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La cartilla de racionamiento es la primera medida de contenido social que los gobierno socialistas ponen en marcha nada más triunfa su revolución. Las colas en los locales de abastecimiento, en las que se mezclan ciudadanos de toda clase y condición, es la prueba evidente de que el socialismo trae inexorablemente la igualdad, aunque se trate de un igualitarismo nada envidiable a juzgar por la opinión de quienes deben sufrirlo en sus vidas.
Es lo que ocurre en Cuba o Venezuela y lo que quiere implantar aquí también el D. Miguel Sebastián, con la única diferencia de que mientras en los dos primeros países se raciona el azúcar y la carne, aquí nos van a racionar la electricidad y el gasóleo. De momento, quiero decir, no pongamos límites a la capacidad coercitiva de Z y sus miembros/as.
A pesar de sus continuas proclamas como garante de un adecuado reparto del bienestar, lo cierto es que el socialismo es incapaz de redistribuir riqueza alguna por la sencilla razón de que antes hay que crearla, y de esto último es metafísicamente incapaz. Lo único que redistribuyen los partidos socialistas cuando llegan al poder es el dinero desde el bolsillo de quienes lo ganan honradamente al de los que forman las clases ociosas constituidas en lobbies afectos a la izquierda.
Por eso cuando viene una recesión y las clases productivas comienzan a experimentar graves problemas económicos (su bolsillo apenas tiene lo mínimo para la propia subsistencia), el dirigente de izquierdas entra en un estado de estupor. Su única posibilidad para legitimar el ejercicio del poder comienza a desvanecerse en la misma medida que la crisis económica se profundiza.
En esta situación está ahora mismo el Gobierno de ZP y sólo hay que escuchar las melonadas con que adornan últimamente su discurso señores inteligentes como Miguel Sebastián para comprobarlo. Como será el asunto que hasta en El País han dedicado un editorial a ridiculizar las absurdas propuestas sebastianescas para restringir el consumo. Lo suyo es seguir el guión clásico de la izquierda para momentos de crisis, aunque no haga más que empeorar una situación ya de por sí grave.
¿Que tenemos problemas de dependencia energética? Pues en lugar de construir centrales nucleares (la energía más limpia y barata) invitamos a los ciudadanos a quitarse la corbata y a moverse en bicicleta. ¿Que hay problemas de abastecimiento de agua en el sur? Pues en lugar de trasvasarla desde donde sobra se impone a los sureños un cuadro completo de medidas restrictivas como solución a sus problemas. ¿Que las empresas de construcción entran en quiebra y las familias no pueden pagar sus hipotecas? Pues en lugar de bajar los impuestos se compra suelo para convertir al estado en agente inmobiliario.
Es lo único que sabe hacer la izquierda, coaccionar a los ciudadanos e imponer el racionamiento selectivo, una forma de dictadura difusa que, asombrosamente, entusiasma también a sus votantes, los primeros en padecer sus efectos perniciosos. Y es que en materia de coacción institucional no hay quien gane a los dirigentes socialistas. Han nacido para eso, qué le vamos a hacer.Pablo Molina es miembro del Instituto Juan de Mariana.
Nota: El autor autoriza a todo aquel que quiera hacerlo, incluidas las empresas de press-clipping, a reproducir este artículo, con la condición de que se cite a Libertad Digital como sitio original de publicación. Además, niega a la FAPE o cualquier otra entidad la autoridad para cobrar a las citadas compañías o cualquier otra persona o entidad por dichas reproducciones.
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