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Pocas cosas eran tan previsibles y estaban tan cantadas como que a Alberto Ruiz-Gallardón le iba a tocar uno de los premios gordos en la lotería del próximo congreso del Partido Popular. La deriva que Mariano Rajoy ha impreso al partido desde la derrota del 9-M no dejaba otra opción. La elección de su nuevo equipo de confianza, su recién estrenado plantel de asesores, la animadversión manifiesta hacia el sector liberal del PP y los planes de refundar la formación dejando de lado ciertos principios hasta ayer irrenunciables no hacían suponer otro desenlace. Gallardón es, por lo tanto, la consecuencia lógica de un planteamiento político nacido horas después de la noche electoral.
Lo curioso quizá haya sido el hecho de que Rajoy ha confirmado su intención de incluir al alcalde de Madrid en la ejecutiva en un foro bastante insospechado: una charla informal con estudiantes universitarios. A pesar de que desde diferentes puntos de su propio partido se le ha pedido insistentemente que ponga sus cartas boca arriba, al presidente del PP le ha bastado que una estudiante anónima le preguntase por sus planes respecto a Gallardón para que éste los revelase con una sonrisa en la boca. ¿Falta de respeto por la gente que forma el partido al que le debe el puesto? Quizá, pero, de cualquier modo, muy en línea con el concepto que, sobre el propio PP, se ha ido formando Rajoy a lo largo de los últimos dos meses.
Para nadie es un secreto que Rajoy está donde está por el dedo que se posó sobre él hace poco más de cuatro años. Nunca ha sido elegido por sus compañeros, y es por ello que en el próximo congreso buscará a toda costa una legitimación que aun no posee de puertas adentro. Pero por más que le pese a él y a los suyos, el Congreso será una continuación del dedo originario, un apaño indigno, un monólogo de Rajoy consigo mismo que terminará en un consenso fingido y forjado con mil artimañas en las sedes que el PP tiene repartidas por toda España. Los compromisarios que acudirán a Valencia serán, en su mayor parte, caseros y oficialistas. La disidencia, por la cuenta que le trae, no tiene cabida.
Este es, en resumidas cuentas, el PP moderno, democrático y que tanto gusta a las dos izquierdas: a la mediática y a la política. Para este viaje el Partido Popular va a rechazar de plano lo que le ha dado sentido durante los últimos cuatro años, avergonzándose de paso de ciertas causas que nadie más que él defendía. Va a ser, en cierto modo, un camino hacia atrás, una renuncia a los principios liberales y reformistas que llevaron a Aznar a la Moncloa. Porque, y de necios sería engañarse, Gallardón no es, como quieren hacernos ver, un político moderado que representa la modernidad, sino todo lo contrario. Proviene de la derecha dura de la antigua Alianza Popular, pasado que con el tiempo ha sabido ir lavando para encarnar hoy día el ala intervencionista y socializante del PP. Amigo de entrometerse en todo, de subir los impuestos y de regar las lealtades con generosas subvenciones. Ahí está su ruinosa gestión al frente del ayuntamiento de Madrid como prueba de ello. Una ruina sabiamente camuflada con obras faraónicas que han convertido a la capital en la ciudad más endeudada de España y varias toneladas diarias de propaganda personal dirigida a adorar al hombre.
Este es el PP que quiere Rajoy. Un partido rendido a la izquierda en lo cultural pero con los peores resabios de la derecha de toda la vida. Un PP servil en lo esencial, avergonzado de sí mismo y perfecto compañero de oposición. De una oposición, eso sí, perpetua.
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