Esto es bueno, pues revela que esa forma de gobierno recupera legitimidad, y por lo tanto gobernabilidad, aunque la población no necesariamente abogue por la democracia liberal, con su énfasis en la limitación del poder, sino que más bien reclama un gobernante más fuerte y más cercano, más identificado con sus problemas y dispuesto a solucionarlos. Un gobernante que garantice el orden y el progreso.
Eso fue lo que la gente vio en Fujimori, y eso es probablemente lo que empieza a ver en Humala. Puede incluso que esa fuera la razón por la que le votaron, y por la que igualmente muchos, nostálgicos de aquél, votaron por su hija Keiko.
En este sentido, Humala ha dado dos pasos decisivos. El primero ha consistido en encabezar personalmente la lucha contra la inseguridad y la delincuencia desde el Consejo Nacional de Seguridad Ciudadana (aunque está por verse si este mecanismo resulta eficaz). Es algo que, salvando las distancias y las diferencias de gravedad, equivale a la decisión que en su momento tomó Fujimori de ponerse al frente de la lucha contra la subversión. Además, Humala se ha propuesto terminar con las columnas narcosenderistas del Valle de los Ríos Apurímac y Ene (VRAE). Y aunque ha exigido una estrategia para conseguirlo, lo cierto es que por ahora son los senderistas los que están golpeando.
El segundo de sus pasos ha sido su viaje a los distritos rurales con el mensaje –bien es cierto que genérico– de que se propone liderar el esfuerzo de los pueblos por salir de la pobreza y conectarse al mercado. La gente siente que ese es su presidente. Eso es algo que jamás hicieron Toledo ni García, y que yo les reclamé siempre. Se pasó de la personalización del poder en tiempos de Fujimori a la descentralización desordenada e ineficiente.
Por supuesto, para afianzar su método de gobierno y su relación directa con el pueblo, Fujimori concentró el poder, suprimió intermediaciones, acabó con lo que quedaba de los partidos y montó un neoclientelismo tecnocrático que resultó muy eficaz. Humala podría tener la tentación de hacer algo parecido, habida cuenta de que sigue sin haber partidos organizados y que, como Fujimori, cuenta con el apoyo de las Fuerzas Armadas. Pero ya no estamos ante una grave emergencia nacional, como en los noventa; además, carece de mayoría en el Congreso y el Estado se ha descentralizado.
Sea como fuere, habrá que estar atentos. El mayor problema, ahora, es la tentación estatista en lo económico, fuente de atraso y, a la larga, de autoritarismo político.
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JAIME DE ALTHAUS, columnista del diario peruano El Comercio.