Esta vez, Mr. Gago y el lerenda nos decantamos por el Diccionario de los colores de Pastoreau y los Ojos azules de Pérez-Reverte; por Hacia el amanecer, de David Greenberg, y La playa de los ahogados, de Domingo Villar. A los leones les hemos servido De Aznar a ZP, el libro del ex ministro pintamonas de la risa boba que va de fracaso en fracaso hasta la irrelevancia final, y en "Se Lee Cada Cosa" nos hemos hecho eco de una enciclopedia virtual neonazi que deberían consultar los progres de bien, que alguno habrá. ¿Que hay comparaciones odiosas? Y semejanzas, y semejanzas.
En "De Cabecera" ––sección que nunca citamos en estos resúmenes, como alguno de vosotros ha hecho bien en afearnos––, Pepe García Domínguez nos ha recetado las Luces de bohemia de don Ramón del Valle Inclán, y en "La Entrevista" hemos contado con Xavier Pericay, sabio tímido y cordial. Pero nos ha sabido a poco. A él, qué bueno, también.
¿Te tomaste una tila esta vez? Lo más fuerte que has dicho ha sido "pájaro", y sin alterarte...
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¡Ah, no, Algoritm! Los libros, si se quiere, se subrayan. Hasta con rotuladores fosforescentes, como hace el tito Víctor, cuya sensibilidad ensalzas.
¡Y claro que nos pertenecen, caro ––¿o impagable?–– amigo! Nosotros los hemos comprado, pedido, robado (mi Diplomacia de Kissinger, sin ir más lejos y cuando era mozo. ¿Qué pintaba en esa balda baja, cachivachizado, del Simago de mi barrio?). Anotado y ¡subrayado!
Siempre escribo en mis libros. Cuando los releo, la mayor parte de las veces no me explico por qué pensé que merecía la pena subrayar determinado pasaje, o cuál era mi propósito con determinada observación. Ayer me encontré con un ejemplar de René Leys, de Victor Segalen, fechado de mi mano en "Trieste, 1978". No recuerdo haber estado nunca en Trieste
Alberto Manguel, Diario de lecturas, Alianza, 2007, p. 90.
Otra cosa son, sí, los libros de biblioteca. Ni se pintan ni se amputan ni se roban. Y al que le pillen, que le corten la mano, como hacen nuestros aliados los muslimes por un quítame allá esas naranjas del zoco.
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Lecturas: El asalto a la justicia del juez Requero y la estupefaciente Historia de las mujeres filósofas de Gilles Ménage.
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Post scriptum. Correspondencias
Andrés García-Carro:
Carlos Semprún no era un "écrivain espagnol et français" (como dice el cartel de la invitación a su homenaje parisino). Era un "écrivain espagnol tout court", aunque escribiera en francés buena parte de su obra. He querido escibirlo así en vuestro blog, pero por mi escasa pericia informática no he podido hacerlo. Os agradecería, Víctor y Mario, incluyeseis este comentario. Un abrazo.