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No sé bien de donde salió, pero por los años 60 y 70 corría la leyenda del "peligro amarillo", un cruce entre el miedo a rojos y masones y la invasión por sobrepoblación oriental. Era la amenaza chica en ciernes.
El pasado lunes 7 de abril, Tony Blair daba una conferencia en Barcelona ante cerca de dos mil empresarios y políticos. Me recordó la huella vacía de aquel presunto peligro, más propio del periodismo amarillo que de la amenaza real de una invasión oriental. Y al contrario de la leyenda, el ex primer ministro británico lo expuso como una fatalidad a la que no nos podíamos cerrar. Miles de productos orientales fabricados por chinos, japoneses, indios, coreanos, vietnamitas, etc. anegan las economías occidentales y nos recuerdan el fin de un domino. Abrirse y competir es la receta, sostuvo.
Durante más de 2.000 años, el Occidente europeo ha dominado a Occidente y, desde el Renacimiento, al mundo entero.
Llegan definitivamente tiempos inquietantes. En La decadencia de Occidente, la metáfora de Oswald Spengler le daba los últimos 200 años de dominación a Europa; y ya han pasado casi 100. Las civilizaciones, como los seres vivos –sostiene–, nacen, se desarrollan y mueren. Hay razones para creerlo. ¿Quién puede frenar a más de 2.500 millones de orientales produciendo con la eficacia capitalista del siglo XXI y los salarios del siglo XIX?
Se ha instalado entre nosotros la leyenda tecnológica de la innovación y el desarrollo (I+D), la Europa del conocimiento, el proceso de Bolonia y la conferencia de Lisboa. No hay otro camino, aunque en este caso, más bien parece una opción desesperada ante una encrucijada fatal.
Sin embargo, esta opción parte de una falsa premisa, de que sólo nosotros estamos en disposición de desarrollar esa ventaja. Por cuatro días y medio, añadiría. Japón comenzó a copiar tecnología norteamericana tras la segunda guerra mundial y 20 años después la exportaba a los propios Estados Unidos. China comenzó a exportar el textil hace diez años con productos mediocres y mal acabados y hoy compite en calidad, además de seguir imbatible en precios.
La tecnología no es como los recursos naturales; estos se heredan, aquella se transmite. Y hoy se transmite a la velocidad de internet. Un dato: el 60% de los ingenieros informáticos de la NASA son indios.
La globalización es inevitable. Los aranceles fueron desde siempre el dique de contención o la regulación para controlar o equilibrar economías dominadas y dominantes. El dominio económico global se desplazará de Occidente a Oriente en el plazo de una generación. Me temo que, para Occidente, esta cuestión no consiste en si es justo o injusto, sino si quienes viven hoy acomodados y seguros en un nivel de vida occidental están dispuestos a aceptar su pérdida.
Es seguro que la globalización acabará regulando y equilibrando el mercado mundial como lo ha hecho la unificación del mercado de la Unión Europea en el ámbito de su territorio, pero en el proceso, Europa caerá en una decadencia de consecuencias impredecibles. Tiempos líquidos. Será el fin de un modo de vida opulento y confiado, será el principio del dominio económico oriental que la democracia liberal les ayudará a extender al mundo entero. Podrán sobrevivir fortunas individuales, pero el imperialismo económico occidental tiene los días contados. Las estructuras consolidadas de una modernidad sólida, siguiendo el concepto de Zygmunt Bauman, tomarán nuevas formas, distintos dominios y, los ejes del control del poder se desplazarán a la velocidad de los nuevos tiempos sin consistencia permanente.
De la misma manera que el agua es mala para el fuego y buena para el bosque, la globalización será buena para quienes tienen todo por ser y mala para quienes lo tienen todo. Aunque se empeñen los antisistema, quienes ganarán la partida a medio/largo plazo son los parias económicos de Oriente, y quienes no podrán ya aspirar a la comodidad y seguridad indefinida serán los acomodados rentistas de Occidente.
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