El otro día me dio por pensar sobre qué ocurriría si los periodistas fuéramos tan intransigentes con nuestra profesión como lo son los entrenadores de fútbol con la suya. Si no dejáramos entrar a nadie que no estuviera oportunamente titulado o licenciado... ¿Qué pasaría? Si el carné de periodista fuera condición imprescindible para ejercer el periodismo, si nadie pudiera trabajar en radio, televisión o prensa escrita sin antes haber pasado por la Facultad de Ciencias de la Información, en el panorama informativo de este país se produciría un auténtico cataclismo. Y en el periodismo deportivo en concreto habría una criba total.
Existirían muchas probabilidades de que si este artículo cayera en manos del presidente del Colegio Nacional de Entrenadores su respuesta fuera "ese es vuestro problema", y en eso tendría sólo parte de razón. He conocido licenciados en periodismo a quienes se les quedaba la mente en blanco delante de un micrófono, empezaban a temblar y sentían una necesidad imperiosa de salir corriendo del estudio. Y al contrario. Conozco compañeros que llegaron de rebote a esta profesión y que, sin embargo, nacieron con el don de la comunicación; lo que dicen y cómo lo dicen interesa a la gente, y eso resulta imprescindible en una radio comercial.
Acabo de leer que el año pasado la prestigiosa Tate Gallery compró unas latas que contenían excrementos del italiano Piero Manzoni. Ya no creo que eso pueda sorprender a nadie, aunque particularmente esté seguro de que eso no es arte. Pero desde que a Marcel Duchamp, allá por 1915, se le ocurriera exponer un urinario autografiado, los artistas han tratado de sorprender al espectador exponiendo grasa, basura, colchones viejos o coches aplastados; algunos se han cortado con cristales, otros se han implantado un brazo mecánico e incluso hubo uno que se transformó quirúrgicamente. Eso no nos sorprende, pero sí lo hace el hecho de que ahora haya un millonario que quiera entrenar al club de fútbol que, todo sea dicho de paso, acaba de comprar.
La hipocresía llega hasta tal extremo que aquellos mismos que apelan a la ley de la oferta y la demanda futbolística, los mismos que se benefician de este inmenso negocio deportivo, se llevan las manos a la cabeza y exclaman: "¡a ver si ahora resulta que el dinero lo va a poder comprar todo!". ¿Y ahora se enteran? Figo vino al Real Madrid por dinero, lo mismo que Cúper se fue por dinero al Inter de Milán. El dinero mueve este "circo", y Piterman –con su propio dinero– acaba de regalarse el Rácing de Santander. ¿Que ahora lo quiere entrenar? A estas alturas a mi ya no me sorprende.

El "caso Piterman" (II)
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