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¿Qué tipo de pasión arrastrará a un hombre hasta el pie de una montaña?... ¿Qué veneno desconocido le llevará a retarla, a desfigurarla con el piolet? Una vez le preguntaron eso mismo a sir Edmund Hillary: "¿Por qué quiere usted escalar el Everest?", a lo que éste simplemente respondió: "Porque está ahí". Porque el Mont Blanc, el K-2 y tantos otros colosos están ahí es por lo que un grupo de elegidos quieren aceptar su reto, el guiño escondido que –como el canto de las sirenas-- no todos podemos distinguir. Porque están ahí desde hace mucho tiempo, y porque seguirán estándolo cuando todos hallamos desaparecido, es por lo que el hombre quiere demostrarse a sí mismo que puede vencer con las manos desnudas y con un organismo frágil, a cualquier coloso de la tierra.

Esa pasión desenfrenada por las alturas origina también catástrofes como las recientes de los Pirineos o el Ripollés. Muertos subiendo, soñando, luchando; desaparecidos por congelación y supervivientes de milagro que le dejan a uno atónito, con los ojos como platos. El otro día escuché a Josep María Vilá hablando de su accidente, sereno, aparentemente tranquilo y sosegado tras haber perdido en el transcurso del combate a su novia, a sus amigos, a sus hermanos.

El próximo domingo, "La 2" emitirá un programa especial sobre la escalada del equipo de Televisión Española al Everest. Será histórico porque reconstruirá además las huellas de las primeras expediciones británicas. El equipo de "Al filo de lo imposible" volverá a ponernos la carne de gallina, y a guiarnos por el sendero del apasionamiento humano, de la obsesión que le conduce a descubrir la penicilina, a volar sin alas o luchar contra lo desconocido.

En España tenemos un caso claro de esto que digo: César Pérez de Tudela. Destila pasión por los cuatro costados, se juega la vida a todo o nada. Simplemente porque las montañas siguen estando ahí, impertérritas, como si no sucediera nada.

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