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Jesús Laínz

Islamofilia progresista y otras bobadas andaluzas

Los tópicos, por necios que sean, son más difíciles de erradicar que las liendres, incluso entre personas aparentemente leídas.

Los tópicos, por necios que sean, son más difíciles de erradicar que las liendres, incluso entre personas aparentemente leídas.
Teresa Rodríguez, en el Parlamento andaluz | EFE

La izquierda española no pierde oportunidad de demostrar su insondable ignorancia. Esta vez la agraciada ha sido Teresa Rodríguez, la lideresa podemita que, durante la investidura del nuevo presidente autonómico andaluz, se marcó el discursito islamófilo e hispanófobo característico de la izquierda: que si los Reyes Católicos metieron Andalucía en la más oscura Edad Media; que si con ellos acabó el Renacimiento andaluz; que si Córdoba y Granada fueron capitales culturales de Europa; y demás tópicos de la progresía andaluza desde los tiempos de aquel pobre mentecato de Blas Infante.

Es difícil superar tantos disparates en tan poco espacio: la Edad Media española terminó precisamente con la llegada al trono de los Reyes Católicos; el Renacimiento no pudo tener nada que ver con la España musulmana, pues se trató del resultado de la evolución artística, filosófica y técnica de la Europa medieval cristiana; precisamente debido a la incorporación de Granada a la España cristiana pudo toda Andalucía comenzar su Renacimiento y forjar, con el resto de España, los siglos de Oro; y durante el dominio islámico, Córdoba y Granada no pudieron ser capitales culturales de Europa puesto que no formaron parte culturalmente de Europa, sino de Asia, por mucho que geográficamente se encontrasen, efectivamente, en suelo europeo.

A las palabras de la podemita han venido a sumarse las de la flamante consejera de Igualdad y bla, bla, bla del nuevo gobierno andaluz, la "ciudadana" Ruiz, en este caso estampadas en un artículo de hace algunos años dedicado a lamentar la falsa religiosidad, la plebeyez y la hipocresía de la Semana Santa andaluza. Pues, aparte de dichas consideraciones, dedicó un párrafo a explicar su huida en esas fechas a donde no haya "ni un rastro de olor a incienso (…) para no olvidar que todos somos mestizos, que fuimos, afortunadamente, parte de esa espléndida, avanzada y culta civilización árabe".

Los tópicos, por necios que sean, son más difíciles de erradicar que las liendres, incluso entre personas aparentemente leídas. Julián Marías, hace ya casi cuarenta años, denunció el tópico de "considerar a los moros como el elemento civilizado, frente a la tosquedad y el primitivismo de la España cristiana" y explicó que el desarrollo cultural y tecnológico de la España musulmana era la herencia del milenario pasado visigodo y romano de las tierras meridionales de España, de antiquísima civilización.

Si pudiera mirar por una rendija lo que sucede en España casi medio siglo después, Marías comprobaría que sus argumentos no han servido para nada a una enorme cantidad de españoles. Sus argumentos y los de tantos otros que han explicado mil veces que la Europa medieval, aquella sociedad capaz de construir las catedrales góticas y desarrollar la filosofía escolástica, no fue un agujero negro; que la muy romanizada España goda fue un centro de saber que irradió su luz hasta el apagón provocado precisamente por la invasión de Tarik; que no fue casualidad que el principal centro de creación de cultura del mundo islámico fuese España, pues en ningún otro de sus dominios se habría podido recoger un legado cultural previo de tal magnitud. Los recios guerreros del desierto no habrían podido acceder al inmenso legado cultural greco-romano-cristiano si el enciclopédico san Isidoro de Sevilla no se lo hubiera puesto en bandeja. O, en palabras del eminentísimo Claudio Sánchez-Albornoz, "los islamitas conquistadores no pudieron importar magnas novedades culturales porque no las tenían".

Otro de los mitos andalucistas es que los andaluces de hoy son los descendientes de los moros vencidos, lo que les distinguiría de los demás españoles, descendientes de los cristianos vencedores. Ignoran quienes así opinan que apenas queda descendencia de aquéllos, casi integralmente expulsados a la otra orilla del Estrecho a partir del empuje reconquistador del siglo XIII. Y su vacío fue ocupado por los repobladores cristianos llegados del norte. Contrariamente, es en el norte de África donde pueden encontrarse muchos descendientes de los musulmanes de estirpe hispánica que acabaron expulsados por su fe junto con los de estirpe árabe y bereber.

Lamentan los andalucistas el aherrojamiento de su tierra tras el triunfo cristiano. Y añoran el paraíso perdido, un al-Ándalus modelo de progreso, ciencia y tolerancia en el que se supone que habrían ansiado vivir en el pasado y ansiarían vivir en el presente.

La Reconquista salvó a Andalucía de ser una piltrafa del Islam y de padecer un régimen social y político archisombrío (…) El Islam, desde comienzos del siglo XVI, coincidiendo con su expulsión de España, ha padecido una noche de cerca de medio milenio. ¿Qué contribución cultural ha procurado a la Humanidad desde esa fecha hasta ayer? Sombras, espesas sombras, se han cernido sobre la vida espiritual de los pueblos islámicos hasta ahora. ¿Qué nombres famosos ilustran su crédito durante ese medio milenio? ¿Qué doctrinas jurídicas o filosóficas, qué hallazgos científicos, qué creaciones artísticas o literarias, qué maravillas técnicas honran a los pueblos islámicos a lo largo de esos largos siglos? (…) Para bien de España, de su vida espiritual y material, fueron expulsados los islamitas de la Península Hispánica. Gracias a esa expulsión no hemos sufrido la gran noche de la que aún no ha salido el mundo islámico. La imagen de los pueblos islamitas de hoy es turbadora. No puedo detenerme a registrar su todavía triunfante barbarie. Es cruel el desnivel entre su vida cultural y su estatus político respecto de los que gozamos los occidentales. Del Irán hacia Occidente hallamos pueblos tristemente sojuzgados por caudillos o tiranos. Crueldades, estulticias, barbarie.

Palabras, evidentemente, de un facha, responderán nuestros andalucistas y progresistas en general. Efectivamente, de un facha tan facha que llegó a presidente del gobierno de la Segunda República en el exilio: Claudio Sánchez-Albornoz.

Hablando de fachas y de republicanos, concluyamos con el arriba mencionado Blas Infante. Porque el 11 de junio de 1931 El Sol publicó una entrevista en la que el dirigente andalucista, junto a la expropación de los latifundios, explicó así sus objetivos:

–Los liberalistas [sinónimo de andalucistas], suprimido ese valladar de esclavitud, vamos aún más lejos: a unir en un latido común por Andalucía a 300 millones de seres a quienes destruyó la cultura, la tiranía eclesiástica.

–¿Ve ese instante inmediato?

–Un crack de Europa, por ejemplo una nueva guerra, lo produciría automáticamente. Entonces el 1.200.000 andaluces que viven sus nostalgias de Tánger a Damasco, y los 300 millones de hombres de Afro-Asia, que sueñan por nuestra cultura, intervendrían para destruir de una vez la influencia del Norte.

Trescientos millones de afroasiáticos… No hará falta explicar cómo se va cumpliendo, gradual e incesantemente, el sueño –o la pesadilla– del padre de la patria andaluza.

Hay que optar: o la Andalucía soñada por Blas Infante o la creada por Fernando III.

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