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Muchos ignorantes económicos consideran a Adam Smith un ingenuo por asegurar que los empresarios, al buscar su propio interés, eran guiados por "una mano invisible" a trabajar por el bien común. Interpretan esta conocida formulación sobre las ventajas del mercado como una confianza ciega en que el empresario hará lo mejor para los demás sin que nadie le obligue. Pero Smith, que pese a sus errores no era desde luego un ingenuo, estaba hablando de la disciplina a la que los obligaba la competencia. De hecho, pocos economistas han sido tan críticos con los empresarios, de los que llegó a decir que, cuando se reunían, "las conversaciones terminan estableciendo alguna forma para conspirar contra el consumidor y subir los precios".
Por eso a ningún liberal le extrañará que el presidente de la CEOE haya solicitado al Gobierno un "paréntesis" al libre mercado consistente en que el Ejecutivo preste dinero a las compañías con problemas. Un empresario como Díaz Ferrán no tiene mayor interés en el liberalismo que en el socialismo. Lo que quiere es ganar dinero, y si la intervención del Estado se lo va a poner en bandeja, ¿para qué va a defender el libre mercado? De hecho, es frecuente que las grandes empresas, las que poseen capacidad para influir en el Gobierno, tiendan a abogar por el libre mercado y la competencia para los demás y por el socialismo para ellos mismos, siempre y cuando el intervencionismo sea a su favor, claro.
Desgraciadamente, el hecho de que el liberalismo no condene la libre empresa sino que, al contrario, abogue por ella en todos los ámbitos posibles ha permitido al populismo de izquierdas y derechas calificar de "fracaso del liberalismo" a cualquier problema de cualquier empresa del mundo, sin detenerse a considerar que los liberales no abogan por la bondad de los empresarios ni por su infalibilidad, sino por un sistema en el que existan las condiciones para que los esfuerzos de los emprendedores reviertan en el interés general. Un sistema en el que los incentivos obliguen a los empresarios a servir al consumidor para poder ganar dinero. El libre mercado.
Pero en el mundo en que vivimos, raro es el sector que no sufre la intervención del Estado de una manera u otra. Desde los trámites burocráticos hasta los impuestos, pasando por las dificultades a abrir un local a las licencias obligatorias para iniciar la actividad, las empresas no sólo trabajan para satisfacer las necesidades de sus clientes, sino también para cumplir con las obligaciones que les marca el poder. En muchos casos, dichas regulaciones se aprueban –o eso aseguran los políticos– para salvaguardar los intereses de los consumidores o incluso para evitar que las empresas se hagan daño a sí mismas. El que consigan ese objetivo o sean contraproducentes es, sin embargo, materia de debate.
Pero lo que no se puede es proclamar, desde la ignorancia y el sectarismo que han demostrado tantos periodistas –especialmente en la televisión–, que la actual crisis es debida al liberalismo, a la falta de control del Estado sobre el sector financiero y al libre mercado. Simplemente porque es mentira. Los bancos, cajas y demás entidades del ramo son empresas que trabajan con el dinero y el crédito. Y esa materia prima se ha ido convirtiendo a lo largo de los siglos XIX y XX en monopolio del Estado, gestionado por los bancos centrales. La actuación de los mismos ha provocado todo tipo de disfunciones y descoordinaciones durante su relativamente corta historia. La Reserva Federal norteamericana, por ejemplo, se creó para prevenir crisis como la de 1907, crisis de la que sólo han oído hablar los especialistas. Pero sus decisiones provocaron en gran medida la Gran Depresión del 29, que todos conocemos, y la mayoría achaca de oídas al capitalismo y el libre mercado. Para evitar problemas semejantes comenzaron a regular cada vez más estrechamente a los bancos. Por supuesto, no lo lograron.
El sector financiero, en definitiva, es uno de los más regulados e intervenidos tanto en España como en Estados Unidos como en el resto de los países desarrollados. Por tanto, cualquier persona que no mire la realidad con anteojeras ideológicas debería preguntarse si los actuales problemas son debidos a la "parte libre" que queda en el sector o a la intervenida. Y la respuesta no podría ser más sencilla. Durante los últimos años, un buen montón de economistas –entre los que se encuentra, por ejemplo, el conocido gurú socialdemócrata Paul Krugman– venían advirtiendo de los riesgos que suponían los hedge funds, por estar comparativamente mucho menos regulados que los fondos y bancos de inversión como Lehman o Bear Sterns. Sin embargo, estos vehículos de inversión están sobreviviendo mucho mejor a la crisis que los que estaban más regulados y vigilados por los organismos de control estadounidenses.
Sin embargo, la realidad no hará cambiar de opinión a quienes, en su ignorancia, llegan incluso a pedirle explicaciones por la crisis financiera estadounidense ¡al FMI! El problema, claro, es que para muchos lo importante no es analizar la realidad sino culpar a sus demonios particulares de todo lo que sucede en el mundo. La desgracia, para nosotros, es que consigan convencer a la mayoría, y reduzcan así nuestra prosperidad futura, que sólo el mercado puede proveer.
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