Reflexión previa. Descuelgo de la pared mi título de periodismo, y leo: "Juan Carlos I, Rey de España y en su nombre el Rector de la Universidad Complutense de Madrid considerando que, conforme a las disposiciones y circunstancias prevenidas por la actual legislación, Don Juan Manuel Rodríguez (...) ha superado los estudios universitarios correspondientes organizados por la Facultad de Ciencias de la Información, conforme a un plan de estudios aprobado por el Ministerio de Educación y Ciencia, expide el presente título universitario oficial de Licenciado en Ciencias de la Información". ¡Toma ya!... ¿Quiere decir eso que puedo ir a cualquier canal privado de televisión y, blandiendo el título, exigir que un profesional del periodismo sustituya en su puesto a cualquiera de los seis mil okupas que salen por pantalla? En absoluto. Voy más allá: en los catorce años que llevo ejerciendo, nunca jamás, en ninguno de los periódicos o emisoras de radio en los que he trabajado, me han pedido título alguno o cualquier cosa que se le asemeje. Queda, eso sí, muy mono en mi habitación, pero su utilidad práctica profesional ha sido inexistente. ¿Me quejo por ello? No. El periodismo es un oficio, y el mercado laboral coloca finalmente a cada cual en su sitio según sus aptitudes.
¿Cómo puede ser que Johan Cruyff tuviera problemas para entrenar en España? Pues los tuvo. Venía de hacer campeón de Holanda al Ajax de Amsterdam, pero resulta que no tenía una licencia homologada. Al final alguien le "puso el sello", y Johan ganó con el Barcelona una Copa de Europa y cuatro Ligas. Es como si a mí se me ocurriera decirle a Howard Stern, a quien escuchan diariamente veinte millones de personas en Estados Unidos, que él no puede trabajar en la radio española porque yo tengo un sello del Rector de la Complutense, y él no. O como si le impidiera a Bob Woodward y Carl Bernstein trabajar en mi país porque ellos "sólo" destaparon el caso Watergate, mientras que yo tengo un carnet de la Asociación de la Prensa Deportiva de Madrid. Alucinante.
Ahora le está ocurriendo lo mismo a Luiz Pereira. Ojalá los periodistas fuéramos tan corporativos como los entrenadores de fútbol, porque así nos luciría el pelo de otra forma. En la Federación le dicen a Pereira que "quien tiene pase, pasa, y quien no tiene pase, no pasa". ¿Cabrá semejante desfachatez? El pecado de Luiz es que no tiene la licencia (¿de qué? ¿para qué?) homologada (¡Ohhhhhh!); que no tiene nacionalidad española (otro ¡Ohhhhhh!); y que no ha sido tres años entrenador (un ¡Ohhhhhh! más fuerte si cabe). El "homologador enmascarado" de Alberto Bosch debiera saber que, entre otras muchísimas cosas, Pereira fue campeón de Liga con el Atlético de Madrid en 1977. ¿Que no tiene licencia? Pues que le den un "Mortadelo" y le dejen en paz.
Con los futbolistas no hay tantos problemas. Entran y salen. Salen y vuelven a entrar. Los carnetes se fabrican a la velocidad de la luz, y vuelan los permisos de trabajo. ¡Una de brasileño con ascendencia italiana!... ¡Marchando!... ¡Una de "argentino a la portuguesa"!... ¡Oído cocina! Y mientras tanto, Pereira esperando. ¿Será que Rafael Juanes sabe más que él? Seguro que sí, porque está homologado. Y tiene carnet, oiga.
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