Orange is the new black tiene dos de las cosas que más detesto en una serie: una protagonista insoportable y medianas grandes dosis de azúcar. Pero como me encanta ser bipolar (qué va) y contradecirme cada tres minutos, digo abiertamente que estoy en pleno éxtasis y que ya es mi serie del verano. Un soplo de aire fresco y todo eso.
Para aquellos que habéis oído hablar de Orange como la “versión femenina” de OZ, olvidaos: Esto no es un dramón carcelario como fue esa locura maravillosa y excesiva de HBO. Estamos hablando de una serie-para-el-verano con todas las de la ley. Que bastante asfixia es ya este calor y Walter White. Pasen y lean, es territorio libre de espoilers.
La cosa va de Piper Chapman (Taylor Schilling ), la típica rubita de sonrisita ratonil que podría haber protagonizado cualquier anuncio de Special K. Comida macrobiótica, matrimonio en camino, negocio en ciernes y fascinación por Barney’s. Todo muy pulcro, hasta que le toca entrar en la cárcel. Y es que la dama también tiene a sus espaldas una juventud alocada en la que fue lesbiana y ayudante de narcotraficante, más o menos. Lo típico. Todo habría quedado en una aventurilla que contarle al psicoanalista a los 40, pero la pillan. Y la pillan 10 años después, cuando ya ha vuelto a redil y se ha convertido en la rubita inofensiva que vende jabones perfumados y se va a casar con el periodista/escritor frustrado que florece en las calles de Nueva York. (Ojo, que es Jason Biggs, de American Pie). Así que le toca decir un “espérame-aquí-cariño” y plantarse en prisión, sin iPhone, Mad Men ni 50 sombras de Grey.
“Esto no es Oz”, le advierten al llegar. Ni la serie, ni el maravilloso mundo donde reina el falso mago. Pipper no llega a un penal oscuro y bárbaro, de marimachos con camisas de cuadros que fuman sin parar y se cosen a navajazos en las duchas. Orange is the new black es el microcosmos cotidiano de un grupo de mujeres a las que acabaron en la cárcel por sus malas decisiones, y no por la marginalidad, la sociedad, o la familia en la que nacieron. No hay autocomplacencia que valga.
Ellas son lo mejor de la serie y sus historias el auténtico motor. La adaptación de una pija a un universo donde hay que cagar con la puerta abierta y limpiar el suelo con compresas es interesante y cómico, pero lo que engancha es el relato de esos fantásticos personajes, lo que hicieron para llegar hasta allí y cómo sobreviven entre extrañas.
La rusa cocinera (mi preferida), el exbombero transexual o la madre latina con decenas de hijos. Uno no puede dejar de saborear el delirio de sus historias pasadas, sintiendo lo que las ocurre como algo muy real. Porque por locas que nos parezcan sus cuitas, muchas lo son. La serie está basada en la historia de Piper Kerman, que narró en este libro cómo fue pasar 15 meses en la cárcel, sobreviviendo al día a día en un universo que se parece más a los esquemas de un instituto que de una selva. Pero aquí al final del día no puedes volver a casa y encerrarte en tu habitación a llorar; aquí toca compartir catre con una mujer con cáncer, una lesbiana acosadora o una mujer con respiración artificial. Este pequeño mundo está dividido por razas (“no es racista, es racial”, le dicen), es cruel y las presas montan gallineros histéricos a la mínima de cambio. Lo único imperdonable es la debilidad… o eso parece.
Otra de las grandes virtudes de la serie de es no tener complejos a la hora de zambullirse en el drama, la comedia, la tragedia y también la cursilada. A ratos culebrón sentimental y a ratos parodia negra de la sociedad, pero siempre sin disculparse y añadiendo los ingredientes con vaso medidor. ¿Queréis adjetivos? Corrosiva, tierna, ñoña, graciosa, tragicómica y dramática. Hay de todo.
Pero hay algo aún mejor. La serie, creada por Jenji Kohan (Weeds) genera muy buen rollo. Y a veces, eso es lo mejor que se puede decir.