LD (EFE)
María Shkólnikova, jefa de Cardiología del ministerio ruso de Sanidad, fue durante largas horas del secuestro en el teatro Dubrovka de Moscú el interlocutor más seguro entre espectadores, terroristas y medios de comunicación. "Nadie llora, aunque estamos todos agotados de cansancio", dijo María en un momento de tensión a la emisora de radio
Eco de Moscú
, su receptor en el exterior en estas horas de angustia.
Desde que un comando suicida checheno asaltara ese teatro de Moscú, los rehenes han ido agotando las baterías de sus teléfonos celulares para contar en directo a radios y televisiones sus temores y esperanzas dentro de la trampa en que se convirtió el teatro Dubrovka, minado por los "kamikazes" chechenos. Una empleada dijo que cuando los terroristas entraron disparando y vieron las caras de horror del público, uno de los pistoleros gritó: "¿Qué pasa, acaso no entendéis de qué va la cosa?" Los espectadores, entre quinientas y mil personas, habían llegado al Dubrovka para disfrutar de una función de "Nord-Ost", el popular musical ruso al estilo de Broadway, basado en la novela "Dos capitanes" del escritor soviético Veniamin Kaverin. Pero apenas empezado el segundo acto, se vieron presa de una pesadilla terrorista y de la incertidumbre, con el doble temor a sus secuestradores y a las fuerzas del orden, preparadas para lanzar un asalto en cualquier momento.
Tatiana Sólnishkina, una de los rehenes, en conexión en directo con la cadena NTV , pidió sollozando que no se llevara a cabo el asalto policial y que se cumpliera la demanda terrorista de poner fin a la guerra de Chechenia para no provocar "un baño de sangre". "Aquí hay mucha gente, si hay un asalto moriremos todos", imploró. Los terroristas, interesados en atraer la atención, sembrar el pánico y aumentar la presión humana sobre el Kremlin para evitar un ataque, no pusieron en un principio ningún impedimento a que los rehenes hablaran con sus familiares y la prensa.
Clavados en sus butacas en una sala repleta de explosivos y bidones con gasolina, con sus columnas, asientos y paredes minados, los espectadores fueron pasando de mano en mano los teléfonos celulares para que cada uno pudiera dar su testimonio. Según los testigos, los guerrilleros se acercaban de vez en cuando para escuchar sus conversaciones, pero no intervenían ni hacían comentarios al respecto seguros de la fuerza propagandística de su gesto.
Varias cadenas de radio y televisión alteraron por completo su programación habitual con cancelación de la publicidad y de los espacios de entretenimiento, para informar del desarrollo de los acontecimientos y dar la palabra a los rehenes. A medida que pasaban las horas y ante el temor del asalto policial, los rehenes asustados dentro del teatro minado y sus parientes histéricos por las calles vecinas parecían compenetrarse con los terroristas chechenos y apoyar sus demandas. "!Queremos la paz!", coreaba en la avenida cercana un grupo de familiares, mientras una anciana imploraba ante las cámaras de televisión por un trato y por la vida de sus allegados.
Desde que un comando suicida checheno asaltara ese teatro de Moscú, los rehenes han ido agotando las baterías de sus teléfonos celulares para contar en directo a radios y televisiones sus temores y esperanzas dentro de la trampa en que se convirtió el teatro Dubrovka, minado por los "kamikazes" chechenos. Una empleada dijo que cuando los terroristas entraron disparando y vieron las caras de horror del público, uno de los pistoleros gritó: "¿Qué pasa, acaso no entendéis de qué va la cosa?" Los espectadores, entre quinientas y mil personas, habían llegado al Dubrovka para disfrutar de una función de "Nord-Ost", el popular musical ruso al estilo de Broadway, basado en la novela "Dos capitanes" del escritor soviético Veniamin Kaverin. Pero apenas empezado el segundo acto, se vieron presa de una pesadilla terrorista y de la incertidumbre, con el doble temor a sus secuestradores y a las fuerzas del orden, preparadas para lanzar un asalto en cualquier momento.
Tatiana Sólnishkina, una de los rehenes, en conexión en directo con la cadena NTV , pidió sollozando que no se llevara a cabo el asalto policial y que se cumpliera la demanda terrorista de poner fin a la guerra de Chechenia para no provocar "un baño de sangre". "Aquí hay mucha gente, si hay un asalto moriremos todos", imploró. Los terroristas, interesados en atraer la atención, sembrar el pánico y aumentar la presión humana sobre el Kremlin para evitar un ataque, no pusieron en un principio ningún impedimento a que los rehenes hablaran con sus familiares y la prensa.
Clavados en sus butacas en una sala repleta de explosivos y bidones con gasolina, con sus columnas, asientos y paredes minados, los espectadores fueron pasando de mano en mano los teléfonos celulares para que cada uno pudiera dar su testimonio. Según los testigos, los guerrilleros se acercaban de vez en cuando para escuchar sus conversaciones, pero no intervenían ni hacían comentarios al respecto seguros de la fuerza propagandística de su gesto.
Varias cadenas de radio y televisión alteraron por completo su programación habitual con cancelación de la publicidad y de los espacios de entretenimiento, para informar del desarrollo de los acontecimientos y dar la palabra a los rehenes. A medida que pasaban las horas y ante el temor del asalto policial, los rehenes asustados dentro del teatro minado y sus parientes histéricos por las calles vecinas parecían compenetrarse con los terroristas chechenos y apoyar sus demandas. "!Queremos la paz!", coreaba en la avenida cercana un grupo de familiares, mientras una anciana imploraba ante las cámaras de televisión por un trato y por la vida de sus allegados.
