
Pedro Sánchez ya tiene su encargo para ir a una investidura y ha asegurado que a partir de ahora va a empezar a negociar los apoyos que necesita. Es decir, que si le creyésemos —propósito imposible: es de las pocas personas que miente cuando dice una cosa y también cuando dice la contraria– se habría pasado 103 días desde el pasado 23J tocándose el ciruelo, porque que yo sepa ningún apartado de la Constitución prohíbe negociar antes de que el Rey te proponga como candidato. Es más, lo lógico es hacerlo, como todos sabemos que ha hecho el presidente del Gobierno.
Su comparecencia de este martes ha sido un ejemplo perfecto de la forma de hacer política de Sánchez. Por ejemplo, decir lo contrario de lo que se esté haciendo en ese mismo momento –ha hecho decenas de referencias llenas de desprecio a "la derecha y la extrema derecha" mientras explicaba que el segundo pilar de la nueva legislatura va a ser "la convivencia entre los españoles"– y, todavía más, de lo que va a hacer en el futuro.
Hay otro rasgo de la política sanchista que me parece que no recibe la atención que merece, supongo que porque lo metemos dentro de ese apartado "trolas" que es tan recurrente que hasta nos aburre: explicar sus acciones escondiendo los verdaderos motivos que las provocan. Ahí está su forma de justificar una amnistía que se niega a nombrar y de la que habla como la decisión de una sociedad que quiere cerrar heridas, reforzar lazos, mejorar la convivencia y otros lugares comunes por el estilo. Se le olvida el hecho de que la concesión de esta amnistía coincide, qué casualidad, con el hecho de que él necesite los siete votos de ERC y, sobre todo, los de la banda de Puigdemont.
El muy caradura lleva cinco años en el poder, apoyado con entusiasmo por la misma colección de partidos que odian a España, y en todo este tiempo ha negado la posibilidad de una amnistía a los golpistas hasta que, súbitamente, ha visto la luz… y la luz estaba enfocando a Puigdemont y sus siete diputados. Y el tío pretende que nos lo creamos y lanza a la prensa esbirra a decir que, por supuesto, es una idea estupenda y, poco más o menos, que lástima que no se nos hubiera ocurrido antes.
Sánchez no se ha atrevido a usar la palabra "amnistía", puede que para evitar problemas legales o quizá es sólo que está esperando que a Lo País se le ocurra un nombre más digerible, pero sí ha hablado del referéndum: para negarlo categóricamente. Justo de la misma forma de la que ha ido negando en cada momento todo lo que ha hecho después: pacto con Podemos, indultos, cambios en el Código Penal, la propia amnistía.
Lo ha hecho acogiéndose a un argumento que en su boca da risa: que no lo recoge la Constitución. Pero el truco está muy claro y habrá referéndum, aunque sea dentro de unos límites aceptables desde el punto de vista constitucional: lo llamarán consulta, encuesta, estimación de por dónde va la voluntad popular o vayan ustedes a saber cómo, el caso es que la gente en Cataluña votará, ganará la independencia y eso sí llevará a una fractura irreversible.
Pero eso a Sánchez le da igual o, mejor dicho, ya verá en su momento cómo se enfrenta a ello o cómo logra echarle la culpa a la derecha.
