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Tenía que tomar una decisión. Estaba aburrida ya de la halitosis televisiva de nuestras cadenas tradicionales, empachada de "famosos sin causa", de la miserable industria televisiva del cotilleo, del realismo sucio y sórdido que nos bombardea desde las pantallas; harta de los ataques a nuestra Monarquía, símbolo y garantía de nuestra querida y plural matria España; cansada de las gilipolleces anticonstitucionales del presidente del Gobierno vasco, ese doctor Spock de los desvaríos del terruño; apabullada por la incesante y creciente llegada de pateras a nuestras costas insulares y peninsulares, ante la cual Caldera se toca las narices, viendo como se desperdigan después cuando los traen a Madrid para soltarlos en las calles. ¡Pobres indigentes sin casa ni trabajo! Quizás Chacón haga un plan para alojarlos en casas-baratas... ¡Qué va! ¡Si no votan! Pero estaba, sobre todo, hastiada del fundamentalismo patriarcal de nuestra cultura monológica que, entre otros desafueros, vivifica la violencia contra las mujeres, que persiste... (perdonen la insistencia: es autoconciencia de especie). En fin, que, como les digo, decidí viajar a la Suiza liberal, exótica, sin euro y capitalista sincera, siguiendo consejo de Bienvenido Cabello, dueño de la tienda de pelucas de mi distrito.
Desde aquí exhorto a las víctimas del terrorismo doméstico: "Mujer, Si tu marido, tu maromo o tu compañero te pega, entérate: es que no te quiere. Quiérete tú, denúnciale. Mujer golpeada, rézale a la diosa Rosmerta que te conceda valor ante la adversidad, ruégale a Santa Leonor de Temiscira inspiración en el golpe certero, coge tu labrix y dale fuerte. No te reprimas. No hay más cera que la que arde." Después de todo, ¿qué se puede esperar de maridos que comen gallinejas y ven fútbol con los amigotes? Ya decía Martí: "Hay que querer con la razón y con el cariño."
Aquí, lejos de la Europa de las Patrias y de los odios nacionalistas, una se siente anónima en medio de este mestizaje cultivado, creativo, plurietnicidad exuberante y pansexualidad elegante, contemplando, sin más, este cosmopolitismo de país desarrollado y cabal, sin complejos, donde se valoran las lenguas comunes como vehículo de entendimiento general y se debate de las cuestiones que atañen a toda la comunidad. Aquí huele a Europa, en este país plural pero no asimétrico, sin territorios enfrentados, porque sería radicalmente contrario al principio democrático de igualdad. No es un Estado de Derecho uniforme ni mucho menos uniformado pero sí, desde luego, unitario. Aquí tienen las banderas, perdón, las cosas, claras.
No es como en nuestra querida España, que cantaba nuestra Cecilia, donde el fetichismo de la diferencia a ultranza es una majadería política. De esta locura llamada nacionalismo viven muchos y muchas iluminados y mangantes de la política, digamos, periférica. Y esto es claramente caciquismo. Sí, señores y señoras, caciquismo. Si no lo creen escuchen a los Ibarretxe, Carod o Quintana de turno y a muchos de sus secuaces. Hablan como señores feudales de su región y provincias; se creen los amos de sus territorios. Lo suyo es un narcisismo localista y paleto, a fin de cuentas, donde se imponen y fomentan lenguas que no usan más allá de dos millones de personas y se detestan los idiomas universales que llevan al entendimiento. O sea, paletismo. Sinceramente, sería deseable desde todos los partidos una mayor firmeza contra el nacionalismo obligatorio y no hacer más concesiones que ataquen la igualdad de la ciudadanía española en materia lingüística, educativa, fiscal y de servicios públicos.
Como decía Proust, a veces estamos dispuestos a creer que el presente es el único estado posible de las cosas. Pero no. Siempre queda la esperanza de que España no siga siendo una gran corrala de comedia. Podemos y debemos ilusionarnos para cambiar las cosas. Para derrotar a la banda ETA exigiendo medidas para combatir el terrorismo y a los otros terrorismos callejeros que vociferan contra la unidad constitucional quemando fotos. El terrorismo nunca debe ser aceptado como una forma justificable de acción política. Debe ser proscrito, y proscritos y detestados los que con él negocien o hayan negociado. Por eso y por mucho más, nos queda la esperanza de echar a Rodríguez Zapatero del Gobierno de España. Y en Madrid, desde luego, nos queda Esperanza.
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