiscutido en el devenir de los acontecimientos. Pero aquel lejanísimo 23 de junio de 2016 no sólo estaba por completo ausente de la escena el Covid. El muy heteróclito póker de caudillos iliberales y antiglobalistas que pronto iba a alcanzar el poder en distintos rincones del planeta, con Trump a la cabeza, apenas suponía una muy vaga sombra en el horizonte. Recuérdese que Trump llega a la Casa Blanca cinco meses después del Brexit, en noviembre de 2016. 

Aquel Brexit de 2016 parecía un inopinado brote de nacionalismo xenófobo e identitario, la clásica reacción lerda, miope y visceral de las clases medias bajas que se atrincheran en el patrioterismo más ramplón para hacer frente a fenómenos complejos que no comprenden. Parecía, sí, eso. Pero era en realidad algo muy distinto. De hecho, la idea del Brexit surgió de muy arriba, de las élites más refinadas, cosmopolitas y sofisticadas de la sociedad británica, no de las tabernas populares donde beben cerveza los toscos gañanes del Ukip. El problema para esa élite solipsista es que aquel mundo de ayer, el de 2016, ya no existe. De hecho, el covid vino para extender su certificado oficial de defunción. En este novísimo de ahora mismo, el de los reforzados Estados-nación que han comprendido el riesgo inmenso que supuso permitir que grandes industrias estratégicas, como las de suministros sanitarios, se deslocalizaran con rumbo a China, no tiene nada que ver con aquel otro. Absolutamente nada. Boris Jhonson se dispone a caminar por la Historia con el paso cambiado. Mal asunto.

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