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España y el asesinato de Estado

¿Qué fue la Guerra Civil española desde 1934 sino el intento de una parte de España de exterminar a la otra parte?

¿Qué fue la Guerra Civil española desde 1934 sino el intento de una parte de España de exterminar a la otra parte?
Alexander Dugin ante el féretro de su hija. | EFE

Que los Estados, léase imperios, reinos, dinastías, matan es una verdad ancestral. Siglos de evolución técnica, científica y económico-política no han tenido como consecuencia la elevación del sentido moral de los Estados y sus gobiernos. Tampoco de los ciudadanos de a pie. Se sigue matando, eso sí, con hipocresía, con alevosía, con nocturnidad, a quienes se consideran enemigos de la causa. ¿Qué fue la Guerra Civil española desde 1934 sino el intento de una parte de España de exterminar a la otra parte? Ahora, con el asesinato de Daria Dugina, la hija de Alexander Dugin, el filósofo del euroasiatismo nacionalista ruso, muchos se han llevado las manos a la cabeza condenando el atentado como método político y señalando como autores a Ucrania y a sus servicios secretos. Como si la invasión de Ucrania y los asesinatos del régimen de Putin fueran harina de otro costal.

A estas alturas de la vida, no me alegra el asesinato de nadie pero tampoco me extraña que los Estados, todos, tengan entre sus planes matar a personas cuando les conviene o cuando creen su patriotismo en peligro. Por eso hay servicios secretos y agentes 007 ó 035. Una de las más famosas polémicas que recuerdo, aunque no puedo precisarla como quisiera, fue la que enfrentó a los partidarios de enseñar e impedir la enseñanza del quinto mandamiento en las escuelas de Estados Unidos. En ella creo que intervino Bertrand Russell. Los que deseaban eliminar su enseñanza de las escuelas norteamericanas aducían que matar estaba entre las funciones del Estado y que por tanto no se podía aceptar una doctrina contraria que animara a los enemigos de la nación.

Ni sabemos ni sabremos nunca quién ha ordenado el asesinato de Dugin o su hija, que tampoco sabemos quién era de los dos la víctima elegida. Toda la historia de toda la humanidad está plagada de asesinatos por razones de poder, ya hayan sido tiranías, dictaduras o democracias, en épocas de guerra o en épocas de "paz" en las que se sigue batallando por otros medios.

El único caso que conozco en que un Estado se ha negado a exterminar a los terroristas que mataban a sus ciudadanos ha sido la España democrática heredera de la transición. Es más, cuando Felipe González y el PSOE reaccionaron ante las matanzas articulando una anti-ETA tan criminal como la original, ni siquiera el PP, el partido que más asesinatos sufrió junto las fuerzas de Seguridad del Estado, predicó el ojo por ojo. De hecho, muchas de las víctimas se supieron condenadas a muerte esperando que su ejemplo moral en pro de una democracia limpia derrotara la barbarie del terrorismo separatista. Pudo haberse declarado el estado de excepción o utilizar más ampliamente los servicios secretos para aniquilar a los etarras, pero no se hizo salvo el ridículo. En este caso, España dio un ejemplo de entereza patriótica y superioridad ética sobre los asesinos. Pero hoy apenas se recuerda a Miguel Ángel Blanco, por ejemplo, y los asesinos salen con un tercer grado de las cárceles en las que ellos mismos o sus amigos mandan.

Debo estar ya mayor pero tengo para mi que esto de las matanzas, ya sean de uno en uno o de miles en miles, no va a tener arreglo porque la evolución moral de la especie que algunos pronosticaron no se ha producido. El quinto mandamiento no se ha obedecido ni se va a obedecer. El Papa Ratzinger recuerda en Dios y el mundo que el primero en vulnerar el quinto mandamiento fue el propio Moisés que, cuando descendió del Sinaí y vio el espectáculo del becerro del oro, mandó que se matara a los idólatras. Pudo hacerlo mejor, dice el emérito.

Sí, me siento muy confortado por el comportamiento de España en su sacrificio voluntario bajo las balas asesinas de ETA, pero no puedo evitar preguntarme para qué ha servido. Que nadie me cuente el cuento de que la banda ya no mata. Si no lo hace es porque ha conseguido lo que quería y está en camino de lograr todos sus objetivos políticos y militares.

Por ello, escandalizarse ahora por el asesinato de la pobre Dugina en plena invasión rusa de Ucrania me parece de una indecencia intelectual y moral supina o de una ingenuidad imperdonable. Dados los hechos, lo cierto es que necesitamos defendernos cuando otros nos quieren matar. Que se nos enseñe a no defendernos y que se nos impida la defensa propia es una canallada de la que se benefician exclusivamente los que quieren asesinarnos. Perdónenme. No me gusta lo que digo, pero es realismo político, sentido común y economía de muertes próximas que nos importan más que las remotas. Con los controles legales y morales que se quieran, pero es lo que hay que hacer.

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