
Hace alrededor de tres semanas que Al Pacino fue destinatario de una carta-bomba, explosivo casero que no llegó siquiera a su poder, no siendo el único al que un descerebrado seguidor de Donald Trump quiso atentar a su vida, para atacarlo por sus declaraciones contra el presidente de los Estados Unidos. La oficina del actor italo-norteamericano ni siquiera quiso pronunciarse sobre el envío de esa bomba de fabricación casera.
Al Pacino tiene además una vivienda protegida, con suficiente vigilancia para evitar que delincuentes, intrusos o admiradores puedan perturbar su intimidad. No es hombre fácil para la prensa, que esquiva regularmente, sometiéndose muy de tarde en tarde a alguna rueda de prensa por imperativos de la promoción de algunas de sus películas. Todo ello nos lleva a que continúa siendo un tipo independiente, ajeno a muchas convenciones profesionales y sociales, pues tampoco lo vemos fotografiado en ninguna fiesta, ni siquiera muchas veces la de los Óscar. Le va bien así, no le falta trabajo, continúa siendo alabado por su talento interpretativo y no precisa de propaganda alguna a su alrededor. Ni que decir que es sumamente celoso de su vida privada, siendo un seductor nato que cambia de pareja con alguna frecuencia, sin ataduras con ninguna de las mujeres que ocupan su lecho. No se ha casado ni piensa hacerlo.
¿De dónde le viene ese carácter huidizo, algo rebelde y diferente al de otros galanes? Probablemente de su infancia, de su difícil adolescencia en un medio hostil. Procede de una familia humilde, de emigrantes italianos que arribaron a Nueva York en busca de una vida mejor. Sus padres se separaron teniendo Alfredo, que es el nombre del actor aunque lo haya reducido a la primera sílaba, apenas dos añitos. Lo educaron y criaron unos abuelos, aunque lo primero es un decir, pues el crío se pasaba muchas horas jugando en las peligrosas calles de Harlem. Se ganaba el sustento como podía, repartiendo cartas, sirviendo de ayudante de camarero en un restaurante, al frente de una portería, luego empleado en una oficina postal… ¡La de noches que maldormía acurrucado en un banco callejero o en el primer portal que divisaba!
Dándole vueltas a su mente dio en soñar con el teatro y el cine como un medio mejor para subsistir, siquiera aspirando a ser un simple comparsa. Y entró a formar parte de una compañía de aficionados que representaba obras en el barrio bohemio, Greenwich Village. Su porvenir fue encauzándose por ese camino y unió sus esperanzas para salir de la pobreza a las de otro joven en su misma situación, el hijo de un emigrante gallego que adoptó el nombre de Martin Sheen. Con el tiempo, Al Pacino aventajaría a éste en sus propósitos de alcanzar el estrellato cinematográfico.
Pero los escalones para alcanzar esa celebridad eran muchos. Y elevados. Acudía a los castings y era rechazado una y otra vez. Sólo halló a un director que confiaría en él: Francis Ford Coppola. Y desde luego Scosese, que lo tendría como "actor fetiche" de algunas de sus mejores películas. Al Pacino se consagraría entre otros largometrajes con algunos que citamos, de una lista más amplia: Serpico, Tarde de perros, Scarface y, sobre todo El Padrino, que es donde encontró el trampolín perfecto para ser conocido en todo el orbe cinematográfico.
Allí, en el rodaje de esa saga de mafioso argumento, con tres entregas de las que la crítica siempre ha destacado las dos primeras y mucho más la segunda, Al Pacino simpatizó con Diane Keaton, convirtiéndola fuera del estudio en su compañera sentimental. Pero sin mayores compromisos que compartir cama y confidencias. Actitud que Al Pacino mantuvo con una larga lista de amantes, entre las cuáles recordamos a Martha Keller, Kaathleen Quinlan y muchas más, la mayoría del ambiente artístico, nada conocidas por estos pagos. Eso sí: hay dos que aunque no relevantes, merecen aquí una cita. Me estoy refiriendo a la actriz Jan Tarrant, con quien tuvo relación el año 1988, de la que vino al mundo Julie Marie. Otros dos hijos tendría Al Pacino con la profesora de teatro Beverly D´Angelo, de los que no quiso saber nada después. Ha sido un mal padre desde luego, pues nunca se ocupó de esos tres vástagos, enfrascado en su trabajo y en sus nuevas aventuras amorosas.
Entre 2009 y parte de este 2018 vivió la que tal vez ha sido su más prolongada relación: con la argentina Lucila Solá, actriz más conocida por el sobrenombre de Lucila Polak. Pasó Al Pacino algunas temporadas en Buenos Aires aunque no puede asegurarse que su convivencia con ella fuese muy regular. Viajaba a la capital bonaerense, regresaba a Nueva York o a Los Ángeles, y ella lo esperaba. Madre de una hija de una anterior relación, Camila Morrone, que es la enamorada actual de Leonardo di Caprio. Y en su línea de vivir su vida sin ataduras con ninguna mujer, Al Pacino sostuvo aquel romance con la citada argentina hasta que encontró recientemente a otra actriz de origen israelí, Meital Dohan, de veintinueve años, veintinueve menos que él. También es cantante. En la televisión se la recuerda como una de las protagonistas de la serie Weeds.
La última película que ha rodado Al Pacino se titula Paterno, aunque antes creo que se barajó otro título. Comparte el reparto con Di Caprio y trata, al ser un "biopic", de la vida de un conocido astro del fútbol americano, que ofició de entrenador pero despedido al final de una brillante carrera deportiva, acusado de pedofilia. En otra ocasión Al Pacino también rodó otro filme de tema deportivo, Un domingo cualquiera.
Faceta menos conocida del actor es la de presentarse en un teatro para contar pormenores de su vida artística, lo que hizo en cierta ocasión en Buenos Aires y repitió dos noches en París al principio de este año. Donde reveló, por ejemplo, que le propusieron ser protagonista de Star Wars, rechazando el guión que le pasaron por encontrarlo incomprensible. Ocasión que aprovecharía Harrison Ford para convertirse en héroe de las varias entregas de La guerra de las galaxias. Revelaría Al Pacino que estaba muy ilusionado con ser Napoleón en la pantalla, personaje ya bastantes veces aparecido en el cine, y desengañado después al enterarse de que el director que le habló del proyecto, Patrice Chéreau, había fallecido repentinamente.