El anciano Jacinto, de 83 años, ha sido condenado por un jurado popular por haber matado a uno de los dos ladrones enmascarados que entraron en su chalé de Tenerife, torturaron a su esposa (le rompieron los huesos de una mano) y les amenazaron de muerte con una pistola que no podían saber que era simulada. Pese que hasta el delincuente que escapó vivo reconoce en el juicio que él habría hecho lo mismo, y hasta habría tratado de matar a los dos, le han condenado.
Aunque se reconoce "eximente incompleta" de defensa propia, el jurado afirma que Jacinto debería haber meditado "medios menos gravosos" para salir del trance, y resulta que esto es pedir cotufas en el golfo o, si se quiere, mear y no echar gota.
Dos ancianos aterrorizados, sorprendidos en su casa, su refugio, su templo, por una violencia extrema, golpeados con un palo y apuntados con una pistola que descreo alguno del jurado pudiera distinguir a bote pronto si era de pega, deberían haberse puesto a meditar para encontrar una solución sin apretar el gatillo. Hay que poner en duda la capacidad de juicio de quienes siquiera tienen empatía para poner a sus propios padres en el lugar de las víctimas, por ejemplo. Por cierto: ya que hablan de medios menos gravosos, que digan cuáles.
Jacinto, en un momento de despiste de los criminales, pretextando que iba a por objetos de valor y mientras su esposa lloraba, gemía y ofrecía tarjetas de crédito a los brutos atracadores, fue a una estancia vecina, donde guardaba un revólver del 38 sin licencia, que según él le había regalado un hijo ya fallecido para que pudiera defenderse.
Con el revólver –cuya posesión le hacía cometer un delito de tenencia ilícita–, volvió a la habitación y efectuó un primer disparo disuasorio, según su abogado. Los asaltantes, que eran dos, Jonás y Christian, el segundo menor de edad, reaccionaron de forma diferente: el primero plantando cara y el segundo dándose el piro. El anciano hizo entonces un segundo disparo: la bala entró por la parte izquierda de la cara del atracador, que todavía pudo dar unos pasos antes de caer muerto.
Hay que pensar en el horror extremo, el sufrimiento sin fronteras de estas personas mayores golpeadas, amenazadas, convencidas de que no iban a salir vivas, porque no eran capaces de convencer a los autores de la barbarie de que, aunque ellos creían que guardaban un tesoro, no tenían ni para pagar un cortado. No había salida y además el maltrato subía de tono. Puede decirse que Jacinto urdió la añagaza a la desesperada, buscó la pistola y, pese a sus 83 años, atinó con un primer disparo para asustar a los criminales, que eran bastante gallitos, aunque el menor aflojó el ombligo. El otro se ve que pensó que era superior, por mucho revólver que tuviera Jacinto. El caso es que al anciano se le olvidó meditar, como seguro habrían hecho los componentes del jurado, y tiró de gatillo, quizá sin apuntar o con la mano temblorosa, vaya usted a saber, porque no parece que estuviera el hombre para participar en concursos de tiro de precisión.
Ante una situación técnicamente tan clara, el profesional de la justicia, el fiscal, pidió la libre absolución del delito de homicidio aplicando la eximente completa de defensa propia, pero el jurado, sin dejarse impresionar, poseído de ciencia infusa, mucho más puntilloso le declaró culpable y lo abocó a la cárcel, aunque dijo estar de acuerdo en suspender la condena o incluso en que se le aplique el indulto.
Es posible que crean que han hecho justicia, pero a mí me parece que no.