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Pobre Aído. Para una declaración sensata que despacha, se ha visto obligada a desdecirse. Y es que la ministra de Igual Da, cuando apuntó al velo que el Islam impone a las mujeres como una muestra de desigualdad, no se percataba de que cometía un pecado de incorrección política. No había colegido doña Bibiana que este Gobierno laicista, del cual es miembra por la gracia de los hombres, tiene un cuidado exquisito para no herir la sensibilidad de una comunidad de creyentes. De una sola: la musulmana. Y que cuanto más integrista sea, con tanto más cariño ha de tratarla. Ya no se le olvidará, supongo, esta regla de asimetría.
El ministro de Justicia, como De la Vega, lo ha tenido, sin embargo, siempre claro. Hay que dar leña a los católicos y a sus símbolos, pero profesar un profundísimo respeto por los islamistas, sus mujeres sometidas y sus restantes costumbres. Guiado por ese principio rector del laicismo sociata, Bermejo ha comparado el burka y las tocas de las monjas para ejemplificar que no hay problema, pues España, dice, tiene una “larga tradición” de velos. Y si no, que se lo digan a él y a su Gobierno, que a diario demuestran su expertise en velar, oscurecer, encubrir, esconder y embozar cuanto haga falta.
Oculta la realidad Bermejo al equiparar el velo que simboliza el sometimiento de la mujer al varón, con prendas que indican una condición religiosa que no hace de las mujeres ciudadanas de segunda. Bastaría recordar los castigos que sufren las que infringen las normas aberrantes de la sharia para captar las diferencias. El velo islámico no es únicamente signo de la religión de quienes lo portan, sino de un sistema que suprime o reduce sus derechos. Pero al ministro de Justicia poco han de importarle aquellos.
Para los que se han hecho multicultis en dos tardes, el velo islámico es una “práctica cultural”. Una “seña de identidad cultural”, que dice ahora Aído, de la que las mujeres son guardianas. Tanto si les gusta como si no. Y ahí radica el meollo de la dificultad con que se encuentran a la hora de posicionarse ante aquellas “señas” que vulneran los derechos humanos. Han dicho que todas las culturas son igualmente legítimas y que todo es cultural. Han negado la existencia de valores universales y subordinan la igualdad y la libertad a identidades culturales, naturalmente colectivas. El individuo y la individua no existen. Se subsumen en tradiciones que han de respetar y de ser respetadas. Es así como lo “progre” se ha juntado finalmente con lo “carca”.
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