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Hasta ahora era España el objeto favorito de la censura del discurso dominante progresista. Ahora la palabra España empieza a cobrar matices inéditos. Con el nuevo régimen alumbrado por Rodríguez Zapatero nos encaminamos también a una España nueva, hecha de pueblos y naciones soberanas, con estados propios, reunidos sólo por una tenue urdimbre institucional, las más de las veces inoperante, condenada a la parálisis ante los intereses y las presiones de los "territorios".
El PSOE ha tardado poco en asimilar este modelo del que ha hecho su bandera, aunque se ha cobrado algunas víctimas por el camino, por ejemplo Nicolás Redondo Terreros, Rosa Díez y algunos otros. El PP, después de la derrota de marzo, parece dispuesto a hacerlo suyo, en correspondencia con otro proceso, esta vez interno, que llevará al Partido Popular a abandonar la ambición de liderazgo nacional para convertirse en una organización de base regional, o como quiera que se llamen los territorios soberanos y con vocación nacional, que en la jerga del PP se denominan baronías.
Esta España de los barones y los pueblos confederados –se engaña quien piense que son dos cosas distintas– empieza a estar bien vista en la derecha. Se está alumbrando el argumentario de un consenso en el que se juega el significado de la palabra España y el de la expresión "ser español". Sus dos grandes presentadores en sociedad han sido José María Lasalle, con su artículo doctrinal en El País acerca del liberalismo simpático e igualitario –es decir, a favor del socialismo–, y Mariano Rajoy, con su discurso de exclusión de Elche, que significa, entre otras cosas, la rúbrica de que el PP no se dirige ya desde Génova, y mucho menos desde un liderazgo apoyado por el conjunto de los militantes de toda España, sino desde los "territorios".
La ciudad y la comunidad que peor parada sale de este nuevo partido y este nuevo consenso resulta ser Madrid. Lo que era un viejo reflejo catalanista, el que Madrit sea siempre la causa de todos los males y –subsidiariamente– un secreto objeto de envidia, se está convirtiendo a toda velocidad en una actitud compartida por todos, o casi.
La animadversión hacia Madrid, más fácil de airear que el resentimiento hacia España ahora que la palabra España empieza a significar por fin algo distinto, sirve de acicate y coartada para impulsar la creación del nuevo Partido Popular confederado, a imagen y semejanza de este nuevo... ¿país? Madrid, la comunidad que más riqueza produce y más riqueza distribuye, ajena a la pulsión nacionalista, va a servir de chivo expiatorio sobre cuyo sacrificio se alzará la nueva España social nacionalista, y a partir de ahora, si alguien no lo remedia, popular.
El gesto es de los que hacen historia. Por fin se ha levantado el tabú sobre la palabra España. Asistimos al amanecer de una nueva, que brillará pronto sobre los escombros ya ininteligibles de la antigua, encarnada ahora en Madrid. Probablemente Alberto Ruiz Gallardón será el encargado de hacer que los madrileños, antes españoles, se traguen el cuento a base de iluminaciones, performances, ambiciones olímpicas y espectáculos más o menos operísticos. Siniestro.
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