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Ganar perdiendo

No sé qué es peor: si aspirar a gobernar habiendo perdido las elecciones o aspirar a gobernar habiéndolas ganado por no ser tan odioso como tu rival.

No sé qué es peor: si aspirar a gobernar habiendo perdido las elecciones o aspirar a gobernar habiéndolas ganado por no ser tan odioso como tu rival.
El presidente del PP, Alberto Nuñez Feijóo. | EFE

A veces, cuando he comido ligero, imagino que sé jugar al tenis. Me pongo incluso las zapatillas y pego saltitos cortos por el pasillo, como si quisiera evitar que el tiempo imaginario entre los saques de mi rival me corte el ritmo. He llegado a sacar la raqueta de la funda, por supuesto, a fingir aces rapidísimos y dejadas de escándalo. Me he creído fresco y talentoso y en más de una ocasión he levantado a los cielos el trofeo de Wimbledon. He declamado discursos preciosos e inventado entrevistas graciosísimas. Y he llorado, por supuesto que sí. No me ha importado lo más mínimo el pasmo de mis vecinos porque bastante tengo en esos momentos con acordarme de todos los que me han traído hasta aquí como para preocuparme también por los que sólo pueden participar de mi gloria desde el otro lado de la ventana.

En otras ocasiones, después de lecturas sesudas, me he creído inteligente. He escrito tratados enteros sin sentarme a escribir y he entrevistado a presidentes. Pocos de ellos han sobrevivido algo más de unos minutos a mis temidos cuestionarios porque la conversación que imagino, cuando me pongo a imaginar, siempre va por donde tiene que ir. En la comodidad de mi sofá, soy el temor de los asesores de campaña. Tengo la capacidad de lanzar las preguntas adecuadas en los momentos adecuados, de no precipitar la indignación, de ir sembrando el coloquio de trampas dialécticas y de dejar poco a poco que sean ellos los que se enreden en la telaraña absurda de sus absurdas contradicciones. Con una facilidad que me cuesta comprender, he desenmascarado a impostores y sepultado reputaciones. Le he dado a la audiencia lo que debería escuchar y me he largado a la cama con la satisfacción del deber moral cumplido, que es como imagino que se van a la cama los verdaderos presidentes.

Pero, curiosamente, nunca he representado ese papel. El de presidente, digo. Nunca me he asomado al balcón y he anunciado entre aplausos que yo soy el que soy, que la economía va como una moto, que España va bien, que mis medidas funcionan y que la felicidad se esconde más allá del horizonte hacia el que señala mi dedo. Supongo que entre mentirme a mí mismo y mentir a los demás es bastante menos engorroso lo primero, así que la erótica del poder siempre me ha parecido una fantasía demasiado problemática como para seducir mi imaginación. Hay excesiva responsabilidad detrás del papel de líder político, y uno no está dispuesto a añadirse más piedras en la mochila que las que puede cargar. Nunca me ha atraído el disfraz de pastor, ni el de azotador de las masas con discursos rabiosos. Nunca he querido verme ondeando una bandera al pie de la escalera, ni sacando un pecho al viento y gritando patio adentro "Libertad". No me interesa inflamar ánimos ajenos con razones y puños, ni reclamar asaltos a cielos que queden más lejos de lo que pueda subir el ascensor de la comunidad. Supongo que hace falta estar hecho de una pasta muy concreta para desear presidir cualquier cosa, así que no me puedo imaginar qué debe ser peor: si aspirar a gobernar habiendo perdido las elecciones, como dice de Sánchez Feijóo, o aspirar a gobernar sabiendo que no las has ganado por ser tú, sino por no ser tan odioso como tu rival, como dice de Feijóo el propio Feijóo.

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