La semana pasada –el 3 de los corrientes, para ser precisos–, en la cuenta de Vox en Twitter se publicó un mensaje llamando a Albert Rivera, el líder de Ciudadanos, "acojonado" y "lameculos". Unos días antes, el 23 de junio, el portavoz de ese mismo partido en la Asamblea Regional de Murcia, un tal Juan José Liarte, calificaba de "tiparraca" y "puta" a la ministra de Justicia en funciones, Dolores Delgado.
Doy por hecho que semejantes lindezas no pasarán al libro de los Diálogos democráticos como aportaciones a la teoría del constitucionalismo moderno, como supongo que no figurará esa otra de un diputado del PP canario que llamó a un excamarada "golfo de mierda"; o aquella que en su día pronunció un diputado del PSOE cuando dijo: "Vamos a tener que empezar a repartir muchas hostias"; o la del otro compañero de escaño, aragonés para más señas, que tachó de "gilipollas" a otro diputado, aunque bien es verdad que luego retiró el improperio con la apostilla de que "ellos insultan por lo bajo y yo digo palabros por arriba". Eso por no hablar del "mariquita, nenaza, puta, basura, vendido, pedazo de mierda" que en enero de 2008 un senador italiano de nombre Nino Strano le espetó a otro colega mientras se debatía una moción de confianza presentada por el primer ministro Romano Prodi.
Y ahora, unas cuantas interrogantes de ciudadano del montón: ¿por qué nuestros políticos se han vuelto tan maleducados? ¿A qué hablar como carreteros después de cuarenta y dos años de democracia? ¿Por qué ofenden y se ofenden tanto?
Reconozco que la política no es, ni ha de serlo, un coro de seráficas voces, pues, entre otras cosas, sus oficiantes no son ángeles y, además, siempre he sido partidario del castellano hablado en cueros. Aun así, para los políticos que nos representan prefiero siempre un cierto comedimiento verbal y creo que, aunque sólo fuera por precaución, deberían abstenerse de invadir el predio que Francisco de Quevedo acotó en sus poesías satíricas.
A tenor del diccionario de la RAE, acojonado es igual a cobarde y lameculos, aquella persona aduladora y servil, y según el Gran Libro de los Insultos de Pancracio Celdrán de Gomariz el primero es participio pasivo del verbo acojonar, procedente del francés coïon (= falto de energía), que se acojona ante la prestancia, vigor y fuerza de otro que tiene más cataplines que él. Respecto al segundo, con su uso se denuncia al adulador impenitente, a quien antiguamente se llamaba "lacayo lacayuno" y que era el mozo de espuelas en exceso servil, que se ponía a cuatro patas para que el señor lo utilizara de banqueta y así poder subir más fácilmente al caballo.
No; eso de que un político llame a otro "acojonado y lameculos", aunque sea de partido distinto al suyo, no es correcto. Ambos calificativos son circunstancias cuyo señalamiento suele molestar al destinatario, tanto si lo es como si no lo es, aunque, a decir verdad, lo que me llama más la atención es que antes de soltar los exabruptos sus autores no se acuerden del principio que recomienda a los políticos que en sus intervenciones públicas utilicen un tono respetuoso y deferente. No se trata de juzgarles, pero sí de recomendarles sosiego hasta el infinito y que para la próxima vez, antes de faltar al vecino, sea político o no, se muerdan la lengua o guarden el dedo de teclear en el bolsillo.
Francisco Umbral decía que en España hay políticos que prefieren el insulto al diálogo y la palabrota a la argumentación. La oratoria es arte muy confuso, y cuando se inflama recibe el nombre de verborrea, enfermedad difícil de combatir. En política deben prevalecer las palabras mesuradas sobre las palabras insurrectas. No se olvide que el alma de la política es la palabra, y el político se sirve de ella para expresarse y gobernar, pero jamás debe jugar con ella ni abusar de ella. Los políticos darían mejor ejemplo al país empleando adjetivos constructivos en lugar de epítetos chabacanos.
Por la boca muere el pez, y por la boca han muerto no pocos políticos, lo cual podría evitarse si en el momento preciso se les metiese acíbar en la boca, como se hace con los niños descarados y lenguaraces. Recuérdese que la política es una forma de cultura. El señor de La Rochefoucauld, que no tenía pelos en la lengua, afirma en su máxima 451 que no hay tonto más molesto que el ingenioso. Que cada cual se aplique el cuento, si ve que le conviene.