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Pocas cosas hay tan seguras como las crecidas de ciertos ríos. El Ebro es uno de ellos. Las copiosas y regulares lluvias de la cordillera Cantábrica en su fuente, sumadas al deshielo primaveral de los valles pirenaicos resultan, inevitablemente, en que, con periodicidad más o menos fija, el Ebro se desborda. A pesar de que se ha tratado de contener los ímpetus estacionales del gigante mediante embalses a lo largo de todo su curso, la cantidad de agua que, en algunos momentos, lleva el mayor río de España es tal que su lecho es insuficiente para albergarla. Esto se sabe desde antiguo. Razón por la cual el río Ebro cuenta con grandes infraestructuras hídricas desde hace siglos que dan de beber y de regar con holgura a seis comunidades autónomas.
Cuando hace años se concibió el Plan Hidrológico Nacional se tuvieron en cuenta estas crecidas de temporada. Aprovechar los máximos primaverales y otoñales fue el primero de los objetivos del Plan. Reconducir un agua sobrante, sin comprometer en modo alguno el equilibrio ecológico de sus riberas o del delta, a zonas donde esa agua es muy necesaria y, por razones climáticas, escasa y difícil de obtener. La cuenca hidrográfica del Ebro se encuentra, tras las precipitaciones de los últimos días, en casi el 80% de su capacidad, muy por encima de otras cuencas atlánticas como la del Tajo, que está al 56%, o la del Duero, que acaba de superar el 70%. Mientras, otras cuencas del sudeste, como la del Segura, languidecen al 20% de su capacidad total a las puertas del verano. En hectómetros cúbicos contantes y sonantes, el Ebro y sus afluentes albergan hoy –con 5.841 Hm3 en sus embalses– la segunda mayor reserva de agua dulce de España.
Las obras del Plan Hidrológico venían a equilibrar el balance entre una cuenca habituada al superávit con otras condenadas al perenne déficit hídrico; en definitiva, a enmendar mediante la acción humana lo que la naturaleza nos ha negado. No se hizo, sin embargo, más que demagogia cuyos frutos estamos recogiendo ahora. Y no sólo por esa parte del PHN que sí se está ejecutando bajo el eufemístico "aporte puntual de agua" a Barcelona, sino por todo lo que se ha dejado de hacer en Valencia y Murcia. Defendimos en su momento el trasvase (con ese nombre) a la Ciudad Condal y lo seguimos defendiendo ahora, pues una infraestructura de ese calibre siempre es bienvenida. Aunque, indudablemente, lo es mucho más en la Región de Murcia que en Cataluña. Las obras en marcha, obras que el Gobierno ha procurado que pasasen inadvertidas a la opinión pública, deberían continuar aunque este año no se vaya, por fortuna, a hacer uso del acueducto.
Si las dejan a la mitad sería el final perfecto de un esperpento absurdo provocado y alimentado por la inconsciencia e imprevisión del propio Gobierno. Un espectáculo en el que toda excentricidad ha tenido cabida, especialmente las de orden léxico-semántico. Porque si al trasvase les dio por llamarlo "aporte puntual", nada impide que, en su línea, y tal y como sugería un lector de Libertad Digital, rebauticen a las lluvias de mayo y sus líquidos efectos sobre el caudal del Ebro como "desajuste puntual" del curso fluvial, tratando como algo dado e inmutable lo que de ninguna manera lo es. Pero todo es posible y si no, al tiempo.
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