En lo personal, me ha causado gran alegría la extraordinaria victoria moral que para Javier Gómez de Liaño y María Dolores Márquez de Prado, víctimas de una de las más sucias campañas de destrucción personal y profesional perpetradas por el imperio prisaico, que ya es decir, ha supuesto la sentencia del Tribunal de Derechos Humanos de Estrasburgo. Tanta alegría he tenido, que sólo me faltaba la erupción de la ira legendaria del Imperio del Mal, que es el que debería hacerse cargo de la multa a España, ya que usó descaradamente la administración de Justicia para sus turbios asuntos particulares. Nunca como en vida de Polanco un tío llegó a tanto y un Estado a tan poco.
He tenido que esperar dos días. En el primero, escondieron la noticia, para ver si los demás, acostumbrados a hacerles la ola, jugaban también al escondite. Pero la muerte del Emperador Polanco I y la privanza de Mediapro en la Moncloa le ha quitado fuerza al cebrianismo, enfermedad senil del polanquismo, y los demás medios lo han contado mucho y con cierta decencia, tal vez para ocultar la indecencia de diez años atrás. Al fracasar el chitón, se ha impuesto la rabieta y al segundo día, sobre una apenas noticia El País ha publicado todo un editorial que es casi una confesión: "Prevaricó, claro que sí", y que el mundillo mediático atribuye a Cebrián. Si así fuera y el estilo del escriba, amén de la responsabilidad empresarial, permite sostenerlo, cabría preguntarle: ¿pero cómo se puede presentar, Don Académico, incluso a los lectores de su diario, como "juez delincuente" a una persona que, según sentencia el Tribunal de Estrasburgo, no ha tenido un juicio justo y ha sido condenado por jueces carentes de independencia? ¿Cómo siguen ustedes llamando "delincuente" a alguien que, aunque lo mandara el PRISOE, nunca debió ser juzgado por un supuesto delito del que no hay más pruebas que las que se inventaron los condenadores? ¿Pero es que en ustedes no existe siquiera la posibilidad estructural de reconocer una derrota legal o moral?
Liaño, como recordamos cuantos vivimos aquella carnicería contra la Justicia, fue víctima de todos los errores, horrores y prevaricaciones de dos órganos tan atrozmente politizados como son el Tribunal Supremo y el Tribunal Constitucional. Y ambos han sido condenados por un caso, el del "juez delinquido", no delincuente, que apesta a prevaricación. Y no por el condenado, obviamente, que nunca prevaricó, sino por los condenados prevaricadores del TS y del TC –con pocas pero muy notables excepciones– a los que nadie, por desgracia, puede juzgar y condenar. Y bien que lo merecen. Al que quiera saber por qué, le basta asomarse a los votos discrepantes de Martínez Pereda en el Tribunal Supremo y de Pablo Cachón en el Tribunal Constitucional.
Pero la mayoría de los que condenaron a Liaño en el Supremo o se negaron a defender sus derechos cívicos en el Constitucional tendrán para siempre en su biografía la roja mancha cainita, la letra escarlata de haber "dictado una resolución injusta a sabiendas", que es lo que generalmente se entiende por prevaricación. Si hubiera justicia en Europa, que aún no la hay, y con esas mismas reglas de detectar prevaricaciones que se inventaron los bacigalupos del PRISOE, las ilustrísimas máquinas de prevaricar que participaron en el linchamiento de Liaño serían juzgadas y condenadas, aunque las jubilaciones y defunciones de estos diez años transcurridos impusieran una condena de efectos únicamente morales. Que no deja de ser condena ni, en cierto modo, Justicia.
Pero en vez de sacar las consecuencias políticas de esta infamante condena europea a los condenadores de Liaño, lo que Rajoy y Zapatero han repactado, sobre el cadáver de la Justicia, es que la politización del CGPJ, el Supremo y el Constitucional continúe, más reforzada si cabe. Queda, pues, garantizado que el Caso Liaño se repetirá.
Se acabó: ni justicia, ni decencia, ni ética, ni política, ni moral, ni patriotismo, ni aseo institucional, ni el más mínimo decoro intelectual. Tras la última sentencia pilatesca del Tribunal Supremo y el respaldo incondicional, granítico a la inmensa mentira policial, judicial, política y periodística del 11-M, el PP de Rajoy, que es el de Gallardón y el de la Izquierda, ha aceptado el régimen salido de la masacre del 11-M. Murió más gente esa mañana de 2004 que en las jornadas del 2 de Mayo a manos y fusiles de los franceses. Como hace doscientos años, la inmensa mayoría de los españoles ha preferido mirar hacia otro lado mientras asesinaban a los suyos en pleno centro de Madrid. La gran diferencia es que entonces los ciento cuarenta asesinados por Murat fueron a la muerte voluntariamente, por defender lo que creían más valioso que la vida. Esta vez, los casi doscientos asesinados, amén de los mil quinientos heridos y mutilados, lo han sido a ciegas, sin saber lo último que les pasaba, ni cómo ni por qué. La Inquisición entonces, la dictadura de lo políticamente correcto hoy, ha condenado severamente a los que se han empeñado en resistirse a la tiranía. Militares y civiles, clérigos y seglares se han mostrado de acuerdo con la condena dictada por los inquisidores. Y la mayor parte de los presuntos ciudadanos ha preferido mirar a cualquier sitio salvo a los muertos, que son la imagen terrible, humeante, sangrienta de la masacrada nación española. Ya puede decirse que el 17 de Julio de 2008 ha
nacido un nuevo régimen, fundado sobre la sangre y la mentira, en el que sólo la sangre ha sido cierta y en el que sólo la mentira es verdad.
Por pasmosa coincidencia pedagógica, la imagen de este cambio de régimen la resumía ese mismo día el Rey, símbolo de los supervivientes, paseando con Adolfo Suárez, símbolo de los sobrevividos. El mismo Rey que lo echó del Poder fue a ver al presidente del Gobierno que, con la asistencia de casi todas las instituciones nacionales, fundó el régimen constitucional de 1978. Pero lo visitó a sabiendas de que, víctima del Alzheimer, no conoce a nadie. Suárez pasa así a la historia por segunda vez, pero ahora como símbolo de una España sin memoria, entendimiento ni voluntad. Es un cuerpo de aspecto saludable, como todo lo que vegeta en esta primavera tardía o verano clemente, un ayer definitivamente borrado y un mañana que depende en todo de los demás, de los que comprobarán a diario que sigue vivo sin saber quién es, quién ha sido, quién podría ser. He ahí España, llevada del brazo, del hombro, viéndolo todo pero sin enterarse de nada. He ahí el cuerpo vivo pero intelectual y moralmente muerto de la nación española.
Aunque no hay precedente de mayor torpeza desde el congreso de UCD en Palma de Mallorca, que logró hasta una huelga de Iberia, el escándalo catalán que inauguró la despedida del PP del PP histórico se ha atemperado en los no menos escandalosos pero sí más discretos de Baleares y el País vasco. El primero lo ha salvado la oposición al PP marianil, prisaico y gallardonita, representada por el admirable alcalde de Calviá. Sin el apoyo descarado a Estarás del aparato monclovita, amén de las trampas congresuales que el propio Delgado denunció en los tribunales y que reconoció pero no sancionó el juez por insuficientes (sólido concepto jurídico, ése de la insuficiencia) habría ganado el opositor a la candidata fociosa con holgura. Aún así, superar el 30% y quedarse en el Partido con una línea política alternativa salva el honor del PP y le permite una cierta posibilidad de regeneración. Escandaloso, pues, cómo se ganó. Pero no cómo se perdió.
Más confuso es el caso del PP vasco, donde no parece escandaloso cómo se ganó, ya que a ultimísima hora Antonio Basagoiti (tras amenazar con dimitir y que no hubiera candidatura alguna para sustituir a San Gil) logró un apaño o acuerdo de integración de rajoyosos y rebeldes que parecía patrocinado por Tiritas y Salvaslip. Sin embargo, sigue siendo escandaloso cómo se perdió. La ejecución de María San Gil a manos de Arriba Soria y Alicia Sánchez Camacho, luego recompensada con la baronía cataláunica, y a pies de Alfonso Alonso y su principito Oyarzábal, es baldón imborrable que arrastrarán los verdugos genoveses. Y por más que se esfuerce Basagoiti en parecer independiente, no podemos olvidar que el anuncio de su candidatura lo hizo aviesamente Génova 13 media hora antes de la rueda de prensa del gilista Carmelo Barrio para presentar la suya. Barrio cometió el error –o el terror– del principiante al anunciar al partido la hora de su rueda de prensa y los arriolos presentaron a Basagoiti porque Alonso no quiso arriesgar. O sea, que Basagoiti fue un candidato de emergencia contra el sector de San Gil. Sucede que quedó tan groseramente a la vista su papel vicario cuando le impusieron de segundo al principito alfonsí que hizo de la necesidad virtud y a última hora arregló a medias lo que nació roto. Y roto está. Es normal que la gente de María San Gil se dejara seducir o cooptar por el integrador bilbaino, porque el PP vasco es más que un partido y casi una familia, pero políticamente hablando está destrozado por el volantazo de Madrid. Y si Basagoiti no tiene un buen resultado, todas estas cataplasmas integradoras serán inútiles. Será el turno del principito alfonsí, que a mí me parece una especie de Madrazo cruzado con Madina y cuya única hazaña conocida es la de injuriar a María San Gil.
Supongo que alguna encuesta arriolosa habrá advertido a los bacterios de Génova 13 de que por mucho que digan valorar a Rajoy los mismos que valoraban a Gallardón por oponerse al PP, no piensan votarlo. Y que los votos que ganen por esa vía serán menos que los que pierdan. Tras la chulería idiota de Barcelona se ha impuesto la discreción en los dos congresos regionales, pero el problema sigue siendo el mismo: la posición del PP ante el cambio de régimen. El penúltimo encuestorrelincho gallardonita en El País, dando por amortizado a Rajoy ante Ambiciones, explica bien el problema de fondo: ante el cambio de régimen, el PP ha decidido cambiar al PP. Pero como el cambio de Nación y la liquidación de la Constitución son seguros pero imprecisos, el cambio del gran partido de la Derecha se ha refugiado en esas brumas matinales tan propias del verano. Ya vendrá el Tribunal Constitucional con la rebaja catalana. Y el otoño económico. Y el invierno mediático e institucional. Y la glaciación política.
El curso político y, en buena medida, lo que venimos entendiendo por política desde la Transición, hace más de treinta años, van a ser objeto esta segunda semana de julio de una triple despedida y un taimado cierre a la etapa intelectualmente más convulsa de la historia española desde la Guerra Civil. Porque tras la muerte de Franco en la cama había incertidumbre, no convulsiones agónicas. Ahora hay convulsiones agónicas y además, crece la incertidumbre. Entonces había miedo, salvo en la facción pancista de la plebe que decía que, de todas formas, no pasaría nada y que, en todo caso, ellos, los pancistas, no se meterían en política: a llenar la tripa y a esperar que escampe. Aquel franquismo sociológico, nacido del más que justificado temor a la revolución y la guerra civil, estaba abocado a la parálisis asistida tras los cuarenta años de un régimen que salvó a la nación con un masivo tratamiento de escayola, pero, ay, tan largo que la desacostumbró a andar por sus propios medios y a valerse de sus propias fuerzas, que las tenía pero las desconocía o no sabía utilizarlas.
España era en 1978, tras aprobarse la Constitución, y sobre todo a finales de 1982, tras el fracaso del Golpe de Estado del 23F y la llegada en andas del PSOE al Poder, la fantasía de cualquier político con ganas ilimitadas de ser obedecido, que es algo más que las simples ganas de mandar. Era el "Vivan las caenas" pero Made in Germany. Era el casticismo tripero de toda la vida pero pasado por Uropa, vuelta y vuelta, y adobado por el inglispichinglis. Además, triunfaba el destape y las grandes revelaciones del tebeo anatómico. Había Zerolos, que no se llamaban así porque eran más inteligentes: Bibi Andersen, Pavlosky, Almodóvar y muchos otros, otras y otres. Pero entretenía mucho al pueblo aplebeyado el secreto sexual de Polichinela. Y como se eternizó el PSOE en el Poder, las costumbres pancistas del rebaño se rehicieron rápida y duraderamente. Ayudó mucho la inacción acomplejada de la Derecha, que tardó cuatro legislaturas en volver a la Moncloa. Y es que el PSOE supo heredar el Movimiento, es decir, el franquismo sociológico en lo que tenía de inmóvil, de cartilla ideológica y de racionamiento político. Más de un cuarto de siglo lleva la media España del Sur –Andalucía, Extremadura, La Mancha– abonada a esa pitanza. Y la otra media no anda demasiado lejos de imitarla, con la excepción de la Comunidad de Madrid, una especie de exilio de la España menos sumisa o más reluctante al corral, al pienso y al pastoreo.
El cambio vino de la mano de un sietemesino llamado PP, concebido por Papá Aznar y Mamá Prensa para que no se extinguiera del todo la promesa de la Transición: un régimen que garantizase la libertad y la propiedad, o viceversa, que no se convirtiera en mexicano y que, a fuer de europeo, siguiera siendo próspero como venía siéndolo España desde hacía dos décadas. Frente al PP, antes, durante y después de su paso de ocho años por el Gobierno, se forjó una poderosísima alianza político-mediática que desde las elecciones de 1989 (y la creación del PP aznarista en abril de 1990) hasta las de 2008 ha sido el marco de la vida política, intelectual y económica de España. De eso es de lo que nos despedimos esta semana: del PP como alternativa de Gobierno y como esperanza de una ciudadanía, seguramente minoritaria en la población, pero correosa y que no se resigna al pancismo como forma de relación de los españoles con el Poder. Y como el Poder no piensa cambiar, ha decidido cambiar a los españoles. En ello está.
La pieza clave de ese cambio es la aceptación general: no se puede, aunque se haya intentado una y otra vez, cambiar a los españoles con la mitad de ellos en contra. Es preciso integrar al PP en el nuevo régimen que sustituirá al del 78 para que la España antigua se diluya en una modernidad azucarada, en una realidad virtual y poco virtuosa, en un ensueño pancista con imágenes, como una siesta ante el televisor viendo el Tour de Francia.. Y he ahí a Mariano Rajoy para llevar a cabo ese cambio tal vez definitivo. Si se acaba con la derecha nacional española, la de Papá Aznar, y se reduce al mínimo el periodismo incontrolado, el de Mamá Prensa, toda alternativa seria de Poder quedará definitivamente cancelada. Y el matasanos que debe rematar al PP mediante una forma sibilina de eutanasia voluntaria es el mismo que, de la mano de Polanco, estuvo a punto de evitar el alumbramiento en 1996: Alberto Ruiz Gallardón. En México y en su interior Rajoy ha aceptado protagonizar ese guión mientras le dejen seguir en la película del liderazgo del PP algún año más, pensando en la posibilidad de un traspiés de Ambiciones y quedarse para hacer el relevo de Zapatero, aunque haciendo la política gallardonista y no aznarista, que es el gran cambio, el cambiazo, del PP histórico a esto que han traído al mundo los doctores del Poder tras el congreso búlgaro de Valencia y los tres congresos periféricos a orillas del verano: Cataluña, Baleares y el País Vasco.
En Barcelona se ha escenificado, como en Valencia, la inquietud y hasta la indignación de una parte del PP ante la manipulación de los nuevos capitostes del partido, antiguos en la poltrona casi todos (Rajoy, Arenas, Gallardón, Fraga) pero recauchutados en la política, es decir, en la manera de seguir calentándola unos años más. Los que se pueda. La diferencia es que en Valencia, hace un mes, Aznar abroncó desde el palco al sucesor que él designo, pero sin mayores consecuencias; en Barcelona, el lío se ha organizado en el gallinero, con efectos en la platea. Dando por hecho que en los tres congresos periféricos se impondrá la mutación política central, es decir, la liquidación del PP histórico, la tarea fundamental de Mariano y sus marianachis es imponer sepulcral silencio o amordazar hasta donde puedan a los medios antaño afines y hoy odiosos, porque son testigos del crimen. Por eso Alberto Fernández trató de calmar a la gente de su partido indignada con Mato y el aparato (una indignación que a él no le viene mal, porque refuerza su papel de conde de las seguras pero asumidas derrotas catalaúnicas) diciendo que había medios de comunicación presentes en la sala. Es decir, que se trata de hacer lo decidido fuera pero sin que se note dentro, o al menos sin que se note demasiado. La verdad es que se nota horrores, pero eso tampoco les viene del todo mal a quienes deben acreditar su obediencia. Un par de congresos más y misión cumplida. En septiembre, régimen político seminuevo. Y los aspirantes a ciudadanos, a régimen.
Con la entrevista a Esperanza Aguirre publicada en El Mundo del domingo y la que le hice yo a Cospedal el viernes queda bastante claro el dibujo ideológico del PP para los próximos meses, si no años. Por un lado, el discurso de la sumisión absoluta a la Izquierda que representa Gallardón y, en segundo plano, el de Rajoy, que representa la sumisión a Gallardón y la caza de cuantos se opongan a la paradójica rendición de Ambiciones. Por otro lado, el discurso de Esperanza Aguirre, que es el clásico del PP, el que se niega a rendirse a la Izquierda, es decir, a Gallardón, y, por tanto, a Rajoy. Y, en un segundo plano, que pronto puede aspirar a ser primero, el discurso de Cospedal, con música aguirrista y letra rajoyista, mientras va creando su propia sinfonía cospedalista.
En la derecha española, incluida la que niega ser Derecha y está dispuesta a dejar de ser española, se impone la elipse sobre la elipsis y toda presencia es huída. Como soy de letras, tomo la definición de elipse del María Moliner, como Pepiño Nebrija: "Curva cerrada y plana que resulta de la intersección con la superficie de un cono de un plano no perpendicular a su eje; su forma, que es la de la trayectoria de los astros, es como una circunferencia aplastada, tiene dos ejes de simetría que se cortan perpendicularmente." De la misma raíz griega y latina, élleipsis y ellipsis, que significa "insuficiencia", viene "elipsis", que en gramática supone "la supresión de algún elemento sin que afecte a la claridad del sentido", y que es sinónimo de "elisión". Pero, paradojas de la mucha simetría, "elisión" remite a "elidir", del latino elidere, que significa "frustrar, debilitar, desvanecer una cosa". Ejemplo gramatical: la desaparición de una vocal a final de palabra que es la misma con la que empieza la siguiente: "de él" da "del". Curiosidad del español reseñada por María Moliner es que "no existiendo verbo correspondiente de elipsis, se usa como tal ´elidir´". Pues bien, lo que yo creo es que en el uso cotidiano se ha ido solapando con "eludir", que la ha absorbido o vampirizado gracias a su rotunda claridad semántica en algo archidiario: la denuncia de la falta de valor... y de claridad. "Eludir" (del lat. "eludere", huir o escaparse jugando) es, para María Moliner, "Librarse con pretextos o con habilidad de un compromiso o de hacer cierta cosa. (...) Evadir. (...) Procurar no hacer la cosa que se expresa: "eludía mirarme a la cara". (...) Rehuir."
No, todavía no voy a hablar de Rajoy. Rematemos la excursión semántica en la Cuba anterior al Monstruo de Birán. Si no recuerdo mal, Lezama Lima habla del "doble centro ausente" de la elipse, mezclando –tropical, creativa, inexacta y exuberantemente- el centro con el centro de simetría y las raíces de elidir y de eludir, casi una doble raíz. Lo de "el doble centro ausente" conviene a las mil maravillas a este PP abonado a la elipsis, pero, ojo, no a fuerza de elidir sino de eludir cualquier responsabilidad política. En rigor, no hay centro en las dos opciones, la Aguirre-Cospedal y la Gallardón-Rajoy, porque ambas aspiran a una mayoría unánime del PP, ahora o en el congreso del 2011. Sin claros sectores ideológicos, sin corrientes de opinión y sin pluralismo; o sea, todo muy aznarista pero sin Aznar. Y en el caso de Rajoy, sin más victoria que la arteramente conseguida contra esa parte de su partido que abarcaría desde Aguirre a María San Gil.
De los cuatro actores citados, que a mi juicio son los que van a marcar las líneas de fuga y convergencia en el PP, Aguirre es la que más se acerca una cierta higiene intelectual, porque lo que llama y llamamos el centro-derecha es una forma de elipse, con dos ejes de simetría o el doble centro ausente. Al definirse por los dos elementos, el centro y la derecha, admite esa dualidad, esa forma achatada de discurrir que tanto se parece a la "trayectoria de los astros", a ese camino astral que otros llaman destino y que transita el político, cuerpo más opaco que celeste, satélite que aspira a planeta y tiene vocación de estrella, o Luna que va para Tierra y se sueña Sol. No aclara mucho pero engaña menos.
Gallardón es el más mentiroso de todos, pero como miente tanto y desde hace tanto tiempo, engaña poco. Es grotesco que el liberticida ARG hable de principios cuando su único principio conocido es el de granjearse el apoyo de Prisa atacando al PP pero, ojo, lo grotesco en propaganda puede resultar muy eficaz. Véase la propaganda nazi o comunista: con la totalidad o una infinidad de medios de comunicación repitiendo lo mismo, la mentira se hace indiscutible para las masas y se impone en la opinión pública. Eso no la convierte en verdad, pero políticamente es como si lo fuera: triunfa, define lo que es, lo que no es y lo que no puede ser. Aquí, la Izquierda prisaica es la que otorga patente de legitimidad a la Derecha, que será más "centrada" o "democrática" cuanto más se acerque a la Izquierda. De esta forma, el monopolio sectario de la democracia borra la base misma de la democracia, que es la permanencia de una alternativa pacífica. Gallardón es eso: el cambio de actores, no de papeles, dentro de la misma tragicomedia.
Rajoy es el cuco, el artista del escaqueo, que lo mismo se esconde tras los principios si cree que le pueden llevar al Poder –discurso antes del 9-M, debates con ZP en televisión– que se enmienda a la totalidad de sí mismo con tal de seguir siendo el mismo que no es. Es el emperador Claudio sin el celofán de la novela de Robert Graves, que permite que otros –mejor otras– asesinen y sólo recurre al puñal cuando los criminales no le sirven. Su verdadera condición se muestra con María San Gil: trata de matarla políticamente a través de su esbirro Lasalle, escoltado por Arriba Soria y la escolta catalana del escolta. Como ella no se deja apuñalar y huye a las Encartaciones, la remata silenciándola. Para no moverse del sillón, MR ha emprendido una enloquecida huída hacia delante que sólo responde al miedo de quedarse a solas consigo mismo y comprobar que no hay nadie. Nadie espere de él nada bueno, sea rápido o lento el final de su regencia gallardonita. Y lo peor es que representa muy bien la vileza del político profesional, incluido el del PP. Nadie lo votaría como candidato a la Moncloa, pero es el que mejor representa a todos.
Cospedal es, de los cuatro actores, el más inquietante, por lo incierto, breve y súbito de su encumbramiento. Como no se ha curtido en grandes ni pequeñas lides políticas, no es fácil saber lo que dará de sí. En su gestualidad se advierten signos opuestos: una firme contundencia en la voz que compensa lo vago y vagoroso de lo que dice; una suerte de fragilidad interior, base de su atractivo, que se nota en que a veces parece que se le vaya a escapar alguna lágrima que, al final, no se le escapa. Esos ojos "arrasados" no acaban de arrasar nunca una rigidez psicológica más que escultural, marmórea más que cálida. Tiene aparentemente el papel más difícil, que es el de integrar a los dos sectores en que hoy se divide el PP, el de la princesa Aguirre y el príncipe Gallardón, bajo la regencia del Rey Mariano, el brevemente Largo. Pero como todo el partido vive instalado en la superchería de la unidad, tiene más fácil que nadie decirle a todos lo que quieren oír: que se mantienen los principios de Aguirre pero actualizándolos mediante su anulación gallardonita y rajoyesca, "con cuchillos cachicuernos, no con puñales dorados", según el ya olvidado poema cidiano, aunque no del Cid, y machadiano, aunque no de Antonio.
En fin, lo propio de los dos centrismos, tan ausentes que son cuatro y apenas uno es lo que parece, es que no haya centro de referencia y que el PP se haya embarcado en unas largas vacaciones éticas, al modo de las del 36, en las que puede ser casi cualquier cosa salvo lo que pretende: el círculo de la logia Génova-Correos o la circunferencia perfecta que sueñan los militantes. Este juego de las cuatro esquinas, donde cada uno recita su papel con mucha convicción y nula credibilidad, puede convertirse en el de las tres en raya pero trapezoidal. En ambos casos nos defraudará como la brisa nocturna en verano, que no está aunque se le espera; y que cuanto más se le espera, ay, más nos desespera.
No existe la mala suerte, al menos no siempre. Lo que hay es poco arte, poco cuajo y muy poca insistencia. Pero mientras Iker Casillas o, en su defecto, Florito, se hace con el liderazgo del PP, a la Derecha se le ha puesto muy mala cara. El despotismo y la mezquindad, si no la ruindad abierta, son ya las características más llamativas de la regencia de Gallardón, ejercida hasta finales de septiembre de 2009 por Rajoy. En esas fechas, concedida o denegada la organización de los Juegos Olímpicos a Madrid, el liberticida Ambiciones podrá cumplir lo único a lo que lo sacrificaría todo. Si el PP se deja, naturalmente. Pero como el PSOE e Izquierda Unida están encantados, no cabe mejor prueba del crimen político perpetrado en Bulgaria: si la Izquierda aplaude, algo está haciendo mal, muy mal el PP. Traicionar sus ideas, por ejemplo, y de ahí que le aplaudan tanto los que las combaten.
La regencia de quince meses de Rajoy va a ser –ojalá me equivoque– una forma anélida de politiquear, es decir, una forma de hacer política al modo de la lombriz de tierra, cuya ceguera y falta de defensas provoca a veces el indulto del curioso bípedo implume, pero no de la plume rapaz, que se la lleva en el pico al nido para que la disfruten sus polluelos. Además de la vileza rajoyesca contra María San Gil, Ortega Lara o Regina Otaola, hay que consignar la trituración de la Comunidad de Madrid, que es la que más votos aporta al PP. Y encima, Mariano predica humildad. La lombriz de tierra, al menos, airea la tierra. Este la apelmaza. Por lo pelma y por terroso y polvoriento.
Pero no quiero despedir este blog de urgencia sin referirme a un suceso asombroso que tiene como objetivo la COPE. Faltaría más. Resulta que un presunto exorcista, el Padre Fortea, ha llegado a la conclusión habitual de los carcas y los progres: hay que echarnos a César, Nacho y a mí. Pero eso se le ocurre hasta a Vidal el Malo. O sea, el embustero. El exorcista ha ido más allá. Dice que en realidad nosotros tres no somos la enfermedad, sino el síntoma de una enfermedad que afecta a toda la COPE. Y que hay que echar a todo el mundo, "hasta a las señoras de la limpieza". El exorcista y demonólogo achaca nuestra continuidad a que un cardenal oye a diario La Mañana y no deja acometer el despojo salvífico. Pero sea el Diablo o una víctima más, está claro que para el Padre Fortea, el Maligno se ha adueñado de todos los espíritus que pululan por la COPE. ¿También del Padre Bru? Pues si no es Belcebú, también. Lo mejor es que esto nos hace irresponsables de cualquier delito, porque no lo cometemos nosotros sino el Diablo. Si eso se llega a saber cuando el juicio de Gallardón no me condena Inmaculada Iglesias, que ni por nombre ni por apellido puede transigir con Satanás. ¿O no será, como todos nosotros, una endemoniada, que cualquier día, en medio de un juicio, empieza a darle vueltas a la cabeza como la niña de El Exorcista? ¿Hasta dónde llega la posesión diabólica en la COPE? ¿Y alcanza a todos los turnos de las señoras de la limpieza? Creo que esto no le va a gustar nada a Comisiones Obreras de la COPE. Pero nada, nada.
Si en el hilo anterior del blog insistía en la ausencia de Aznar es precisamente porque la tarea que están acometiendo Rajoy, Gallardón y Fraga es, precisamente, la de liquidar la herencia política de Aznar, que es el propio PP, con la única excepción de los sueldos que piensan conservar y ampliar gracias a la liquidación del aznarismo. Algún merluzo de los que reciclan las vulgaridades del psicoanálisis sin haber leído a Freud viene diciendo desde que se fue Aznar que el PP "debe matar al Padre". Naturalmente, el genio vienés se refiere al hecho simbólico y no a la realidad; Freud habla de la necesaria maduración personal sin vinculaciones que acaben con la libertad individual; es decir, que hay que vivir autónomamente y no enfeudado fantasmalmente a una instancia ajena y antropófaga. Entre Edipo y Cronos se sitúa, también, el psicoanálisis.
Pero lo que quieren remarcar estos solapados solaperos bibianescos es que el partido de Aznar, el refundado en términos políticos en el Congreso de Abril de 1990, es el único obstáculo a los planes de Zapatero para el cambio de régimen y como tal debe ser apuntillado en la propia dehesa donde pace, porque una vez en la plaza es muy capaz de llevarse por delante al matador y a su cuadrilla. Hay que acabar con Aznar y su herencia política, el PP, porque sólo así podrá asegurarse el éxito de una operación mortal pero aparentemente indolora, una eutanasia opiácea, un españicidio voluntario.
Primero lo intentaron desde fuera: el Pacto del Tinell prueba la determinación de todos los partidos políticos de acabar "como sea" con el más poderoso de todos ellos. El aislamiento a que lo han sometido durante la legislatura pasada no consiguió, sin embargo, el efecto deseado. Primero, porque dentro del PP había focos de resistencia que, viendo venir el asalto, se parapetaron y contraatacaron, dejando más de una vez en ridículo al ejército tinelliano. Segundo, porque había algunos medios de comunicación, los que mantuvimos la necesidad moral y política de saber qué pasó el 11-M (El Mundo, Libertad Digital y la COPE, amén de algunos diarios asturianos y la emisora City FM), que mantenían conectados a esos focos de resistencia con sus amplísimas bases de militantes y votantes. Este abastecimiento mediático fue determinante en la subsistencia del PP como alternativa en las elecciones del 2008. Y del buen resultado obtenido.
Pero tras el 9-M el diseño del Tinell y la eliminación del PP de Aznar tenían ante sí el mismo problema: un partido nacional con más de diez millones de votos y, encima, un proyecto pequeño pero peligroso de alternativa nacional de izquierdas, UPyD. Había, pues, que volver a intentarlo, pero al modo troyano: abriendo desde dentro la fortaleza que no podía tomarse desde fuera. La diferencia con la Iliada es que han convencido a Héctor de que se suba al caballo de los griegos y acabe con el palacio de Príamo. Sí, ya sé que Rajoy es cualquier cosa menos un héroe, pero ese es el papel que el destino le deparó y que fingió aceptar hasta el 9-M. Después, tras pasar por Cumas (México) pensó sobrevivir jugando a Ulises en campo enemigo y contando con la magnanimidad de Menelao, que le ofreció respetar el reino de Troya y asociarlo al poder de los griegos. Esta vez es Hectoriano el que ha puesto el caballo y ha hecho que su guardia incendie la ciudad para llegar a un trono mancillado con la sangre de Príamo y la traición a Troya.
Naturalmente, la toma de Troya, es decir, del PP desde dentro debía comenzar por el lugar sagrado, el depositario físico de su legitimidad, que es el PP del País Vasco. Y está siendo allí donde la liquidación del partido de Aznar está a punto de culminarse, para refrendarse luego en el congreso búlgaro de Valencia, donde se ratificará el cambio radical de rumbo y de la política de alianzas en el partido: del liberalismo nacional español a las taifas amañadas y apañadas con los separatistas. Es decir, dar marcha atrás en la refundación de la derecha y volver a la Alianza Popular de Fraga, que ya trató de extender el modelo de UPN a otras regiones creando partidos regionalistas de derechas como Unión Valenciana y apoyando a otros similares como el PAR. Partía del análisis democristiano y arriolesco de que la derecha nacional nunca le ganaría a la izquierda, y que para llegar al Poder debía asociarse al nacionalismo vasco y catalán, llegando si era menester a desaparecer en esas comunidades diluyéndose en el separatismo de derechas dizque para moderarlo; en realidad, para compartir poder a cualquier precio. No, no es casualidad que Antonio Basagoiti, el penúltimo desertor del PP vasco de Mayor Oreja y María San Gil, propugnara tras la derrota electoral su reconversión en una UPN vasca. Es que la vuelta a la AP de Fraga, los garbanzos y los complejos, se produce en todos los ámbitos. Con una terrible diferencia: aquella AP llenaba en parte el hueco dejado por la implosión de UCD, mientras que esta AP tiene como objeto hacer estallar el PP.
No se trata de la aniquilación del partido de Aznar, que eso era el pacto del Tinell, sino de la interiorización de la derrota, de la extinción por consunción, de un cambio radical de política y de la eliminación de los vínculos de esa casta política de la derecha con su base social. Esos vínculos eran la COPE, EL Mundo y Libertad Digital. Por eso, junto a la captación de los generales traidores había que cortar las líneas de abastecimiento y suministros de la Numancia popular. Por eso se produce también la aparentemente absurda campaña de Rajoy contra la COPE y El Mundo y su acomodo al protectorado de Prisa y otros multimedia derechófobos que respaldan entusiásticamente su tarea parricida, la eutanasia activa del partido de Aznar. Sí, ése al que llamábamos PP aunque era otra cosa; ése al que, siendo muy otra cosa, seguimos todavía llamando PP.
El PP va ya camino de Bulgaria, con una sola candidatura imperial y con todos los famosos avales reducidos a uno, que es el de las listas laborales, o sea, electorales. Así las cosas, sorprende que de los dos presidentes que pueden ejercer un cierto liderazgo moral sobre la situación interna del PP, el joven y poderoso calle mientras el vejestorio inane no calla ni debajo del agua. Y no se sabe qué resulta más chocante o más decepcionante: que Aznar se desvanezca o que Fraga reaparezca. El eclipse de Aznar tras lo que muchos creyeron entrada en combate tras la salida de María San Gil y la renuncia de Ortega Lara supone para muchos un chasco monumental. No por lo que podía hacer ahora, que no hubiera sido mucho, sino por lo que podría haber sembrado para cuando Rajoy se pegue la bofetada o bofetadas electorales y designe sucesordón.
Y como en la política tampoco existe el vacío, porque no pueden abrirse agujeros en el agua, el espacio que no ha ocupado Aznar lo está ocupando Fraga con la voracidad de siempre y el estilo despótico de toda la vida. Muchos dicen que Fraga está de salud y de cabeza muy por debajo de Franco en septiembre de 1975. Puede ser, pero no lo parece. Como buen vampiro político que se alimenta secularmente de la sangre de sus víctimas, diríase que el Drácula de Perbes resucita a ojos vistas, y el día menos pensado aparece en Uruguay buscando a su abuelita corulla, dispuesto a engendrar una nueva dinastía de fraguitos naturales para suceder a los gallardoncitos de adopción. Si Tiberio Rajoy ya ha adopado a Caligulordón, Manolo César aspira a Octavio dando por Claudio a Mariano. Lo único que lamenta Fraga es que esta su decimotercera juventud no haya empezado antes, porque la está disfrutando horrores.
En cierto modo, el eclipse de Aznar, el único líder del PP que ha ganado dos elecciones generales y que se fue porque quiso de la Moncloa y de la presidencia del partido, es la mejor prueba de que el PP murió de éxito antes de 2004, porque había vedado cualquier democracia interna a sus 700.000 militantes y porque había cortado casi todas las vías de comunicación del partido con su base social por culpa del invierno mediático, es decir, por esa política de comunicación aznarista que, en el fondo, obedecía a la misma desconfianza de sus bases que sigue manifestando el rajoyismo y el gallardonismo. La derecha política ha emprendido una veloz carrera hacia atrás, hacia Alianza Popular, cambiando el "liderazgo natural" que se adjudica el déspota presuntamente olímpico por aquella "mayoría natural" que se adjudicaba el déspota de la oposición consentida y halagada por el PSOE, porque equivalía a su permanencia ilimitada en el Poder. Aznar calla y Fragamanlis no cierra la boca: en eso se resume la tragedia del PP y de toda la Derecha política. Que como es la única que cree en la nación, es como decir de España.
Como, del Rey abajo, todas las instituciones serviles y los liberticidas de todo pelaje y condición llevan muchos años cargando contra la COPE, en especial durante la última época de Antonio Herrero y en los cinco años que llevo dirigiendo La Mañana, estoy acostumbrado a verme desde fuera, como si fuera otra persona, que es la única forma de sobrevivir a campañas como las que padecimos y reiteradamente padecemos. Ya en otro hilo de este blog (que no foro, esto es un espacio particular y no de debate, donde está reservado el derecho de admisión; el debate libre tiene ya otros foros en LD) he dejado constancia de que lo que se le decía literalmente a Antonio Herrero para que los curas lo echaran de la COPE es, con las mismas palabras y en los mismos medios, lo que se me dice hoy a mí con el mismo objeto. Ayer era Martín Patino, el jesuita de cabecera de Polanco, mandando cartas personales a los obispos para que echaran a Antonio. Hoy, los sicarios prisaicos y un sopicaldo dizque vaticano de La Vanguardia, que desde el antenicidio (la compra y cierre de la primera cadena de radio de España por la segunda, ejecutado por Polanco con el dinero de Banesto que Mario Conde dio a Godó) sólo deja de ser retaguardia entre los libertófobos. El Batallón de Atapuerca es siempre el primero en disparar contra la COPE, sea cual sea el que dirija La Mañana: Godó, Duran i Lleida, Pujol, Rajoy, Fraga, Gallardón e infinitos carcas del montón. Me gusta ser atacado por esta gente a la que desprecio porque eso me acerca más a Antonio.
No puedo decir todo lo que pienso del juicio provocado por Ambiciones, porque quedan una o dos sesiones tediosamente técnicas y aún no ha terminado, pero es obvio que gracias al "obviador" del 11-M, aunque yo gane en primera, segunda o tercera instancia, que más tarde o más temprano ganaré, el linchamiento personal y político que buscaba la jauría anti-COPE ya ha tenido ocasión de producirse. Y si yo estoy bastante acostumbrado a recibir más injurias y calumnias que ningún ciudadano español en estos últimos años, ni familiares, ni amigos, ni colaboradores ni, por supuesto, obispos, están tan acostumbrados como yo. Lo lamento, y como lo que más afecta a los más cercanos es ver a psicópatas liberticidas ocupar LD y este blog celebrando el linchajuicio, voy a tratar de limitar su mísera presencia. Hay algunos habituales como jjkas, denver y otros roedores que disimulan aquí pero lanzan aullidos satisfechos por el linchajuicio en otros blogs de LD o en los comentarios a las noticias. También hay plomos, como el inefable Taraza, que merodean con el mismo propósito, dejando a la tosca repetición lo que en malicia no alcanzan. Pues bien, sepan todos ellos que no son bienvenidos aquí. Y que esa estupidez de que ser liberal es aguantar mansamente que te abofeteen los liberticidas es una idea propia de los que odian el liberalismo o adoran el masoquismo. Suelen decir que si aquí se les prohíbe hablar, se irán de un sitio tan poco liberal. A ver si es verdad.