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Pude escuchar el otro día cómo se recolcaban en autocompasión un par de políticos quejándose de lo mala que es su vida al sintonizar la WRKO. Participaban en el programa de debate en horario de máxima audiencia radiofónica (en el cual he participado ocasionalmente) dos conocidos integrantes del poder legislativo de Massachusetts, el ex presidente de la Cámara Tom Finneran y la ex representante Marjorie Clapprood, y el tema de la mañana era lo injustamente que se trata a los políticos.
Lo que había provocado su indignación era una columna del Boston Globe en la que mi colega Scot Lehigh le pedía al actual presidente de la Cámara de Massachusetts, Sal DiMasi, que se mostrara más transparente en lo que se refiere a las relaciones entre su familia, sus amigos, sus intereses comerciales y las leyes pendientes de aprobación. (Relaciones, por poner un solo ejemplo, como las que vinculan a Richard Vitale, el amigo de DiMasi que prestó al presidente 250.000 dólares, y el grupo de revendedores que pagó 60.000 a Vitale bajo cuerda para presionar a favor de la derogación de las restricciones a la reventa.)
Finneran y Clapprood se detuvieron brevemente en los quebraderos de cabeza de DiMasi, pero de lo que realmente querían hablar era de por qué –oh, Dios mío– la gente siempre piensa lo peor de los políticos.
“La gente asume automáticamente: ah, política, el Parlamento del Estado, allí todos son manipuladores, todo el mundo está bajo cuerda," se lamentaba Finneran. La opinión pública y los medios, lloraban ambos al unísimo, están demasiado obsesionados con dar a conocer los conflictos de intereses. "Estamos criminalizando virtualmente las relaciones amistosas", gemían.
¿Legislaciones redactadas de cara a beneficiar a los aliados de un influyente legislador? Imposible, resoplaban. “No se puede aprobar –ni siquiera contemplaríamos aprobar nunca– una ley que dijera: 'Oye, Joe Blow es amigo mío y voy a redactar una propuesta de ley que haga que sus terrenos tripliquen su valor' – insistía Finneran –. ¡Venga ya!”
Claro, claro, claro. Entonces, ¿de dónde sacarían la idea los votantes que los políticos maquinan acuerdos lucrativos para favoracer a su círculo íntimo o que anteponen sus intereses personales al interés público? ¿Sólo porque los nombramientos parecen recaer de manera rutinaria sobre colegas políticos sin experiencia relevante? ¿Sólo porque los distritos legislativos están repartidos de manera tan ventajosa para un partido que virtualmente ningún titular de un cargo público se enfrenta nunca a ningún cuestionamiento serio? ¿Sólo porque al parlamento no se le ocurre otra cosa que tumbar un recorte fiscal aprobado de forma aplastante por los votantes? ¿Por qué iría alguien a dudar de la integridad de un político de Massachusetts?
Un oyente intentó inyectar una dosis de realismo. Mire, decía, ser elegido para ocupar un cargo público es un privilegio. Los legisladores no deben abusar de ese privilegio obteniendo de manera engañosa un puesto lucrativo para su cónyuge, ni arreglarlo para que Pike contrate a su primo incompetente. Esa es la clase de cosas que la mayoría de los votantes no puede soportar.
Pero Finneran/Clapprood permanecieron impertérritos. Los políticos con un cargo público viven “en la más absoluta falta de privacidad,” dijo Finneran. "Si intentas ahcer cosas raras puedes estar seguro de que habrá una docena de personas mirando todo lo que haces."
El problema no es que los legisladores abusen de la confianza de los votantes, añadió Clapprood. Es que los votantes no aprecian la santidad de sus legisladores. Cuando era representante del estado, recordaba pesarosa, nadie llamaba nunca para decir “me encanta todo lo que haces –mis impuestos están bien, me encanta la escuela local, usted arregla los baches y los puentes– usted es buena.” ¿Y por qué la ausencia de gratitud? Porque “los medios alimentan esa sensación que disuade a la gente de presentarse y de votar.”
Otro oyente preguntó, con mucha lógica, por qué los políticos siguen presentándose a la reelección si encuentran las restricciones éticas tan agobiantes e injustas. Recordó que los contrincantes serios raramente lo intentan porque las reglas están manipuladas para hacer las elecciones genuinamente competitivas casi imposibles.
“Tesoro, se está usted tragando lo que le venden los cínicos – le contestó Clapprood con desprecio –, se lo traga de principio a fin.” Cuando cometió la temeridad de defender su postura, Finneran y ella se le echaron encima. “¿Sabe usted quién es su representante?”, exigieron saber. “¡Ni siquiera sabe quién es su representante!"
Puede que no. Pero más desconcertante es lo que Finneran y Clapprood y tanto de la clase política parecen desconocer, que la sana desconfianza hacia el Gobierno es un valor americano central, que se debe directamente a los Fundadores. “El Gobierno no es razón; no es elocuencia. Es coacción" – advirtió George Washington –. Al igual que el fuego, es un criado peligroso y un amo a temer.” Pero Finneran sostiene que los políticos no son sino el secreto de las bendiciones del país, nada menos. “Los Estados Unidos son el mejor país del mundo” porque “la gente buena y trabajadora entra en el ámbito público” y “hace lo correcto por su comunidad”.
Bueno, aprecio ciertamente a los servidores públicos concienzudos, pero no estoy ciego a la otra clase. La mayoría de los votantes tampoco. El poder tiende a corromper, y tener presente esa realidad no es cinismo sino sentido común. O quizá no tan común. ¿Qué más puede significar, después de todo, que figuras públicas tan sofisticadas como Finneran y Clapprood se nieguen a ver algo de lo que las pruebas son tan tristemente abundantes?
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