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Cincuentenario de Picasso. In memoriam de Delfín Rodríguez Ruíz

Picasso estaba llamado a ser el más grande clásico de nuestra época. Pero al inyectar en su obra algo ajeno a la pintura, al arte, entró en la deriva de la modernidad.

Picasso estaba llamado a ser el más grande clásico de nuestra época.  Pero al inyectar en su obra algo ajeno a la pintura, al arte, entró en la deriva de la modernidad.
David Alonso Rincón

Quizá la verdad se alcance a través de un pensamiento sistemático y ordenado. Quizá existan todavía filósofos, como Aristóteles, Tomás de Aquino y Hegel, obstinados en lograr la verdad merced a un sistema de razonamientos y argumentos perfectamente estructurados. Quizá haya mil caminos geométricos para llegar a la verdad. Mas lo cierto es que la verdad se nos aparece de repente en cuadros luminosos, íntegros e indivisibles. ¡Verdad en el caos! La vía de la perplejidad domina el horizonte del pensamiento y del arte. Ahí hallaremos, cuando menos lo sospechemos, la verdad genuina; aunque tampoco es menos cierto que el pensador, el artista y el científico, si y solo si son fieles a sus vocaciones respectivas, jamás se satisfacen con esa luz deslumbrante de una verdad. Su deseo de veracidad es más grande que cualquier verdad a la mano. O sea a la vista. La insatisfacción les mueve a buscar otro aspecto de la verdad.

No fue el caso de Pablo Ruíz Picasso, quien a partir de su entrega a algo que no era su vocación, pintar por pintar, traicionó la pintura. Abandonó por completo su razón de ser. Estaba destinado a ser un artista único. Singular. Tres obras suyas hubieran bastado para situarlo en lo más alto, pero ahora es necesario esforzarse para recordar títulos, nombres de cuadros y más cuadros, acciones del personaje ajenas a la pintura, etcétera, etcétera, que alguna vez consiguen ocultar la obviedad: el extraño esperpento que nadie se priva de citar. ¡Un horror!

Si la traición es la acción humana, por decirlo con Maquiavelo, que no tiene justificación, la traición a sí mismo sienta las bases de la perdición de una vida y del fracaso de una obra. Picasso estaba llamado a ser el más grande clásico de nuestra época. Uno de los primeros en el Olimpo de la pintura de todos los tiempos. Pero al inyectar en su obra algo ajeno a la pintura, al arte, entró en la deriva de la modernidad: sustituyó la realidad, la vida, por la utopía. La peor de todas, sí, cayó en lo que criticaba. Como dijera el teórico del arte más grande que ha dado España en el siglo veinte, Eugenio d´Ors, "ha promiscuado. Ha servido a otros señores. El abismo llama al abismo. ¡Adiós el Rafael retardado, que en la figura de Pablo Picasso potencialmente se contenía!".

La atrocidad pintada, que hasta el más imbécil cita para darse pisto intelectual, no es lo peor. Lo terriblemente atroz es la propaganda sobre ese cuadro, mandado pintar en 1937 por Negrín, naturalmente bajo previo pago de 50.000 Frs. como anticipo de su coste final, que será utilizada, una vez más, con delectación y saña por el Gobierno de Sánchez en un año electoral decisivo para el fin o la resurrección de la nación española. A eso, por desgracia, quedará reducido el cincuentenario de la muerte de Pablo Ruíz Picasso. La propaganda matará a la pintura. Al arte. Nadie en este asunto es inocente empezando por el artista, quien ensoberbecido por su repercusión mediática prefirió ser antes objeto consumado de la historia del arte que sujeto de una genuina teoría del arte. Estrechó su holgado porvenir artístico entregándose a una causa que no era la de su pintura.

D´Ors dijo la verdad, como vio con nitidez mi llorado Delfín.

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