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Aquí mandan los xenófobos

Han proscripto la enseñanza de la lengua, la historia y la cultura común de todos los españoles en el sistema educativo.

Han proscripto la enseñanza de la lengua, la historia y la cultura común de todos los españoles en el sistema educativo.
Pedro Sánchez y Pere Aragonès. | EFE/Pool Moncloa/Fernando Calvo

La definición que aparece en el diccionario de la RAE no podría ser más taxativa y escueta: "Xenofobia: Odio, repugnancia u hostilidad hacia los extranjeros". ¿Los xenófobos mandan aquí? ¿Cómo es posible? ¿Quiénes son los extranjeros víctimas de tamaña iniquidad? ¡Ay, son los españoles!

El foco de la fobia

¿De qué estamos hablando? Vivimos en España, un país cuyos habitantes, nativos o nacionalizados, son –somos– por definición españoles. Sin embargo, es esta buena gente la que sufre los azotes del "odio, repugnancia u hostilidad" de una minoría, fraudulentamente empoderada, de sus coterráneos. Y antes de que el lector me diagnostique un delirio paranoico, le recuerdo que estos xenófobos antiespañoles que mandan aquí –en el orden nacional y en el regional– han proscripto la enseñanza de la lengua, la historia y la cultura común de todos los españoles en el sistema educativo. Para incurrir en semejante aberración, inaudita en el mundo civilizado, hay que estar envilecido por el odio, la repugnancia o la hostilidad contra el prójimo. Un fenómeno típico, eso sí, de la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin.

El foco de la fobia cainita reside en aquellas regiones donde fermenta la manía irracional del supremacismo étnico, dolencia que contagia a un colectivo supersticioso y lo convence de que el hecho de haber nacido en un determinado entorno geográfico, o de estar asociado a este por su genealogía, lo dota de peculiaridades físicas y psicológicas que lo colocan por encima de sus vecinos más próximos. Vecinos catalogados como colonos o parias extranjeros, segregados por las barreras del odio, la repugnancia o la hostilidad. Estamos hablando, por supuesto, de las fracturas sociales perpetradas por los fetichistas tribales vascos y catalanes que reniegan de sus orígenes naturales en España para practicar la xenofobia contra sus compatriotas.

Lo peor

Lo peor es que el actual Gobierno de España ha hecho depender su estabilidad de los votos, en el Congreso, del bloque de partidos que se definen, explícitamente, como instrumentos de una conjura rupturista. Son, desde el punto de vista práctico, partidos de otra nación con apariencia de república, infiltrados en el Reino de España con el único fin de sabotearlo desde adentro, empobrecerlo, desmoralizarlo y robarle porciones de su territorio para implantar en ellas su apartheid. Se valen, estos invasores, de que el Gobierno claudicante copia la política de los colaboracionistas de Vichy, que traicionaron a Francia y pactaron su subordinación a los ocupantes nazis para conservar sus privilegios.

Aquí es patente y nauseabunda la subordinación de los vasallos sanchicomunistas a los caprichos antiespañoles de los extorsionadores xenófobos. Se convocan mesas de negociación y diálogo donde las autoridades constitucionales se humillan y reconocen tácitamente a sus interlocutores chantajistas como representantes de una república independiente. El presidente vicario de este bantustán mendicante tiene la desfachatez de desertar de las reuniones donde está presente el Rey de todos los españoles, mientras explota el servilismo del Gobierno entreguista para perseverar en la ficción del tête à tête entre iguales, donde exige con aires de chulería prerrogativas ilícitas de amnistía, referéndum y autodeterminación. Y money, money, rapiñada de los fondos europeos para nutrir a sus chupópteros ensoberbecidos.

Provoca pesadillas

Los sediciosos y malversadores disfrutan de los indultos paseándose por sus feudos para incendiarlos con mensajes de odio y subversión. ("Los delitos de odio crecen casi un 10% en el primer semestre", LV, 29/7). Los partidos y las organizaciones secesionistas se jactan de estar elaborando planes para volver a sembrar el caos en Cataluña a partir del próximo mes de septiembre, con un pico a comienzos de octubre. La xenofobia antiespañola bulle en los medios de comunicación del régimen supremacista, en las redes sociales y en los centros de adoctrinamiento que funcionan enmascarados como parvularios, escuelas y universidades.

La respuesta del PSOE a esta embestida hispanófoba ha consistido en pergeñar un programa de "cogobernanza federal multinivel". Ojo, multinivel: con los renegados depredadores en la cúspide y los españoles expoliados en la base. Y con el caballo de Troya del nacionalismo, encarnado en el Partit dels Socialistes de Catalunya, ocupando cargos clave en Madrid. La nutrida lista de estos cargos que proporciona La Vanguardia (23/7) provoca pesadillas. Sobre todo porque el mismo diario aclara que, si bien el entregador Miquel Iceta ha bajado del Ministerio de Administración Territorial al de Cultura y Deportes, ello no reduce su influencia sino que, por el contrario, le deja más tiempo libre para sus menesteres de quintacolumnista.

Conservemos la calma

Conservemos la calma. La sociedad española está mucho más sana, toda ella, de lo que parece en los trampantojos que nos venden los sembradores de cizaña. Las historias míticas, los abolengos ficticios, los talantes regionales, las emanaciones telúricas, los trajinados hechos diferenciales, solo son pretextos que emplean los intrigantes, desde que existe el género humano, para fomentar rupturas, discriminaciones, conflictos e incluso guerras, sin fundamento científico ni racional. A modo de antídoto, una investigación del Centre d’Estudis d’Opiniò acaba de demostrar, con acopio de datos, que "entre los europeos, los más parecidos a los catalanes son el resto de los españoles" (LV, 1/8).

Lo dicho: los españoles dignos de su identidad se parecen entre sí, cualquiera sea la comarca donde han nacido, por su anhelo de ser todos libres e iguales. Los desechables son los renegados xenófobos.

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