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Al fin, ZP y sus amigos nacionalistas han conseguido que naciera la criatura. Esa oposición por la que suspiraban. Era su anhelo una oposición que no diera la bronca, que no "crispara" y que fuera modosita. Se le permitiría, sí, algún que otro desplante, pero a cuenta de la inflación subyacente, la política exterior y asuntos de esa trascendencia. Pues bien, hela aquí, ya ha aparecido, blanca y radiante, la mano tendida para lo que ustedes quieran, en la primera sesión de control al Gobierno. Una sesión que debería cambiar de nombre desde ahora mismo. Control es término duro, que invita poco al entendimiento. La criatura lo ha percibido así y, además, llevada por los nervios del estreno, en un alarde de sobreactuación, aplaude al presidente.
Alguna vez, se diría que fue ayer, el PP sostenía que la negociación de Zapatero con la banda terrorista había tenido como previsible consecuencia su fortalecimiento. Lógico efecto cuando un Gobierno se muestra dispuesto a trapichear cesiones con un grupo criminal y, además, las hace, aunque no colmaran su apetito en este caso. Pero eso era ayer y hoy no era jornada de "reproches". No era momento de explicar los daños infligidos por el cambalache del ‘proceso’ ni de exigir que se revoque la resolución del "diálogo" ni de hablar de la astilla de ETA clavada en las instituciones. Para el nuevo PP, el día en que la banda asesinaba de nuevo no era para tenerlas tiesas con el Gobierno ni ejercer control alguno, sino para aplaudir al presidente que pervirtió el sentido de la lucha contra el terrorismo y que aún mantiene a sus apéndices en los ayuntamientos.
El carácter de la recién nacida y dulce criatura asoma entre los faldones de su ponencia política. Un texto Frankenstein, un ensamblaje de piezas, no ya escritas por diferentes manos, sino animadas por propósitos distintos. No extrañe que falte lo esencial en un documento de ese tipo: un marco analítico que señale que el principal "reto y desafío" que afronta la nación española que allí se defiende es su desmantelamiento por esa alianza forjada por el PSOE de Zapatero y los nacionalistas. Pero tal diagnóstico no vertebra el texto, que queda así invertebrado. Se han espolvoreado gránulos del mismo aquí y allá; singularmente, en el punto relativo a la derrota de ETA. O sea, en lo que procede de San Gil y se reintrodujo en la ponencia para apagar el incendio que provocaba su salida.
Había constancia del surgimiento en el PP de una tendencia a caerles simpáticos a los nacionalistas y avisos de que debía huir del terrible "liberalismo antipático". No sabíamos, sin embargo, que también se proponía resultarle agradable a Zapatero y aplaudirle los discursos. Va a resultar que estos flamantes chicos de Génova sólo son antipáticos con quienes denuncian, como San Gil, el verdadero rostro del nacionalismo. Pero, claro, enfrentarse a esa tropa retrógrada y totalitaria ahora se considera estigma de la "derecha dura".
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