
L D (Juanma González) Existe cierta corriente mayoritaria dentro de la actual comedia gamberra norteamericana que excusa sus impertinencias en la eterna juventud de sus protagonistas masculinos, y su oposición a la creciente exigencia de compromiso de sus compañeras. Te quiero tío, junto con la reivindicable Paso de ti (escrita y protagonizada por Jason Segel, presente en ésta), pertenece a esa categoría. Y como aquella y tantas otras, nunca se molesta en disimular formalidades, dejando que su trasfondo, que lo tiene, se filtre a través de las barbaridades verbales de su guión.
Peter Klaven es un sensato treintañero que se promete con la bella Zooey, poco menos que la mujer perfecta. El problema es que cuando queda poco tiempo para la boda, Peter se da cuenta de que siempre ha sido de novias, y nunca ha tenido un amigo con el que poder compartir juergas y conversaciones. Con la ayuda de la propia Zooey encuentra a Sydney, verdadera encarnación del adolescente adulto, con el que Peter hará buenas migas de forma tardía.
Para entender la coyuntura de Te quiero, tío es necesario referirse a Judd Apatow, hábil guionista, productor y director con gran facilidad para crear personajes simpáticos y situaciones verosímiles en un contexto gamberro, y que está vinculado a la práctica totalidad de los exitos –y fracasos- de la comedia norteamericana del último lustro. Apatow no ha tenido, sin embargo, nada que ver con Te quiero, tío. Pero ésta parece haber sido confeccionada según su libro de estilo: no sólo utiliza algunos de sus actores habituales, sino que el conjunto del film encuentra, al igual que las de aquel, su sólido mecanismo básico contrastando el comportamiento de su dos protagonistas –un treintañero formal y otro que no-, retratando su progresivo acercamiento, y analizando de la retardada madurez –o infantilizada vida adulta- de la que bebe la especie masculina contemporánea.
En este sentido, el film destaca por un dúo de actores que puede presumir de química y de talento para la comedia. Paul Rudd (Mal ejemplo) no necesita de nada más que su simpática presencia para dibujar a su formal Peter. Pero la revelación de la cinta es Jason Segel, que crea a su bohemio Sidney con entusiasmo, sabedor de que bajo su macarra arquetipo yace un alma sensible. Y esa es precisamente la virtud de Te quiero, tío: pese a que maquilla la angustia y la ternura con necedades, el espectador percibe perfectamente que esta viendo una comedia de altura, no un diamante sin pulir, pero casi.
El film funciona de forma innegable durante la gran mayoría de su metraje, y a John Hamburg, director y guionista, sólo se le va el fuelle en algún momento previo al convencional desenlace, cuando pierde momentáneamente el hilo de la historia y se apresura a cerrar el arco recurriendo al esquema y el tiralíneas. Pero para el recuerdo quedan las bromas con las esperadas implicaciones homoeróticas -sin pasarse de la raya-, los momentos frikis y no pocos gags y diálogos memorables.