![Horacio Vázquez-Rial - El precio de la identidad A mediados de julio El Mundo [15/7/2005] publicó una entrevista de Leonor Mayor con el señor Celestino Corbacho, presidente de la Diputación de Barcelona y alcalde de la segunda ciudad de Cataluña, L’Hospitalet de Llobregat. Bastaba, y basta, con el principal titular para comprender lo que pasaba, y pasa, por la cabeza del ilustre corregidor: “Maragall ya asume que la reforma identitaria debe dar paso a la social”.](https://s.libertaddigital.com/images/trans.png)
Lo leí como lo que era: una confesión de que el Gobierno catalán llevaba mucho tiempo empeñado en una operación de ingeniería social –un modo elegante de llamar al viejo y tradicional lavado de cerebro– destinada a convertir, desde las instituciones, a los ciudadanos españoles de Cataluña en otra cosa: ciudadanos catalanes, tal vez, o catalanes a secas, o, lo que sería peor, súbditos catalanes, sean cuales fueren sus características, que ya se sabe que los experimentos de esa clase no tienen final predecible.
El siglo XX padeció varias grandes reformas identitarias, en Alemania, en Rusia, en Yugoslavia, en Armenia, con los resultados que conocemos. El chavismo que derriba estatuas de Colón y los movimientos indigenistas de Bolivia aspiran a ello, igual que los mugabistas de Zimbabwe, que no ven con simpatía a los granjeros la blancura de algunos granjeros. Pero no vamos a salirnos de Cataluña, porque da mucho de sí.
La reforma identitaria, de la que el señor Corbacho dice que debe estar terminada en otoño, dentro de unos días, no es ni puede ser obra del tripartito. Esta peculiar coalición de gobierno, en la que el presidente de la Diputación dice que hay "un partido de corte independentista" y otro no nacionalista, sino "catalanista y de izquierdas", el PSC, no puede ser ni es el responsable particular de tan magna obra. La coalición no hace ni ha hecho ni hará más que continuar con la obra de sus predecesores, que son ellos mismos con diferente collar: los gobiernos de CiU en el Palacio de la Generalitat y en algunos ayuntamientos, y del PSC en el Ayuntamiento de Barcelona y otros de no escasa entidad, como el de Gerona. O ellos mismos a secas, en no pocos casos. Recordemos uno de ellos, aprovechando que La Vanguardia nos ha refrescado la memoria el pasado 28 de agosto.

Quien pronunciaba entonces tan sentidas palabras era el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, hoy Honorable Presidente. No hacía falta que lo dijera Jordi Pujol, siempre más delicado en asuntos tales, ni ninguno de los dirigentes de la ERC de entonces, que lo pensaban, sin duda.
O sea, que el asunto es antiguo. Que llevamos muchos años enterrados en el proceso de se ha dado en llamar "normalización ligüística" de Cataluña, que en principio se planteó como el desarrollo del derecho, que no del deber, a expresarse en catalán y que posteriormente devino en corpus de privilegios y censuras que imponía el uso de la lengua como medio para acceder al empleo público y, a la larga, privado. De ahí a forzar a las empresas, desde los cafés hasta las fábricas de conservas, a rotular en catalán, régimen de premios y castigos mediante, había un paso. Y así como se subvenciona cada bote de tomate triturado con etiqueta y cada restaurante con carta en catalán, fueron y son subvencionados todos y cada uno de los libros publicados en la lengua local.

Ahora reclaman fondos para atender a la salud de la población. Y el ínclito Pérez Carod lanza la propuesta megalómana de que todas las emisoras de España, de radio y televisión, tengan la mitad de su parrilla en catalán, gallego y euskera, supongo que con los costes de doblaje a cargo de Madrid. Realmente, ansío repetir la experiencia, vivida hace unos años en Bilbao, de ver Sólo ante el peligro con Gary Cooper hablando en euskera y subtitulado en español: no hay camino mejor para el mutuo entendimiento. Y es que Pérez Carod no quiere separarse: quiere que España se integre.
Por afán de integración dice, que si hace falta reformar la Constitución de 1978 para que se adapte a su idea de Estatuto, habrá que hacerlo. Eso sí, que nadie diga nada sobre el Estatuto en tan delicado momento de su elaboración: después de lanzar la idea de la galeuskización de los medios españoles, reclama sin rubor "que nos dejen en paz" mientras redactamos y vayan preparando el cambio constitucional. Sería cómico si no fuera repugnante.
En un artículo publicado en El País en 1988 escribí: "En la historia de la última década, los partidos políticos catalanes han eludido toda actitud clarificadora [...] Atentos a lo emocional, a lo simbólico, han relegado a un segundo plano el discurso racional de la política". La década había empezado en 1978, y lo mismo, muchos años después, hubo de ser reiterado en el reciente manifiesto de Ciudadanos de Cataluña.
No sólo nada cambió, sino que fue a peor. Ahora podemos decir con plena conciencia ya no que lo simbólico ha predominado en Cataluña sobre lo racional y sobre lo real, sino que eso era lo que pretendían los promotores del desaguisado. Lo simbólico ha devenido real, aunque no racional, y condiciona el resto. Nos estamos gastando en identidad, una identidad cuyos rasgos sólo conocen unos pocos, los ahorros de toda una historia.