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El primer –y quizá el único– imperativo categórico que deberíamos imponernos los que nos ganamos la vida escribiendo es el de reintegrarles sus significados precisos a las palabras. Ésa empieza a ser una tarea perentoria en todas partes, pero resulta especialmente urgente en el sórdido erial del librepensamiento desde el que ahora mismo tecleo este artículo. Al cabo, el síntoma intelectual más perverso que ha provocado la metástasis del nacionalismo en Cataluña consiste en que se juzguen las palabras no por su contenido, sino por quién las pronuncie.
He ahí el grado cero del envilecimiento irreversible de una sociedad, el que se alcanza al traspasar ese punto de inflexión desde el que no cabe el retorno a la convivencia civil. El que se exterioriza cuando todos los juicios se forman en función de que repercutan o no en "los nuestros". Entonces, hundida ya irremisiblemente en la ciénaga identitaria del "nosotros" frente a "ellos", la eclosión de la violencia física y el terror apenas ha de ser una mera cuestión de tiempo.
Ante el enésimo ataque bárbaro e impune contra un candidato del Partido Popular de Cataluña, muchas voces bienintencionadas, demasiadas, volvieron a hablar de "fascismo" con tal de intentar retratar esa miseria moral colectiva que se ha instalado aquí desde hace un cuarto de siglo. Tornaron, pues, a incurrir el único pecado que no nos deberíamos permitir los que traficamos con las palabras: robarles su partida de nacimiento.
Porque esos niños mimados de la Pompeu Fabra que atacaron a Dolors Nadal no son fascistas. Son nacionalistas catalanes. Sólo nacionalistas catalanes. Y nada más que nacionalistas catalanes. Y tendremos perdida la batalla del lenguaje, que es la decisiva, mientras sigamos empecinados en tildar de "actitudes fascistas" a lo que, en puridad, no es más que el comportamiento canónico de los nacionalistas, ya sean catalanes, vascos o gallegos.
Nacionalistas, y nada más que nacionalistas, son esos llamamientos apenas encubiertos a la santa violencia purificadora que emitió el conseller de Universidades, Josep Huguet, al poco de difundirse por televisión las imágenes del asalto. "Si no eres de extrema izquierda en la juventud, malamente", acertó a balbucear el tipo por todo comentario. Nacionalistas, y nada más que nacionalistas, fueron las exclamaciones de júbilo de la señora –es un decir– Cristina Fallarás, flamante subdirectora de un diario propiedad del Grupo Planeta, festejando el atentado desde los micrófonos de Onda Cero: "Un boicot general a un acto me parece estupendo, me parece estupendo. Me parece un acto de nervio, de proteína social. Lo siento, pero es así." Como nacionalista, y sólo nacionalista, fue el silencio cómplice de TV3, omitiendo el suceso en los titulares de su principal noticiario.
E hipócrita, y sólo hipócrita, ha sido ese comunicado oficial –"son casos aislados"– con el que el Gobierno de la Generalidad ha vuelto a encubrir las semillas del odio que se cultivan cada día en las aulas de sus madrassas.
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