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Hay personajes en la historia de la humanidad que merecen recordarse todos los días. En buena parte de las ciudades se descubren múltiples estatuas con generales blandiendo espadas en actitudes nada conciliadoras. Para mí, incluso en París hay demasiado Napoleón y muy poco Voltaire, por no decir nada de las figuras ecuestres que aparecen por doquier en las plazas latinoamericanas. Paul Johnson, en su obra Napoleón, afirma que buena parte de las ideas estrafalarias de los megalómanos del siglo veinte provienen del bonapartismo; Tolstoi, en el magnífico segundo epílogo de Guerra y paz, ridiculiza y condena al personaje de marras.
En todo caso, no estaría mal sustituir a muchos de los guerreros que inundan los lugares públicos de distintos lares por personas extraordinarias que son en realidad los genuinos héroes de la humanidad. Uno de los casos es el de la maravillosa y ejemplar Sophie Scholl, quien se batió en soledad contra la comparsa criminal de los secuaces y sicarios del hediondo sistema nacional-socialista de Hitler.
Fundó junto con su hermano Hans el movimiento estudiantil de resistencia denominado Rosa Blanca, a través del cual debatían las diversas maneras de deshacerse del régimen nazi y publicaban artículos y panfletos para ser distribuidos con valentía y perseverancia en diversos medios estudiantiles y no estudiantiles.
Una fantochada que hacía de tribunal de justicia presidida por el prototipo de lo antijurídico y el fanatismo más brutal, de nombre Ronald Freisler, entre otros, condenó a los célebres hermanos a la guillotina, lo cual fue ejecutado el mismo día de la parodia de sentencia judicial, el 22 de febrero de 1943.
Es cierto que la plaza frente a la Universidad de Munich, donde estudiaban esos corajudos hermanos, lleva el nombre de Scholl. También hay una calle en Hamburgo, donde operaba una importante filial de la Rosa Blanca y un colegio en Tübingen con ese glorioso recuerdo. Pero no resulta suficiente. En momentos que surgen indicios y primeros pasos totalitarios de Hitler en Venezuela, Bolivia, Nicaragua y Ecuador debe tenerse presente más que nunca las luchas y la integridad moral de personas como Sophie Scholl que ponen de manifiesto no estar dispuestas a claudicar ni a negociar los principios de libertad.
Hay una producción cinematográfica dirigida por Marc Rothemund, que lleva por título el nombre de esta chica en la que aparecen jugosos diálogos que uno de los forajidos-captores mantiene con ella y que, sobre todo, estremece al más curtido cuando Sophie le comenta a su compañera en la celda un sueño que tuvo. En el sueño estaba con un niño de blanco que ella lograba salvar de diversas peripecias. Ella sucumbía en el sueño y caía al precipicio que se abría en la tierra, pero el niño de blanco –los principios que defendía– sobrevivía. Una metáfora encantadora que se hizo realidad después de la caída del sistema tan bien ilustrado y resumido por el canalla de Hermann Göring en el Parlamento alemán, el 3 de marzo de 1933: "No quiero hacer justicia, quiero eliminar y aniquilar, nada más" (citado por Norbert Bilbeny en El idiota moral).
Por más estatuas que se fabriquen para conmemorar las proezas de Sophie Scholl, nunca será suficiente la gratitud que todas las personas de bien le profesan a esa adolescente con la fuerza de un titán. Vayan estas líneas como muestra de emocionado reconocimiento y tributo a una persona que sacrificó su vida en aras de los principios nobles en los cuales creía y fue ejecutada miserablemente.
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