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Hace once años, en 1997, Friedman diagnosticaba de la siguiente manera la crisis de Japón: "En la conferencia del Louvre de 1987, los líderes acordaron estabilizar el dólar. Japón, como copartícipe, compró dólares por yenes, lo que aumentó la circulación de yenes. La aceleración del crecimiento de la oferta monetaria trajo mayor inflación e, inicialmente, mayor crecimiento real. El resultado más notorio fue la "burbuja económica", una explosión de los precios de la tierra, las acciones, y otros activos... El Banco de Japón reaccionó con retraso en 1990, reduciendo el crecimiento monetario del 13% al 3% anual [y, añado, los tipos de interés oficiales subieron del 4% al 8%]... La nueva política restrictiva fue espectacularmente eficaz: la bolsa y la renta cayeron a plomo. La inflación se convirtió en deflación."
Es un análisis que se ajusta, bastante bien, a lo que muchos dicen que ha sucedido actualmente: una política monetaria excesivamente permisiva durante demasiado tiempo ha originado una burbuja especulativa inmobiliaria que, al estallar, ha generado dudas, incertidumbre, caídas de precios de los activos, y una crisis interbancaria.
Sigamos con la diagnosis de Friedman sobre Japón, una vez caído en la deflación: "El camino más seguro para que la economía crezca saneadamente es aumentar el ritmo de crecimiento del dinero, para cambiar de un modo de dinero escaso a uno de dinero abundante... Esto hará [atención a la herejía, añado] las reformas económicas y financieras bastante más fáciles de llevarse a término". "Los defensores de la política del Banco de Japón dirán: si el Banco ha reducido ya el tipo de interés al 0,5%, ¿qué más puede hacer para aumentar la cantidad de dinero? La respuesta es sencilla: el Banco de Japón debe comprar bonos del Tesoro en el mercado abierto, pagando por ellos o bien con dinero, o bien con depósitos en el banco central; lo que los economistas llaman High-Powered Money [es decir, dinero con poder liberador de deudas]. Gran parte del proceso acabará en los bancos, lo cual aumentará sus reservas y los capacitará para aumentar sus pasivos y sus préstamos... Pero sea así o por otra vía, la oferta monetaria aumentará. No hay límite sobre la cantidad de dinero que un Banco Central quiere emitir. La mayor cantidad de dinero tendrá el efecto de siempre: después de un año, aproximadamente, la producción crecerá y, tras un plazo más largo, lo hará la inflación moderadamente..."
Reflexión: da gusto leer a un economista que ha comprendido que la economía no es una cosa mecánica de reglas fijas, y que no receta la persistencia en el error. Supongamos que, en algún momento de 2002, a las autoridades monetarias "se les fue la pinza". Generaron una burbuja que posteriormente estalló y ahora todo se despeña: los activos inmobiliarios y mobiliarios. No veo que Friedman –supongamos que sabía algo sobre esto– recomiende a los bancos centrales mirar a otro lado mientras los precios se ajustan "a su nivel natural". No hay nivel natural, de equilibrio o adecuado. Hay un riesgo: que esa caída, a la que Trichet asiste impasible, cual Nerón, nos lleve a una recesión y una deflación. Cuando se habla de riesgos de inflación, por favor, téngase en cuenta que los precios de los activos –que no están en el IPC– están cayendo, y que eso supone un "ajuste" de renta más bien brutal.
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