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Las figuras de Aznar y González

Con sus luces y sus sombras, han sido los mejores presidentes que ha tenido España desde la Transición.

Con sus luces y sus sombras, han sido los mejores presidentes que ha tenido España desde la Transición.
Europa Press

En medio de la mediocridad que, con algunas excepciones, domina la escena política, destacan con luz propia dos expresidentes que suman veintidós años de Gobierno: Felipe González, que estuvo catorce años en la Moncloa (1982-1996), y su sucesor, José María Aznar, que estuvo ocho (1996-2004). Socialista el primero y hombre de centro-derecha el segundo, han sido, con sus luces y sus sombras, los mejores presidentes que ha tenido España desde la Transición (se les podría unir, fundamentalmente por el hecho de haber liderado con éxito esa empresa, el ya difunto Adolfo Suárez).

Aznar y González, González y Aznar, siguen teniendo una influencia indiscutible en la política española, aunque formalmente estén apartados de la primera línea. Sus opiniones cuentan, son escuchadas, tanto dentro como fuera de sus partidos.

Conocida era la mala relación entre Rajoy y Aznar, a pesar de que el primero debía al segundo todos sus desempeños importantes –ministro de cuatro carteras diferentes, vicepresidente del Gobierno...–, amén de su designación como sucesor (verano de 2003). Pero ya se sabe que la política tiene esas cosas, y el distanciamiento entre Aznar y Rajoy empezó hace tiempo y acabó como acabó. El nuevo líder del PP, Pablo Casado, tuvo el acierto de recibir a Aznar en su despacho de Génova nada más ser elegido presidente de los populares; eso contribuyó, y mucho, a rehabilitar a nivel interno la figura del refundador del PP, y del centro-derecha español, a comienzos de la década de los 90.

Tampoco Felipe González se ha visto libre de desencuentros y desavenencias con algunos de sus sucesores, por ejemplo Zapatero y el propio Pedro Sánchez, aunque nunca llegaron al nivel –al menos en su proyección pública– de los de Aznar y Rajoy. En esto también puede haber influido que González tiene sus propios canales mediáticos, que le hacen la labor cuando hay que marcar territorio y distancia con los líderes o presidentes del Gobierno del PSOE. Y si no que se lo pregunten tanto a Zapatero como a Sánchez. El primero, consciente de esa influencia mediática, impulsó y promovió, cuando llegó a la Moncloa, plataformas alternativas a los medios del grupo Prisa; y el segundo ha sufrido y sufre en sus carnes lo que es el supuesto fuego amigo, cuyo último capítulo ha tenido lugar hace unos días a cuenta de los plagios y textos sin cita del famoso libro publicado en la estela de su no menos famosa tesis doctoral.

La pasada semana, Aznar acudió al Congreso para comparecer ante la inoperante comisión de investigación de la Gürtel, y aprovechó para soltar algunas frescas muy bien soltadas a diputados como Gabriel Rufián y Pablo Iglesias, que están muy acostumbrados a que nadie les lleve la contraria y a que les rían las supuestas gracias con que suelen adornar sus intervenciones. No recuerdo que Rajoy le dijera nunca al líder de Podemos: "Es usted un peligro para la democracia y la libertad". Aznar sí lo hizo, por una razón muy sencilla: porque está plenamente convencido de ello y no tiene ningún complejo para expresarlo con toda claridad.

También la pasada semana Aznar y González comparecieron juntos en un acto organizado por El País con motivo del 40 aniversario de la aprobación de la Constitución. Los dos expresidentes llenaron con su sola presencia el espacio político que pusieron a su disposición. Lo que dijeron respecto a la Constitución, a la Transición, al momento político actual, a Cataluña, fue todo muy correcto y sensato. Algo que con toda seguridad no hubiese sido así si los intervinientes hubiesen sido Zapatero y Sánchez. Rajoy, lo más probable, es que se hubiera quedado en terreno de nadie.

Hay bastantes años luz entre Aznar y González y sus sucesores.

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