
Se da por hecho que el resultado de las próximas elecciones será una foto fija de lo ocurrido en diciembre. No está tan claro. Para empezar, faltan casi dos meses. En ese tiempo, en España, puede pasar cualquier cosa. Luego está que en las elecciones anteriores, según el CIS, hasta un 36 por ciento de los electores decidieron su voto durante la campaña. Ahora, por lo visto, hay un 80 por ciento que no piensa cambiar su voto. Aunque fuera así, un quinto de indecisos es suficiente para dar un vuelco. En cualquier caso, extraña que buena parte de quienes estuvieron tan vacilantes durante la campaña de diciembre hoy se muestren firmes como rocas, impermeables a todo mensaje electoral. Si llegamos a la campaña con el mismo porcentaje de indecisos que en la anterior, puede pasar casi todo.
Pero hay más. Los votantes de Podemos, aunque quisieran, no van a poder votar lo mismo. Ante todo, está por ver que las Mareas, En Comú Podem y Compromís vuelvan a ir de la mano de Pablo Iglesias, ahora que saben que no tendrán grupo parlamentario. Además, Podemos ya no va a ser Podemos, sino Podemos más Izquierda Unida. Esa alianza ha de disgustar a quienes eligieron a Podemos más por nuevos que por rojos. Tampoco gustará a los electores del PCE de siempre. En política, no siempre la unión hace la fuerza. Está por ver qué influencia puede tener todo esto.
Luego está lo de la abstención. Aparte lo que digan las encuestas, es fácil imaginar a un nutrido porcentaje de electores hastiados de la política renunciando ese día a votar. Y es improbable que tal reacción afecte por igual a todos los partidos. En principio, parece que la abstención tienta más al electorado joven de izquierdas. Y aunque el CIS dice que PP y PSOE disfrutan de los electores más fieles, no faltan entre ellos quienes empiezan a cansarse de tener que acercarse a la urna con la nariz tapada. Y no faltan electores de Ciudadanos que creen que Albert Rivera ha sido excesivamente indulgente con el PSOE, el partido responsable de muchos de los males que aquejan a la democracia española.
Finalmente, está el papelón que han hecho más o menos todos. Rajoy habría aceptado cualquier programa que le hubiera permitido quedarse en La Moncloa. Sánchez se ha hartado de hablar de diálogo, pero ha vetado al PP sin someter a su consideración ningún pacto programático porque sabía que en cualquier coalición PP-PSOE el presidente sería Rajoy y no él. Iglesias ha expuesto públicamente sus groseras ansias de poder y su absoluto desprecio hacia la gente, a pesar de que el suyo es supuestamente eso, el partido de la gente. Rivera empezó metiendo la pata y defendiendo cosas políticamente incorrectas, que le quitaron votos, y acabó diciendo las mismas estúpidas obviedades que han dicho durante lustros los políticos de la casta. Ahora ya no incomoda, pero tampoco entusiasma.
La foto fija que nos presentan los demóscopos a lo mejor sale en junio un poco movida.