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El agujero estaba –y sin duda sigue estando– justo en la entrada de un lugar llamado Onitsha, que al parecer se ajusta bastante bien al concepto canónico de ciudad que rige en la frontera oriental de Nigeria. Por lo demás, Kapuscinski no sólo dice que es ancho, de varios metros de profundidad y con bordes perpendiculares y abruptos desde los que se puede contemplar el vasto poso de agua turbia que enfanga su superficie. Sino que añade otro dato calamitoso que empeora aún más las cosas. Así, refiere que "a aquella altura, la calle era tan estrecha que no había manera de rodear el agujero y todo aquel que quisiera entrar en la ciudad con su vehículo antes tendría que meterse de cabeza en aquel abismo y sumergirse en el lodazal, y luego esperar que alguien se las ingeniase para sacarlo de tan incómodo aprieto".
También cuenta que el primero en caer fue un inmenso camión, cargado con sacos de cacahuetes. Y que luego lo descargó un grupo de niños semidesnudos que trepaban, saco al hombro, hacía la calle. Y que no había transcurrido ni un minuto cuando el siguiente vehículo de la cola se hundía en el fondo del foso. Y que a medida que iban pasando más automóviles el agujero se volvía cada vez más profundo. Y que la montaña de lodo que desprendían las ruedas enfangadas y girando sobre sus ejes pringaba a todo el mundo.
Y que además de las cocinas populares improvisadas y los sastres ambulantes y los barberos y las docenas de vendedores de cigarrillos y de cerveza de plátanos y de batatas asadas y de baterías eléctricas y de pieles de serpiente y de plumas de gallo, "gracias a la existencia del agujero que frenaba la circulación y bloqueaba la calle, en las pequeñas tiendas de los aledaños, vacías hasta entonces, aparecían clientes a su pesar: pasajeros y conductores de los coches que esperaban su turno para pasar".
Y que incluso vio la palabra "hotel" garabateada en un trozo de cartón. Y que los que estaban destinados a pasar allí la noche a la espera de su turno para entrar en el agujero se interesaban por el precio de pernoctar en las chabolas. Y que el dichoso agujero, amén de proporcionar trabajo a los parados, había convertido a aquel soñoliento rincón perdido en las afueras de ninguna parte en una pletórica comunidad llena de movimiento y bullicio.
Así que no pierdan el tiempo tratando de encontrar las causas en Herder o en los otros románticos del XIX. Ni tampoco busquen alguna gran explicación metafísica en la orgía de irracionalismo que llegó tras ellos. Ni mucho menos caigan en la trampa de tomar en serio toda esa charlatanería barata sobre las identidades colectivas. En realidad, el asunto es tan simple como la historia de ese agujero.
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