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España en el mundo ha dejado de representar valores democráticos para convertirse en un país aliado de dictaduras y regímenes populistas. Zapatero pasará a la historia por haber dado un golpe mortal a la historia de nuestra política exterior el mismo día que retiró las tropas españolas de Irak. A partir de ahí todo era posible. Eliminado ese vínculo democrático de España con EEUU, sin duda alguna, todo era plausible. Eliminado el principio de cooperación, o mejor, los principios que llevan a una nación a relacionarse con otra, podemos esperar cualquier barbaridad.
Por ese camino táctico y casuístico, la siniestra política exterior española no es sino otra manera de ir eliminando poco a poco cotas de libertad y democracia a los ciudadanos españoles. Es siniestra, sí, esa política en su historia reciente y en su lenguaje. Desde la perspectiva histórica, no podemos olvidar que ha sido un diplomático del PSOE quien ha defendido en un libro que Ceuta y Melilla tiene que ser entregadas a Marrueco. Es el tiempo, naturalmente, de recordar a Cajal, el famoso diplomático socialista, que jamás ha rectificado su opinión sobre la necesidad de entregar a Marruecos esas dos ciudades españolas. En el orden del lenguaje, también es necesario recordar los equívocos de Blanco que son reveladores de su verdadero "pensamiento": "Los Reyes visitan Marruecos", en vez de decir "Ceuta y Melilla". Blanco se equivocó y rectificó al instante, pero no parece de recibo que un político se equivoque en algo tan crucial; aparte del lapsus, demuestra que no tiene respeto alguno por su tarea y menos por lo que puedan decir sus millones de oyentes.
En ese contexto de desprecio por una política exterior democrática y de principios, Moratinos, nada más y nada menos que el ministro de Asuntos Exteriores, ha comparado a España con Marruecos. La comparación es, por supuesto, ofensiva. Son las declaraciones más duras que cabría esperar de un político contra su país, a saber, conceder alguna verosimilitud al expansionismo marroquí sobre dos ciudades españolas. "Cada país defiende lo suyo", ha dicho Moratinos, dando a entender que a Marruecos le asiste alguna razón, o quizá alguna tradición, para apropiarse de Ceuta y Melilla. Intenta congraciarse con Marruecos; quiere dar a entender a la dictadura alauita que existe algún tipo de plausibilidad "democrática" en su afán de ocupar territorio español; pretende, en fin, situar en pie de igualdad la defensa de la nación española con el ataque "verbal", "diplomático" y "político" de la dictadura marroquí contra dos de las ciudades, seguramente, más españolas de la nación española.
Después del episodio de Sarkozy y las azafatas españolas, creí que la política exterior española ya no podía caer más bajo. Me equivoqué. Todo es empeorable. En efecto, con esas declaraciones Moratinos no sólo ha comparado a España, al sistema democrático español, con una dictadura africana que no tiene ningún reparo en practicar las políticas antidemocráticas y dictatoriales, sino que piensa que las relaciones de España con Marruecos tienen que situarse en el mismo nivel, de acuerdo con el "nivel de robo" que práctica Marruecos con España en particular, y el resto de Europa en general. Sí, sí, cuando Moratinos dice con lenguaje "infame" y tabernario que "cada uno defiende lo suyo" es como si hablara de la defensa o conquista de un botín. La declaración de Moratinos es inaudita en la historia suicida de la nación española. Algo que debería hacernos pensar que estamos no ante alguien que ha perdido la razón democrática, sino ante un suicida, o peor, alguien que está traicionando a su nación.
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