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Esta semana se cumplieron 50 años desde que a Estados Unidos le sacudieran pasa sacarle de su complacencia tecnológica mediante una bola de aluminio de 80 kilos que orbitaba sobre su cabeza emitiendo pitidos. El Sputnik fue un shock, porque siempre habíamos asumido que Rusia no era sino un oso enorme, pesado y descerebrado. Podría haber desgastado a los nazis y fabricado montañas de acero, pero carecía de nuestra inteligencia y sofisticación. Pero entonces, un día nos despertamos habiendo sido batidos en el espacio, mediante la colocación por encima de nuestras cabezas del primer satélite en orbitar la Tierra desde que Dios colocase la Luna en un lugar donde pudiera darnos esas encantadoras mareas.
En aquel momento, nos aterró la posibilidad de que los soviéticos nos superaran tecnológicamente. Pero el pánico resultó estar injustificado. El Sputnik no era precisamente ciencia demasiado ingeniosa. Los soviéticos estaban compensando su incapacidad para minimizar sus cabezas nucleares –algo que sí requiere sofisticación– desarrollando enormes proyectiles. Y habían logrado desarrollar uno precisamente lo bastante grande como para poner una bola en órbita a la Tierra.
No teníamos ni idea de lo afortunados que habíamos sido con el lanzamiento del Sputnik. El pánico posterior nos hizo un favor enorme. El miedo a quedarnos por detrás de los comunistas indujo al Gobierno federal a invertir grandes cantidades de dinero en educación en ciencias y matemáticas. El resultado fue una generación de científicos que nos dio no solamente el Apolo y la Luna, sino el andamiaje de la era de la información –por ejemplo, ARPA, una agencia de investigación creada unos meses después del Sputnik, dio lugar a la red ARPANET, que se convirtió en Internet– que ha garantizado el dominio tecnológico norteamericano hasta la fecha.
Hubo otra afortunada consecuencia del Sputnik. Dos años antes, el presidente Eisenhower había propuesto el tratado Open Skies bajo el cual Estados Unidos y Rusia permitirían los vuelos de aviones espía de modo que ambos conocieran la capacidad militar del otro. La idea era reducir la incertidumbre mutua y reforzar la disuasión. El líder soviético Nikita Khrushchev rechazó la idea de plano.
La llegada de los satélites permitió evitar esa objeción. Hacia 1960 habíamos lanzado nuestro primer satélite espía en funcionamiento. Pero nuestra mayor fortuna fue el hecho de que los soviéticos llegaran al espacio primero. El hecho de que el Sputnik orbitara sobre Estados Unidos, y que Eisenhower nunca protestara por una violación de la soberanía norteamericana, estableció para siempre el principio de que el espacio no es territorio nacional, sino que es tan libre y abierto como la alta mar. Si hubiéramos superado a los rusos –y solamente estábamos unos cuantos meses por detrás– Khrushchev bien podría haber protestado por nuestra presencia sobre territorio soviético soberano, reservándose el derecho a derribarnos en el momento en que la tecnología lo permitiera.
El Sputnik y la era espacial a la que dio vida tuvieron otro efecto curioso y completamente inesperado. Antes del Sputnik, mientras soñábamos aún con el espacio exterior en las novelas de ciencia ficción, siempre asumimos que cada paso que diéramos crearía el ansia para dar el siguiente, pasando de la órbita terrestre a la Luna, y de ahí a Marte y más allá. Pero no fue así. El camino que llevó del Sputnik a la Luna sólo llevó 12 años, pero tras un breve interludio para dar saltos allí, sorprendentemente, abandonamos.
Hay razones tecnológicas, presupuestarias y políticas para explicar esto. Pero la más profunda es psicológica. Estamos solos ahí fuera. En la sombra de la Luna es un nuevo y magnífico documental que homenajea a una parte de los realmente escasos seres humanos que realmente han ido a la Luna. Hablan, como cabría esperar, de la maravilla y la belleza y la grandeza del lugar. Pero algunos también recuerdan la soledad de esa desolación. Un astronauta relata cómo una vez sobre la superficie de la Luna se vio sobrecogido al caer en la cuenta de que su tripulación y él estaban completamente solos en un mundo entero.
En la Tierra, se puede vagar por un desierto inhóspito pero siempre con la esperanza de que podría haber algo humano sobre el horizonte. En la Luna no hay nunca nada, aparte de polvo y rocas. Y después –casi todos los astronautas hablan de esto– miras hacia arriba y ves esta hermosa canica azul, cálida y frágil, colgando del oscuro cielo lunar. Y la echas de menos.
Los astronautas trajeron de vuelta esa imagen en la célebre fotografía Earthrise y, con ella, esa sensación de añoranza. Esa imagen icónica no solamente ayudó a estimular el movimiento ecologista. Con sobrecogedora ironía, en los albores mismos de la era espacial, no generó deseo por el espacio, sino añoranza por el hogar.
Quizá fuera algo esperable tratándose de una raza de seres de 200.000 años de edad que abandonan su morada por primera vez. Sin embargo, superaremos ese temor. De Colón a la colonia de Jamestown pasaron 115 años. Costará aproximadamente la misma horquilla temporal el que una nueva generación –la nuestra está demasiado limitada a la Tierra– salga y no mire atrás.
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