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En su sórdida desnudez (iliberal)

Sánchez, López y demás están encima del mismo barril que Trump, Bolsonaro, Orban y otros a los que ponen de horribles enemigos de la democracia.

Sánchez, López y demás están encima del mismo barril que Trump, Bolsonaro, Orban y otros a los que ponen de horribles enemigos de la democracia.
El magistrado del Tribunal Constitucional, Cándido Conde-Pumpido y la fiscal general del Estado, Dolores Delgado, durante su toma de posesión.

En vivo y en directo estamos viendo los extremos a los que llega el Gobierno para tener el control del Tribunal Constitucional. Es extremo el procedimiento, pero también es extrema la retórica, y ahí está parte del tema: por la boca muere el pez. Todos los gobernantes que han lanzado ataques contra instituciones de la democracia liberal se suben al mismo barril de cerveza que nuestros socialistas gubernamentales: ¡tenemos la mayoría, somos la soberanía popular y podemos hacer lo que nos dé la gana! Sánchez, López y demás gratos apellidos están encima del mismo barril que Trump, Bolsonaro, Orban y otros a los que ponen de horribles enemigos de la democracia. Cierto que "democracia liberal" no es un término que el socialismo en el Gobierno utilice y barrunto que el concepto le suena a cosas de la derechona, pero es lo que llamamos democracia en nuestro entorno. Un sistema democrático que limita el poder ejecutivo mediante controles y contrapesos, por poner el abecé.

El invento de los contrapesos y controles fue fraguando lenta y sabiamente a lo largo de siglos contra el conocido vicio de ocuparlo todo y arrollar con todo que tiende a padecer el poder ejecutivo. De ese vicio no está exento para nada el que gobierna gracias a una elección democrática. Es más, amparado en esa legitimidad y en la mayoría, se siente justificado y lo suficientemente fuerte como para entrar a saco en las instituciones que hacen de contrapeso y ponerlas a su servicio. Los tribunales y el sistema judicial, las administraciones públicas imparciales, los medios de comunicación independientes y otros organismos limitadores son los sospechosos habituales a los que este tipo de Gobierno va a acosar, atacar y someter si puede; y no ordena detener y condenar a galera a sus miembros indóciles de milagro. Obvio es que todo eso sólo lo hacen con ramplona y descarada zafiedad los más cutres de los gobernantes iliberales, pero por ahí andamos. Aunque vaya, he vuelto a poner un término que al socialismo gubernamental le sonará a cosa rara o anglosajona, que mira tú por donde rima con derechona.

A esta encrucijada no se ha llegado de repente. El episodio extremo que estamos viendo es sólo el capítulo final de una serie que empezó con el arreglo para repartirse por cuotas de partido la institución que hace de guardiana de las reglas del juego. La crudeza partidista del reparto se suavizaba guardando las formas y con algún recurso cosmético. En la historia de ocupación partidista del TC, incluso había lugar para magistrados que ponían su criterio profesional por encima de la obediencia política, obediencia que esperan siempre los partidos que los designan. Y los Gobiernos nunca, nunca enseñaban su apetito de forma descarnada, conscientes de que disimular la avidez era la manera de mantener el apaño a salvo.

El reparto del TC por cuotas de partido ha durado tanto, porque los partidos sabían que tenían que hacer dos cosas a la vez: hacerlo y fingir que no lo hacían. El socialismo gubernamental no puede hacer las dos cosas a la vez, y como no puede hacerlas, pugna por el control a cara de perro y rompe en pedazos una ficción largo tiempo mantenida. Han caído las máscaras. El vicio del poder queda expuesto en sórdida desnudez. En su sórdida desnudez iliberal, iba a decir, pero para qué.

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