Cuando uno repasa la cartelera de las TV y ve lo que hay, con alguna excepción honrosa, puede pensar que todo está perdido. Pero no. Tenemos a Dieter, sí.
Sumido en un proceso vaya usted a saber si viral o bacteriano pero con graves repercusiones sobre mi moquera, mi faringe y no sé qué otras cosas más, repaso por encima la página web de Libertad Digital y me encuentro un programa sobre la muerte, en hora punta y con dos filósofos, un sociólogo y un periodista. Me restriego los ojos como un poseso. Esto no puede ser. ¿Acaso un malvado diablo me ha trasladado de país sin permitirme darme cuenta? Pero no. España. Agapito Maestre, Amando de Miguel y Gabriel Albiac. En medio de ellos, Dieter Brandau, humilde y sin estorbar. Milagro, milagro gritaron las pocas neuronas que me quedan en pie.
Era como una melodía que nos llevaba del gran Epicuro del conocimiento imposible de la muerte a la experiencia personal de un Agapito que leía las líneas que escribió a la muerte de su madre. Y, espléndido como siempre pero en este caso, ceñido a su profesión de sociólogo de pro, Amando de Miguel, precisando hechos y aportando horizontes. Ni siquiera habían reparado que estamos a punto de pasar otro día 2 de noviembre, día de los Difuntos, festejo celta, según el gran profesor.
En ese momento tuve la sensación, como un desfallecimiento del pesimismo que me corroe desde casi siempre, que España tenía salvación, que los españoles podemos construir algo diferente a un enfrentamiento malvado y sistemático. Si hay una cadena de televisión que se permite aportar un diálogo sobre la muerte, con Marco Aurelio de fondo y con la esperanza –si no cristiana, esperanza al cabo–, de ventana, es que no está todo perdido.
En una hora escasa da tiempo de poco, pero da tiempo a lo esencial: a detener la marcha loca de nuestras vidas y reflexionar sobre las postrimerías, como decían los clásicos. Las de los otros, más sentidas, y las nuestras, presentidas, pero todas ellas interrogando por el sentido de las cosas, por el estruendo del ser sobre la nada y por nuestra incapacidad manifiesta para dotar de significación a esta corriente, a esta evolución creadora que decía Bergson, a este río que nos lleva a la muerte. Eché de menos alguna mención de Heidegger y su ser para la muerte. También a Camus y su tesis sobre el suicidio.
Me conmoví. Algo es posible aún en esta España. Pero es menester recuperar el amor por el diálogo, por la razón aunque sea impura y la confianza en que la democracia se fundamenta, precisamente, en la racionalidad, en las decisiones fundadas tras debates racionales y resultados experimentales que pueden ser comprobados. Si no todos, al menos, algunos. Y desde luego, en la buena voluntad, esto es, en poner encima de nuestros intereses personales y partidistas, la realidad concertada por las razones.
Por eso, Dieter, sí. Cuando uno repasa la cartelera de las TV y ve lo que hay, con alguna excepción honrosa, puede pensar que todo está perdido. Pero no. Tenemos a Dieter, sí. Aunque sé que los plumillas no debemos ser noticia ni ocuparnos de nosotros mismos, Dieter, sí. Y además, nos valió para recordar a nuestros muertos. Como se dijo en el diálogo, la muerte no es el final.