
Hace quince años fue un demócrata, el por entonces gobernador de Arkansas Bill Clinton, quien vio cómo sus problemas conyugales eran sometidos a escrutinio en plena campaña electoral. Seis años después, ya como presidente, los republicanos de la Cámara de Representantes le sometieron a un impeachment por haber mentido, estando bajo juramento, acerca de la relación que mantuvo con una becaria de la Casa Blanca (y que finalmente el propio Clinton calificó de "inapropiada").
Hay una nueva campaña presidencial en marcha, y la vida conyugal de los candidatos vuelve a estar en el candelero. Esta vez, la atención la acaparan los valores familiares de los republicanos. De los grandes favoritos a hacerse con la candidatura del Grand Old Party para las elecciones de 2008: Newt Gingrich, Rudolph Giuliani, John McCain y Mitt Romney, sólo esté sigue desposado con su primera mujer. McCain está casado en segundas nupcias; Gingrich y Giuliani van por el tercer matrimonio. Cada uno de éstos tuvo un lío con su actual esposa mientras estaba casado con la anterior.
El primer matrimonio de McCain terminó hace más de 25 años; son los problemas domésticos de Giuliani y Gingrich los que siguen dando que hablar. El mes pasado, el ex alcalde de Nueva York y su mujer posaron para la prensa en actitud bien cariñosa, besándose como un par de enamorados. Poco después, el hijo de Giuliani, Andrew, anunció que no colaboraría en la campaña de su padre, con lo que ponía de manifiesto que en su familia aún duele la manera en que Rudolph abandonó a su segunda esposa (y madre de Andrew), Donna Hanover.

¿Hasta qué punto le interesan estas cosas a los americanos? ¿Hasta qué punto es relevante la vida conyugal de un candidato, sus líos de faldas, sus divorcios, para calibrar sus aptitudes como político? Puede que la confesión sea buena para el alma, pero ¿lo es también para saber si alguien puede ser un buen presidente?

En primer lugar, que la fidelidad conyugal no tiene nada que ver con el liderazgo político. Sería conveniente que fuera un indicador fiable de la aptitud de cada cual para ostentar la Presidencia de la nación, pero la historia no lo confirma. Tanto Franklin D. Roosevelt como John F. Kennedy tuvieron amantes (JFK fue un verdadero tenorio), y sin embargo fueron mejores líderes políticos que los fidelísimos esposos Richard Nixon y Jimmy Carter. Desde el Rey David hasta Martin Luther King, abundan los líderes ilustres con una vida privada marcada por graves pecados. La experiencia nos dice que un pastor religioso de conducta desordenadísima podría ser un presidente ejemplar.
En segundo lugar, que cuenta más el comportamiento público que el privado. Los votantes deberían dar más importancia a lo que un político dice y hace en público que a lo que dice y hace en privado. Lo más importante es saber si defiende los valores apropiados, no si los respeta en su vida privada. La sociedad civilizada no precisa de seres humanos perfectos y coherentes; precisa de seres humanos imperfectos que, con independencia de sus carencias y defectos, distingan el bien del mal y defiendan un entramado social basado en unos patrones morales compartidos.
Alguien que critica públicamente a un presidente adúltero mientras a su vez mantiene una relación extraconyugal, como hizo Gingrich en 1998, quizá sea un hipócrita, pero con su manera de proceder no socava el código social que condena el adulterio y ensalza la fidelidad conyugal. En cambio, alguien que alardea de su infidelidad y sale a la palestra para humillar públicamente a su esposa, como hizo Giuliani en el año 2000, incurre en algo mucho peor, pues no sólo viola las normas morales de la sociedad, sino que las subvierte.
Hay santos y pecadores en todo el espectro político, y ningún partido tiene el monopolio de los "valores familiares". Esto es algo que demasiados republicanos tendieron a olvidar cuando era Clinton el que estaba en el ojo del huracán.