
Si cada vez que un adulto hace un uso irresponsable –o que a nosotros nos parece irresponsable– de una de las muchas posibilidades que nos brinda la vida moderna la consecuencia fuese prohibirla para todos, hace décadas que no tendríamos coches, teléfonos, ordenadores… si nos ponemos estrictos hasta podríamos abolir el chorizo, que es algo de lo que muchos abusan sin la necesaria mesura.
Les digo lo anterior porque a mí, como a supongo que a muchos de ustedes, me parece irresponsable ser madre a los 68 años, pero eso no deja de ser una opinión personal sobre un caso concreto, de la que sería muy estúpido sacar conclusiones más amplias y no digamos elevarlas al rango de ley. Por cierto, ¿se acuerdan de cuando no había que "legislar en caliente" sobre nada? ¡Qué tiempos aquellos!
Aunque llego algo tarde porque estaba de viaje, no me resisto a escribir sobre la gestación subrogada, uno de esos temas en los que los moralistas de todos los partidos quieren enseñarnos cómo debemos comportarnos y, peor aún, qué debemos hacer en lo más íntimo de nuestras vidas, imponiendo a todos un código moral que en la mayor parte de los casos ni siquiera son capaces de argumentar con un mínimo de racionalidad: está mal porque es algo que debe estar mal. Y ahí se acaba el discurso.
Yo, por más que miro, no veo qué puede haber de malo en algo que decidan libremente varios adultos, que no comporta daños a terceros y que, encima, ayuda a traer una nueva y deseada vida a este mundo. Entiendo que la mayoría no sufre ese trance y no valora el drama personal y familiar que puede llegar a significar el ansia insatisfecha de la paternidad o la maternidad, y quizá por eso son incapaces de ver la maravilla que supone que se inventen métodos que no son sino soluciones a ese problema fundamental: la propia adopción –que reconozco que puede tener otros matices–, la fecundación in vitro o, por supuesto, la gestación subrogada.
Estoy dispuesto a apostar una gran cantidad de dinero a que ninguna pareja que pudiese tener hijos sin recurrir a estos durísimos, incómodos y generalmente muy caros métodos los usaría: señores, no estamos hablando de caprichos sino de fórmulas muy costosas –desde todos los puntos de vista– para lograr una de las cosas que nos define como seres humanos.
Pero aun así tenemos que soportar la moralina de unos y de otros, y escuchar estupideces como que se explota a mujeres que deciden voluntariamente gestar o que estamos ante un tráfico de niños. ¿Tráfico de tu propio hijo? ¿Estamos locos?
Es comprensible que, como ocurre con otras muchas posibilidades que abre la tecnología y que eran impensables hasta hace nada, la gestación subrogada nos asuste o genere ese rechazo instintivo del que hablaba en estas páginas Daniel Rodríguez Herrera, pero nuestra obligación como adultos y ciudadanos responsables es sobreponernos a esos impulsos primarios. Y una vez lo hagamos, no quedará más que la evidencia de que algo que permite la llegada de nuevas vidas al seno de familias que lo desean fervientemente no es que deba ser permitido, es que es un bien moral, incluso cuando incluya la lógica recompensa económica para la mujer que presta un servicio tan valioso.
Además, conviene no olvidar que, al igual que ocurre en otros asuntos en los que la moralidad mal entendida ensucia el debate público, los enemigos de la gestación subrogada y sus ansias prohibicionistas sólo pueden conseguir una cosa: sacar una actividad del circuito legal es, precisamente, lo que la pone en manos de los más desaprensivos, la encarece y abre la puerta a todos los horrores que supuestamente se denunciaban. Las ansias de prohibir nunca son buenas consejeras.
